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Opinión 9 de marzo de 2019

Las cosas como fueron

por María Lilia Genta

Señores de la Mesa articuladora de Comunidades Eclesiales de Base:

No es la sangre derramada en mi familia en la guerra de los años setenta lo que me llevó a estudiar el tema Angelelli, el Tercermundismo y la Teología de la Liberación (corrientes condenadas oportunamente por el Magisterio de la Iglesia, sobre todo durante el Pontificado de San Juan Pablo II). Fue el amor a muchos amigos perdidos, alegres camaradas de guitarreadas o de “serias” conversaciones interminables en las que, frente a un chop de cerveza, “arreglábamos el mundo” y soñábamos con una restauración cristiana de la Patria, allá por los setenta. Obispos como Angelelli, sacerdotes como Puigjané los convencieron, los sacaron de la Acción Católica o de los grupos nacionalistas o demócratas cristianos y los enrolaron en las filas de Montoneros y los llevaron a matar y a morir, no por Cristo, sino por Marx o por el Che.

Recuerdo de ellos, particularmente uno, que se apellidaba Dios, que se sentaba a mi lado en nuestras clases de formación mientras nos comentaban la Suma Teológica o los grandes documentos de la Doctrina Social de la Iglesia. Murió en un enfrentamiento poco después de poner una bomba en una dependencia policial que mató a muchos inocentes, mujeres y varones.

Fue por ellos, Señores de la “Mesa articuladora de las Comunidades Eclesiales de Base”, por los que quiero decirles a los jóvenes de hoy las cosas como fueron. No fue, repito, la muerte de mi padre, Jordán B. Genta, ajusticiado de once balazos una clara mañana de domingo cuando salía de su casa para ir a Misa, mucho antes de la dictadura. Mi padre no era militar: era un filósofo. Cayó sobre el asfalto haciendo la señal de la Cruz. Sus asesinos aclararon, en una carta pública, que lo mataron porque era “un soldado de Cristo Rey”. La muerte de muchos jóvenes que conocí y las muertes que ellos ocasionaron, dirigidos por esos sacerdotes y obispos, es lo que me mueve a hacer sonar la otra campana.

Los que hemos tenido que perdonar de verdad, e inculcar el perdón a nuestros hijos, con mucho esfuerzo, la muerte violenta de una persona amada no tenemos lugar para el odio. Sólo queda el amor dolorido y sobre todo el amor a la verdad.

Eso sí, Señores de la “Mesa articuladora de Comunidades Eclesiales de Base”, yo no me oculto en melifluas manifestaciones de “santo” anonimato para no dar ningún nombre y esconderse detrás de un sello: firmo lo que escribo y no uso seudónimos. Corresponde, me atrevo.

Los saludo en Cristo y María.

(*): Respuesta a una nota titulada “El pueblo discierne lo verdadero” aparecida en el Diario La Capital.