Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.
A veces la historia se escribe en voz baja. Sin comunicados, sin fotos, sin épica declamada. Así fue también una parte de la guerra de Malvinas: la ayuda silenciosa de Perú, que en el peor momento decidió no mirar para otro lado. En aquel 1982 áspero, con el mundo alineándose detrás del Reino Unido y bajo la presión de Estados Unidos, el gobierno peruano hizo algo más que un gesto diplomático. Envió, en secreto, diez Mirage M5. Aviones que cruzaron el continente con escalas discretas, sin identificación visible, en una operación que implicaba riesgos concretos: quedar expuestos, tensar relaciones internacionales, meterse –aunque fuera lateralmente– en un conflicto mayor. Esos aviones terminaron en la base de Tandil, reforzando a la Fuerza Aérea Argentina en un momento crítico. No cambiaron el resultado de la guerra, pero sí dijeron algo más importante: que la Argentina no estaba sola.
Cuarenta y cuatro años después, esa historia volvió a tomar forma en Mar del Plata. Días atrás, en el marco de los actos conmemorativos, la ciudad recibió a cuatro protagonistas silenciosos de aquella historia: Edgard Arizaka, Manuel Ramos Escobedo, Enrique Chacón Durand y Luis Aurelio Delgado Chunga. Cuatro técnicos revisores en situación de retiro de la Fuerza Aérea del Perú, que alguna vez fueron parte de ese engranaje invisible que sostuvo la ayuda. No fue una visita protocolar. Fue, en realidad, la devolución de un abrazo. La invitación tuvo nombre propio: el Suboficial Principal VGM (RE) Luis Aguirre, presidente del Centro de Veteranos de Guerra – Agrupación Buzos Tácticos. La idea nació de una convicción simple y profunda: ir a buscarlos, mirarlos a los ojos y agradecerles en persona lo que hicieron cuando más hacía falta. No hubo estridencias. Hubo memoria. En cada saludo de los marplatenses, en cada gesto, apareció esa gratitud que llega tarde pero llega bien. Porque hay deudas que no se saldan con discursos, sino con presencia. Y tal vez de eso se trate todo esto: de entender que, en medio del ruido de la historia oficial, hay gestos silenciosos que resisten el paso del tiempo. Como aquellos Mirage que cruzaron el cielo sin bandera. Como este abrazo que, décadas después, finalmente encontró destino.
En tiempos donde la política exterior argentina navega entre volantazos y silencios incómodos, en Mar del Plata empiezan a aparecer señales más sutiles –pero no menos elocuentes– de reconfiguración de vínculos y reconocimiento de trayectorias. Esta semana, el Clúster de Energía local decidió nombrar como socio honorario a Diego Guelar. No es un gesto menor ni meramente protocolar. Guelar no es solo un exembajador: es, sobre todo, un sobreviviente de distintas etapas del poder, con terminales en el mundo empresario, diplomático y político que trascienden gobiernos. El dato, en clave local, tiene varias lecturas. Por un lado, el empresariado energético marplatense –cada vez más atento al tablero internacional– busca interlocutores con experiencia real en relaciones exteriores en un momento donde la Argentina redefine (o desdibuja) su inserción global. Por otro, el reconocimiento funciona también como una señal hacia adentro del propio sistema político: en medio de la irrupción de figuras nuevas y discursos disruptivos, todavía hay espacio para los “viejos oficios” de la diplomacia y la construcción de vínculos.
No es casual que el gesto llegue desde un sector estratégico como el energético, donde la estabilidad, las reglas claras y los contactos internacionales pesan más que cualquier consigna coyuntural. En el fondo, el nombramiento dice algo más profundo: mientras la política grita, el poder económico se organiza en voz baja. Y en ese movimiento, empieza a revalorizar perfiles como el de Guelar, más cerca de la negociación que del micrófono. Habrá que ver si es solo un reconocimiento honorífico… o el anticipo de algo más.
El escándalo que rodea a la conducción de la AFA empezó a generar algo más que ruido en tribunales: ya produjo consecuencias concretas. En las últimas semanas, varios jueces, fiscales y camaristas que integraban los comités de Ética y Disciplina de la entidad decidieron dar un paso al costado, en medio del avance de causas que apuntan a la estructura que encabezan Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino. Las salidas no fueron aisladas. Se fueron acumulando. Y, como suele ocurrir en la lógica de Comodoro Py, cada renuncia terminó empujando a la siguiente. Detrás de esos movimientos hay una preocupación común: evitar quedar atrapados en un escenario donde los mismos nombres que forman parte de órganos internos del fútbol podrían terminar interviniendo –como jueces o fiscales– en expedientes vinculados a esa misma conducción.
En ese contexto, en Mar del Plata empezó a mencionarse un caso puntual que, hasta ahora, se mantenía fuera del radar. Se trata del juez federal Roberto Minguillón, integrante del Tribunal Oral en lo Criminal Federal local y miembro del Tribunal de Ética de la AFA. El dato no es nuevo. Lo que cambió es el clima. Con el antecedente reciente de renuncias de peso dentro de la estructura disciplinaria del fútbol argentino, la pregunta empezó a tomar forma en los pasillos judiciales de la ciudad: ¿seguirá Minguillón en ese cargo o se sumará al proceso de repliegue que ya iniciaron otros magistrados? No hay, por ahora, señales públicas. El trasfondo es claro. La investigación que involucra a la cúpula de la AFA –con acusaciones de fraude, evasión y manejo irregular de fondos– elevó el nivel de exposición. Y con él, el costo de sostener roles en estructuras que hoy están bajo la lupa. Por eso, lo que antes podía leerse como un vínculo institucional más, hoy empieza a evaluarse en términos de conveniencia y riesgo. En ese tablero, cada movimiento cuenta. Renunciar es una señal. Pero quedarse, en este momento, también lo es. Y en una trama donde la Justicia y el fútbol vuelven a cruzarse, las decisiones individuales empiezan a tener un peso que excede largamente lo personal.
A todo esto, la discusión por ampliar la Cámara Federal de Apelaciones de Mar del Plata volvió a escena, pero no es nueva. Es, en realidad, una deuda que el sistema arrastra desde hace dos décadas y que cada tanto alguien desempolva cuando los números ya no cierran. El senador nacional Maximiliano Abad reactivó el tema con una reunión con los jueces Alejandro Tazza y Eduardo Jiménez. Sobre la mesa: la creación de una nueva Sala. En los papeles, una respuesta a la saturación. En los hechos, una señal de que el fuero federal local empezó a crujir. El dato que incomoda es que esto ya se discutía en 2005. Hubo proyectos, hubo intentos, hubo consenso institucional –Nación, Provincia y hasta el municipio coincidieron más de una vez en la necesidad de ampliar–, pero todo terminó en la misma escena: expedientes que pierden estado parlamentario y una estructura que siguió funcionando como pudo.
Mientras tanto, la realidad avanzó. La jurisdicción creció, hoy cubre más de un tercio del territorio bonaerense, y la litigiosidad se disparó. Pero el problema ya no es solo la cantidad de causas. Es otra cosa: la mezcla. Penal, civil, comercial, laboral, previsional, salud. Todo entra en el mismo circuito. Y como si eso fuera poco, las reformas legales –nuevo régimen penal juvenil, cambios laborales, reconfiguración de los procedimientos administrativos y la implementación del nuevo Código Procesal Penal– agregaron capas de complejidad que empujan al sistema al límite. Ahí aparece el verdadero riesgo que en voz baja reconocen en Tribunales: cuando todo pasa por el mismo embudo, la especialización se diluye. Y sin especialización, la eficiencia se resiente. No es solo que la Justicia tarde más. Es que empieza a fallar peor.
La creación de una nueva Sala busca, en teoría, ordenar ese caos: dividir cargas, acotar tiempos y evitar el recurso cada vez más frecuente de los conjueces para destrabar fallos. Traducido: darle previsibilidad a un sistema que hoy funciona con parches. Pero en el mundo federal nada es solo técnico. Cada nueva Sala implica nuevos jueces, nuevos equilibrios y nuevas mayorías posibles. Por eso, lo que se presenta como una mejora en el servicio de justicia también reabre una discusión más silenciosa: quién va a ocupar esos lugares y cómo eso puede reconfigurar el mapa de poder en un fuero sensible. El diagnóstico está. La sobrecarga, también. El consenso político aparece –otra vez– sobre la mesa. Falta lo que siempre faltó: que avance. Porque si algo demuestra esta historia es que en la Justicia Federal los problemas no explotan de un día para otro. Se acumulan. Y cuando finalmente se vuelven urgentes, ya llevan años –o décadas– de atraso.
Los números dicen una cosa. La calle, otra. La pobreza en Mar del Plata bajó al 22,8 % y alcanza a 153 mil personas, según recientes datos proporcionados por el Indec. Es una caída fuerte: más de 39 mil marplatenses salieron de esa condición en un año. En cualquier manual, sería una buena noticia sin matices. Pero los pasillos –los de la política, los de las organizaciones sociales, los de los barrios– no terminan de celebrarlo. Porque el mismo informe trae un dato incómodo: la indigencia subió. Hoy hay más de 34 mil personas que directamente no llegan a cubrir lo básico. Es decir, mientras una parte mejora, otra cae más hondo. Menos pobres, pero más indigentes. Una paradoja que empieza a repetirse. Ahí es donde el dato deja de ser estadística y pasa a ser política.
En el Gobierno nacional no dudaron en apropiarse del resultado. “Dato, no relato”, sintetizó Javier Milei, en línea con un discurso que busca consolidar una idea: la estabilización económica empieza a dar resultados concretos. Desde Economía y Capital Humano refuerzan esa lectura con una combinación conocida: baja de la inflación, crecimiento y asistencia directa. En Mar del Plata, en cambio, el análisis es más cauteloso. Primero, porque la ciudad tiene una dinámica propia. El empleo estacional, el peso del turismo y la informalidad hacen que los indicadores suban y bajen con más intensidad que en otros distritos. Un buen semestre puede ordenar los números; otra cosa es consolidar una tendencia. Segundo, porque el núcleo duro de la pobreza no se mueve con la misma velocidad. Los datos por edad lo confirman: más del 40% de los chicos siguen siendo pobres. Ahí no hay rebote que alcance. Y tercero, porque la indigencia funciona como señal de alerta temprana. Cuando crece, lo que está diciendo es que hay un sector que quedó completamente afuera de cualquier mejora.
En ese cruce aparece una discusión más de fondo, que en los pasillos locales empieza a tomar forma: si la baja de la pobreza es sostenible o si es, en parte, efecto de un reacomodamiento después de un pico muy alto. Dicho de otro modo: si es el inicio de un ciclo o apenas un alivio estadístico. Mientras tanto, la política se mueve en ese terreno ambiguo. El oficialismo celebra los números. La oposición pone la lupa en la indigencia. Y en el medio, la ciudad sigue midiendo su realidad con un termómetro más concreto: el changuito, el alquiler y el trabajo que aparece –o no– cada temporada. Porque al final, en Mar del Plata, los indicadores pueden bajar. Pero la sensación térmica tarda bastante más en acompañar.