El 27 de octubre de 1970 fue anunciado el premio Nobel de Química al científico argentino Luis Federico Leloir. Antes de viajar a Estocolmo, estuvo en la Unidad Turística de Chapadmalal, donde ofreció una conferencia. Habló con LA CAPITAL y la entrevista fue publicada el 29 de noviembre.
Delgado, con el pelo canoso, no disimuló el disgusto. Es que, repantigado en un sillón del hall del hotel número 1 del Complejo Turístico Chapadmalal, debió interrumpir la lectura del diario para atender a un periodista de LA CAPITAL. Famoso desde el martes 27 de octubre, mimado a partir de allí por autoridades y prensa, admirado por todo el pueblo, el médico Luis Federico Leloir, Premio Nobel de Química 1970, aceptó un prolongado diálogo.
“No es que yo tenga aversión particular por el periodismo. Pero todo esto lo saca a uno del camino que ha seguido siempre, de la tranquilidad del laboratorio”.
El doctor Leloir es tal como lo definiera la prensa de todo el mundo. Parco, inexpresivo, casi humilde. Mejor, tímido ante los desconocidos.
A los 64 años, con una hija de su matrimonio con Amelia Zuberbülher, se encuentra de pronto con que toda una vida de constante lucha con probetas y composiciones químicas, se transforma en lo opuesto: un cotidiano tuteo con la fama.
“Me provocó sentimientos encontrados recibir la noticia del premio: cierta satisfacción, a nivel humano, por una parte, y mucha preocupación desde el punto de vista científico, por la otra. Supe enseguida que el hecho iba a producir un cambio muy importante en mi vida”.
Cuentan sus allegados que al recibir la noticia del premio, Leioir solo atinó a comentar “¡Qué macana…!”.
Seguramente ya pensaba en un futuro similar al de su antecesor argentino, Bernardo Houssay.
“Yo voy a tratar de escapar de la mejor manera posible a los homenajes, las presidencias honorarias de sociedades, academias, congresos. En fin: a todo lo que pueda robarme tiempo de investigación. No sé si será posible, pero me asusta bastante el futuro. En fin… tendré que encerrarme”.
“Desde que me anunciaron la noticia, casi no he vuelto al laboratorio. Visitas, entrevistas, reportajes y alguno que otro viaje o conferencia, me han quitado la tranquilidad. Lo único que quiero es volver a trabajar cuanto antes”.
Es el precio de la fama. Algo con lo que no soñaba en 1932, cuando era un joven de veintiséis años que apretaba el flamante título de médico.
Tampoco en 1934, cuando obtuvo su primer premio por un trabajo sobre el papel de las glándulas suprarrenales en el metabolismo de hidratos de carbono. Ni más tarde, cuando viajó a Cambridge para dictar cátedra. Tal vez, ya entrevió el éxito al ser nombrado director del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar, en 1946. Transformado hoy en un centro investigativo de la facultad de Ciencias Exactas, el laboratorio vio nacer los descubrimientos de Leloir y su equipo: la uridina – difosfato – glucosa y otros elementos similares, fundamentales para la revolución de la bioquímica que se aceleró a partir de la década del cincuenta.
“Eran tiempos difíciles. Conseguir un sueldo de investigador se transformaba en una hazaña. Estoy seguro que no hubiese podido llegar a todo esto sin contar con mis bienes personales, que tuve que poner más de una vez para proseguir con el trabajo”.
Reclina su cabeza sobre la mano. Piensa un poco antes de continuar. Enciende un cigarrillo con delicadeza poco común y prosigue:
“Es justamente en cuanto al eventual apoyo por lo que considero positivo este premio. No me quejo de que me hayan tratado mal antes, pero esto servirá para beneficiar el laboratorio”.
A esta altura, ya el sabio se mostraba inquieto. Habían pasado más de veinte minutos, y sus ojos parecían implorar el fin. Además, el reportero gráfico seguía aplicando su cámara, y es sabida la aversión de Leloir por las fotografías. Tal vez por eso volvió al tema.
“Sí. Este asunto me está restando demasiado tiempo. Desde que me anunciaron la noticia, casi no he vuelto al laboratorio. Visitas, entrevistas, reportajes y alguno que otro viaje o conferencia, me han quitado la tranquilidad. Lo único que quiero es volver a trabajar cuanto antes”.
Casi sin solución de continuidad, respondiendo como automáticamente a una pregunta, continuó:
“En realidad yo no creo mucho en los premios. Algo deben estimular a la gente para que trabaje, pero considero que es un factor de importancia muy relativa. En general, el hombre de ciencia -joven o no- se preocupa poco por lo que pueda reportarle su trabajo”.
-Doctor… ¿usted cree en Dios o el científico se considera más allá de Él?”
El esbozo de sonrisa vuelve a aparecer. Apenas se toma un par de segundos para responder:
-Yo creo que Dios y la ciencia son independientes. Soy católico porque toda mi familia lo fue, y porque me bautizaron y tomé la comunión. Pero… no… mire: no creo en Dios. En realidad, no tengo preocupaciones religiosas, y jamás pienso en eso.
Aquel día
– El diario de aquel día informaba sobre un infructuoso procedimiento realizado en San Luis, en busca de Mario Firmenich, por el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu (29 de mayo – 1° de junio de 1970). Había sido reconocido con un chofer de micro que dijo haberlo trasladado desde Córdoba, pero no pudieron hallarlo.
– Los kiosqueros, en inusual protesta, suspendían la venta de cigarrillos. Fue el desenlace de un largo conflicto que se inició el 31 de diciembre de 1969 cuando el gobierno de facto, por decreto, redujo su margen de ganancias del 8,5 % al 6,8 %
– En Catamarca, tras prestar declaración ante un Tribunal Militar, eran liberados cinco integrantes de la mesa directiva de la Asociación de Trabajadores del Estado Provincial (ATEP), sospechados de “tareas de agitación” entre el personal estatal. Quedaba detenido Mario Nolasco Villafañe, acusado del asalto a la Casa de Gobierno.