Arte y Espectáculos

Manuel Vicente: “Los lugares que se iluminan son los que habitamos los artistas”

En la sala Payró del Auditorium, propondrá este viernes un unipersonal en que cuenta todo lo que le pasa a un director de una compañía teatral de los años '40 que quedó solo en una noche de lluvia.

“Estamos fortificados por esta abrumadora realidad que nos marea”, dice Manuel Vicente en relación a los artistas, convertidos en defensores de rasgos y gestos que apelan a la humanidad, en medio de un presente que propone mil maneras de conexión tecnológica. Frente a ese paradigma, el arte, siempre el arte, asegura este actor verborrágico que llegará a Mar del Plata mañana. Este viernes a las 21.30, desde la sala Roberto Payró del Auditorium le pondrá el cuerpo al unipersonal “El último espectador”. Se trata de una obra de Andrés Binetti que logró reconciliar a Vicente con el monólogo.

“Nunca me terminó de conformar la idea de un monólogo, porque entendía que un actor solo en el escenario más allá de algo performático es difícil que pueda producir un hecho teatral que no sea el formato del relator, es decir alguien que está hablándole al público. Pero en esta obra encontré un presente escénico, una situación viva, un personaje al que le está sucediendo algo y le ocurre algo”, adelanta a LA CAPITAL.

Acodado en un viejo bar, en una noche fría y lluviosa, lo que le pasa a este personaje es la melancolía, el deseo, el abandono. Es un director y actor de teatro de los años ´40 a quien abandonaron todos los actores y las actrices de su compañía. “Tiene que actuar para no salir esa noche a la intemperie, trabaja, cuenta, relata, para poder seguir esa noche hasta la madrugada, es la metáfora de su vida”, relata el intérprete.

Vicente resalta “la poética exquisita” de la pieza de teatro que escribió su amigo Andrés Binetti. “Recrea situaciones de calidez, de sueño y es una metáfora sobre lo que es la supervivencia” en un viejo actor de los años `40, esos que se las ingeniaban para realizar clásicos de la dramaturgia mundial pero a la vez contaban chistes picarescos para poder vivir, a cambio muchas veces de un plato de comida.

-¿Cuánto cambió el oficio del actor desde entonces a ahora?

-Con todos los soportes técnicos… en el cine no faltará mucho para que los personajes virtuales se te sienten al lado en la butaca. Pero son géneros artísticos que nunca van a poder abandonar la tracción a sangre, la tracción a sangre es la poesía, el resto son formatos. Podés ver un terremoto, o un tanque de guerra volando o un edificio cayendo o una ciudad volando en pedazos con el ruido en los oídos pero lo que más te conmueve son los ojos del tipo que perdió un hijo, o la boca seca pidiendo un vasito de agua en un primer plano. La poesía termina siendo el foco vivo del tejido humano, frente a lo cual el teatro está parado por siempre, porque hay dos personas que te hacen sentir algo, de ahí la vigorosidad del teatro actual. Cuando apareció el cine muchos decían que el teatro iba a desaparecer, y no, hasta se fortificó porque la gente necesita que alguien en un sótano le toque una sinfonía con un violín. Ya sé que tengo Spotify, pero qué me pasa con el hecho vivo, con una cervecita, en una noche escuchando música. O qué me pasa frente a un actor que me lleva a un mundo mágico… lo más importante es que sigo siendo yo vivo.

-El arte como aquello que es orgánico.

-Estamos fortificados por esta abrumadora realidad que nos marea, estamos mareados, no podemos reflexionar, nos hacen pensar de una forma… se pierde la noción del foco, la conversación, pero se iluminan ciertos lugares y los lugares que se iluminan son los que habitamos los artistas.

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