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Opinión 6 de octubre de 2019

Lo que deja Mauricio y los plazos de Alberto

Por Jorge Raventos

Mauricio Macri recorre el país como un candidato empeñado en conquistar un premio atractivo pero lejano: promete muchas cosas que su gobierno no tuvo en la agenda durante estos cuatro años y hasta decide otras que podrían haber merecido más premura.

Tarde piaste
Tal es el caso de la reparación monetaria que el viernes 4 anunció en Formosa para los familiares de los soldados caídos en 1975 defendiendo el Regimiento de Monte de un ataque montonero. Un libro del periodista Ceferino Reato – Operación Primicia- revisó aquel episodio y destacó el hecho de que mientras los familiares de los montoneros muertos en la ocasión habían sido indemnizados por el Estado, los de los soldados víctimas del copamiento habían sido olvidados.

El libro de Reato fue editado en 2010. Que el Presidente haya atendido el caso a pocas semanas del fin de su período tiene seguramente mucho que ver con la proximidad del comicio en el que pugna por ser reelecto: Macri está desarrollando una estrategia electoral de búsqueda de votos en determinados nichos demográficos. Uno de ellos es la llamada “familia militar”, que lo acompañó en 2015 y luego no se sintió suficientemente comprendida.
La reparación anunciada en Formosa, así muchos la consideren tardía, resultó oportuna en otro sentido. Pudo ser interpretada como una réplica a la reivindicación de la guerrilla postulada por el sociólogo Horacio González, referente del grupo intelectual Carta Abierta durante la presidencia de Cristina Kirchner. Aunque González carece de peso en los planteles del candidato peronista Alberto Fernández, para la campaña del oficialismo resulta conveniente atribuirle significación y utilizarlo como frontón propagandístico. Las oportunidades para buscar votos no abundan.

Por caso, la victoria del radicalismo mendocino que lidera el gobernador Alfredo Cornejo en el comicio provincial del último domingo, pudo representar un contratiempo para el entusiasmo del peronismo, pero no fue de gran ayuda para la Casa Rosada. Los radicales mendocinos no quisieron recibir enviados del gobierno nacional a la hora de los festejos: “¿Qué p…tiene que hacer Macri acá, en una elección de la provincia?”
Cornejo ha sido un crítico tenaz de la estrategia política del Presidente y hasta insistió oportunamente en que para evitar una derrota de Cambiemos había que buscar un candidato que no fuera Macri. Actualmente ese radicalismo mendocino, junto a un segmento mayoritario del tradicional partido y a sectores internos del Pro, se prepara para reperfilar a Cambiemos y rediseñar la coalición de modo de encarnar a la oposición una vez que Alberto Fernández alcance la presidencia.

La elección mendocina también golpeó el cuerpo argumental de la Casa Rosada y desbarató las conjeturas caprichosas que imaginan que un comicio “de verdad” revertirá el resultado de las PASO. En Mendoza no se revirtió nada: triunfaron los mismos que lo habían hecho el domingo de las primarias; en rigor, los vencedores ampliaron la diferencia a favor: Rodolfo Suárez, el candidato radical, había sacado siete puntos de ventaja a la kirchnerista Anabel Fernández Sagasti en las PASO y el último domingo le ganó por quince puntos. Las encuestas ya están indicando que en el comicio presidencial Fernández aumentará la distancia con Macri. Igual que lo que pasó en Mendoza.

Las movilizaciones que ha encarado el oficialismo para intentar dar vuelta la derrota en las primarias sirven, quizás, para contener y entusiasmar hasta el 27 de octubre al público propio pero es improbable que alcancen la ambiciosa meta de forzar un ballotage. Los obstáculos son objetivos.
El recuperado INDEC mostró la última semana uno de ellos: el macrismo llega al final de su mandato con uno de cada tres argentinos debajo de la línea de pobreza (una cifra récord: 34,5 por ciento al final del primer semestre; y otro 20 por ciento hace equilibrio en el borde). El Presidente había prometido “pobreza cero” cuando llegó.
En los últimos actos de campaña Macri asegura que “ahora viene la suba de los salarios” y su copiloto, Miguel Pichetto, afirma que “se acabó el ajuste”. Tarde piaste. Faltan setenta días para el final del período, tres semanas para la elección y hay por lo menos quince puntos de diferencia en contra para el oficialismo.

Trump, Venezuela y el Fondo

La extendida pobreza es uno de los desafíos que tiene por delante el gobierno de Alberto Fernández. No el único, por cierto. Ciertamente el paisaje económico y social no le promete tranquilidad al próximo Presidente.
El año próximo, el primero de su mandato, Fernández se encontrará con vencimientos por 35.000 millones de dólares. Cerrados los mercados voluntarios, la primera puerta a golpear es el Fondo Monetario Internacional. El Fondo todavía tiene pendiente el desembolso de 5.400 millones de dólares, última cuota del programa de 57.000 millones que le fue otorgado a Mauricio Macri para ayudarlo a terminar con felicidad el año electoral. Ahora que se ha vuelto obvio que ese objetivo no se cumplirá, la entidad promete volver a analizar el pago restante después de las elecciones del 27 de octubre, cuando esté en condiciones de sentarse a negociar con las próximas autoridades cómo hará el Estado argentino para pagar aquella deuda.

En sus análisis, los técnicos del Fondo observan ahora los números de la deuda argentina están al borde de la “insustentabilidad”, lo que implicaría un obstáculo técnico-reglamentario para recibir la cuota restante. Claro que ya ha quedado demostrado que toda regla admite excepciones. De hecho, el stand-by que la entidad concedió a la Argentina tiene, en los términos protocolares del fondo status de “excepcional” e incluso fue aprobado sin que el país cumpliera las condiciones que se exigen para este rubro: la Argentina de Macri, cuando golpeó las puertas del Fondo, no exhibía ni “ signos alentadores sobre su capacidad para conseguir fondeo en el mercado de capitales” ni “una deuda pública sustentable con alta probabilidad de cumplimiento”.
A falta de esas virtudes el gobierno contó con una carta ganadora: el respaldo político del gobierno de Donald Trump.

Ahora, cuando el FMI parece considerar que la nueva situación vuelve “probablemente insustentable” la deuda de Argentina, es obvio que la objeción puede volver a omitirse con la ayuda de Washington. Esto exigirá que Alberto Fernández trate urgentemente con Trump (seguramente el primer viaje del nuevo presidente sea a la capital estadounidense). Y es muy probable que el favor de la Casa Blanca tenga condicionalidades, reclame gestos y comportamientos en el espacio regional que Fernández deberá hacer comprender en la Argentina y, en primer lugar, ante su propia base política.

Habría que considerar que la intervención de Sergio Massa el viernes en Washington, en una conferencia en el Wilson Center, es un primer puente público extendido por el candidato presidencial hacia el establishment estadounidense. Massa es socio en algunos emprendimientos del ex alcalde neoyorquino Rudolph Giuliani (abogado personal de Donald Trump en los delicados temas que amenazan con precipitar al Presidente en un juicio político), y mantiene con él una relación muy fluida; no es el único vínculo relevante que mantiene en los estados Unidos. El viernes, en el Wilson Center Massa reiteró el mensaje de moderación que extiende Fernández, aseguró que será éste quien controlará el gobierno venidero y que la señora de Kirchner “ha hecho su autocrítica” al abdicar en Fernández. Massa también afirmó que los juicios por corrupción “seguirán su marcha” y que deben terminar en sentencias, “absolutorias o condenatorias”. Lo más significativo: Massa subrayó la condena al régimen imperante en Venezuela.

La posición sobre el gobierno de Nicolás Maduro es una de las asignaturas excluyentes para quien aspire a obtener respaldo del gobierno de Donald Trump.

Los tiempos de Alberto Fernández

Si a través de Massa Alberto Fernández empieza a rendir esa materia antes de llegar a la Casa Blanca, por otras vías se ha empeñado también en clausurar los intercambios duros con Jair Bolsonaro. El presidente de Brasil no sólo es mandatario con todos los títulos del principal socio comercial de la Argentina, sino un estrecho asociado político al presidente de Estados Unidos. El realismo político prevalece sobre las opiniones y gustos personales. Pero hay que ver cómo se compagina el realismo con los gustos y deseos de la base política de Fernández.
“Su heterogénea base política”, subrayaría insidiosamente el actual oficialismo. El nuevo Presidente deberá rendir muy velozmente exámenes de liderazgo.

Sea como argumento electoral o por convicción plena, el oficialismo actual se muestra convencido de que esos desafíos serán inabarcables para el sucesor de Macri, sea por la diversidad de su base de apoyo o por los rasgos vicarios que atribuyen a su poder por el hecho de haber surgido de una decisión de la señora de Kirchner.
¿Y si Fernández ejerce efectivamente la presidencia y procura llevar adelante el programa moderado que predica y se le atribuye? En tal caso, aseguran esos vaticinios, sobrevendrá una crisis, producto de las tensiones entre la presidencia y los sectores afectados por ese programa: los quejosos buscarán el apoyo de la dueña de los votos.

El financiamiento (facilidades extendidas) que eventualmente -endoso de Trump mediante- concederá el Fondo, es un paso indispensable para acceder a los mercados financieros voluntarios y para ofrecer seguridades a la inversión productiva. Pero tendrá también condicionalidades específicas. Aunque no es el único requisito, el rigor fiscal está naturalmente en la lista. Se trata de otra situación difícil para el futuro presidente, que llega a su cargo en buena medida porque la sociedad se ha rebelado contra la austeridad que imputa al gobierno de Macri y espera algo diferente del candidato que respaldó en las PASO. El ajuste fiscal que éste pueda encarar tendrá límites muy rígidos y deberá ser aplicado con signos notorios de equidad y sostenido con sólidos acuerdos políticos.
Fernández ya está tejiendo bases para esos acuerdos: lo hace con los empresarios y con el movimiento obrero. Esta semana apadrinó la intención de reunificar la CGT con el regreso a la calle Azopardo de la CTA, la central menos extensa pero más rebelde. También intentó (y finalmente consiguió) contener a la conducción de los pilotos que amenazaban con una nueva huelga y que habían ignorado poco diplomáticamente una primera gestión pacificadora suya.

La retirada del gobierno de Mauricio Macri deja una larga lista de temas desatados y cargados de tensiones potenciales, de pujas distributivas, de insatisfacciones en muchos casos dramáticas.

Apenas se consume su victoria, antes de asumir formalmente -desde el 28 de octubre mismo-, Fernández tendrá que manejarse en un espacio de conflictos simultáneos que le requerirán sentido estratégico y capacidad de liderazgo. Hacia adentro y hacia afuera (suponiendo que haya en realidad un límite claro entre afuera y adentro, entre aliados y adversarios).