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Opinión 3 de diciembre de 2019

Las habilidades más importantes para nuestros alumnos no se miden en PISA

por Gabriel Rshaid

Desde el año 2000, la Organización Europea para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) se propuso medir globalmente el rendimiento de alumnos de 15 años en ciencias, lectura y matemáticas. Desde ese momento los resultados de PISA automáticamente constituyen una especie de ranking mundial y tienen un impacto directo en la percepción global de la calidad de los sistemas educativos de los países participantes (72 países en la edición 2015).

La relevancia de PISA en algunos países ha llevado a qué muchos refuercen el foco ya de por sí exacerbado de los curriculums nacionales en las áreas a medir, en detrimento del desarrollo de otras habilidades. Además, en este tipo de evaluaciones estandarizadas, quedan de lado toda una serie de factores clave para entender los resultados de aprendizaje, tales como el bienestar de los alumnos – de hecho, algunos de los países que obtienen mejores resultados están cuestionados en tal sentido – o el contexto social, además de habilidades no cognitivas.

Vuelve así la pregunta sobre cómo medimos la calidad educativa. En este eterno debate del mundo educativo, se centra en que muchas de las habilidades deseables para el contexto actual y futuro, como la creatividad, el pensamiento crítico, la empatía, la capacidad de trabajo en equipo, la resiliencia y tantas otras, son muy difíciles de cuantificar en una medición numérica y cualquier evaluación estandarizada resulta un instrumento casi incompatible con lo que se busca medir.

En un loable esfuerzo de ampliar el espectro de lo evaluado hacia un área de real importancia, la OCDE trabajó junto a expertos, entre otros de la Universidad de Harvard, para desarrollar una evaluación cognitiva sobre la capacidad de los alumnos de discernir conceptos relacionados con la globalización y un cuestionario sobre creencias y hábitos, que permitieran evaluar el grado de competencia global de los alumnos participantes.

Frente a esta posibilidad de, por fin, incluir en este ranking mundial un área innovadora, muchos países, entre ellos Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Dinamarca, Finlandia y Alemania, optaron por no participar de esta parte de la evaluación, en general alegando que la medición no podía ser lo suficientemente rigurosa para ser considerada válida. Lo paradójico es que, en su informe sobre el Futuro de la Educación y Habilidades 2030 (www.oecd.org/education/2030-project/) la misma OCDE presenta un panorama basado en el bienestar de los alumnos, en otorgarles protagonismo en su educación y en el desarrollo de una serie de competencias que denomina transformativas, dándole tanta importancia a las actitudes y valores como al conocimiento y las habilidades.

Mientras la búsqueda estéril de la validación numérica desvela a funcionarios y teóricos de la educación, algunos de los colegios más admirados en el mundo (Avenues, High Tech High, Aleph en Perú, Alt Schools, por sólo citar algunos ejemplos) y sistemas como Finlandia, hacen caso omiso a los que ellos mismos llaman “PISA Panic”, se enfocan en el trabajo por proyectos, conexión con la vida real, diseño, aprendizaje cooperativo, autoevaluación y educación emocional, por sólo señalar algunos ejes comunes.

Cuando iniciamos nuestra propuesta educativa, a la cual llamamos The Global School, elegimos recorrer el mismo camino. Queremos que los resultados de PISA nos encuentren trabajando una educación centrada en el alumno, desarrollando capacidades que apuntan a la motivación intrínseca y acompañando a nuestros alumnos para que se conviertan en individuos conscientes de las infinitas posibilidades de aprender, de aprender con otros, y en un mundo globalizado.

Mientras tanto, quienes están muy lejos de la realidad de las escuelas seguirán esperando el premio o castigo del ranking PISA que la propia OCDE relativiza explícitamente a través de su propia visión del futuro de la educación.

(*): Director General de The Global School.