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Las prístinas aguas australes, “acechadas” por la cuestionada salmonicultura

Además de un mayor uso de antibióticos y la amenaza a especies nativas, la salmonicultura "devasta" los suelos marinos. Desde la industria aseguran que el daño "no es irreversible".

Por María M.Mur

PUNTA ARENAS, Chile.- Magallanes, la región más austral de Chile, lleva años inmersa en una encrucijada por la salmonicultura, una industria que se ha convertido en uno de los motores del país, pero que está en el punto de mira de los ambientalistas por sus altos impactos en los ecosistemas marinos.

Leticia Caro mira preocupada el Estrecho de Magallanes, esa ventosa lengua de mar que sus antepasados kawésqar recorrían en canoas.

“El mar moviliza y provee. Así lo ha hecho con nuestro pueblo durante miles de años”, dice a EFE Caro, dirigente de este pueblo indígena, nómada hasta el siglo XX.

Cuenta que muchos de los fiordos en los que pescaban “están infestados de concesiones” y que las especies nativas están “desapareciendo” porque hay escapes de las granjas y los salmones son peces exóticos que “arrasan” con todo.

“Hay un canal que se llama Poca Esperanza en el que ya no hay nada. Hemos sacado salmones con pejerreyes en la boca”, lamenta desde Punta Arenas, la capital magallánica.

Segundo exportador

Chile es el segundo exportador mundial, después de Noruega, y la salmonicultura, que se desarrolló con fuerza durante la dictadura (1973-1990), es la tercera industria que más exporta, tras el cobre y el litio.

En 2022, se enviaron 6.606 millones de dólares, lo que supone un alza anual del 27,3 %, principalmente a Estados Unidos y Japón.

Los Lagos, a 900 kilómetros al sur de Santiago, es el epicentro de una industria que con los años se ha ido expandiendo al sur, especialmente hacia Magallanes, la región que cuenta con el mayor número de permisos en trámite (85).



Carlos Odebret, presidente de los Salmonicultores de Magallanes, explica a EFE que el atractivo de esta región radica en sus gélidas aguas, que evitan el desarrollo de enfermedades en los salmones y reducen su mortalidad.

“Se dice que utilizamos más antibióticos que en otros países y es cierto, pero es que tenemos enfermedades distintas”, asegura para luego puntualizar: “Luego se realiza un análisis para garantizar que no existan trazas en la carne”.

En Magallanes, en cualquier caso, la mayoría de los centros “están libres de antibióticos”, agrega.

“Un acuario sucio”

Además de un mayor uso de antibióticos y la amenaza a especies nativas, la salmonicultura “devasta” los suelos marinos porque en ellos se deposita la comida que los salmones no ingieren y sus heces.

Estefanía González, coordinadora de Campañas de Greenpeace, compara las granjas con “acuarios que jamás se limpian”: “Esta materia orgánica en descomposición va consumiendo todo el oxígeno”.

De acuerdo a la ONG, el 50 % de los centros en Magallanes ha presentado condiciones anaeróbicas (pérdida parcial o total de oxígeno).



“Algo ocurre en estos fiordos que los hace mucho más vulnerables”, subraya González, quien recuerda que el debate “no es exclusivo de Chile” y que el estado de Washington pondrá fin al cultivo en jaulas en 2025.

Desde la industria aseguran que el daño “no es irreversible” y que la ley establece que, cuando se dan condiciones anaeróbicas, los centros dejan de producir hasta que el fondo se restaura.

Joselyn Arriegada, geógrafa de la Universidad de Chile y quien integra una expedición organizada por Greenpeace que busca calibrar el impacto de la industria, apunta que muchas de las empresas son de capital noruego porque las condiciones del mar “son muy parecidas”.

“La legislación chilena tiene muchos vacíos legales y eso les atrae”, afirma a EFE.

“Dividir para reinar”

La salmonicultura ha vivido varias crisis, aunque 2016 fue un punto inflexión: más de 9.000 toneladas de salmones muertos fueron vertidos en Chiloé (Los Lagos), con el beneplácito gubernamental.

“De cada una de esas crisis hemos aprendido muchísimo, no solamente nosotros, también la regulación”, indica Odebret.



Según la Superintendencia del Medio Ambiente, desde 2013 se han iniciado 80 procesos sancionatorios, la mayoría en los tres últimos años y el 44 % por sobreproducción.

Desde la institución admiten a EFE, sin embargo, que sus capacidades de fiscalización en terreno son “escasas”, sobre todo en los remotos fiordos magallánicos.

Otro de los problemas es su presencia en aguas protegidas de la Patagonia -hay 68 concesiones en la Reserva Nacional Kawésqar-, una cuestión que el presidente, Gabriel Boric, oriundo de Punta Arenas, se comprometió a solucionar.

“Desde el inicio hemos trabajado para trazar una estrategia que permita progresivamente la protección efectiva de las distintas áreas de acuerdo a su estándar de protección, y que allí se puedan desarrollar sólo actividades compatibles a dicho estándar”, responde a EFE en un correo el Ministerio de Medio Ambiente.

Beatriz Castro, activista y trabajadora turística, se pregunta cómo es posible que Chile, uno de los países con mayor variedad de pescados, haya apostado por una especie introducida y lamenta cómo “Magallanes se dividió” con la industria, que genera 7.000 empleos.

“Se han encargado de fragmentar a las comunidades, forzando a que sea la única actividad posible. Su ‘leitmotiv’- concluye a EFE- es dividir para reinar”.

EFE.

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