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La Ciudad 10 de febrero de 2026

Mar del Plata, a los 152 años, con más preguntas que certezas y la locura de tirar al mar toneladas de merluza

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

Mar del Plata llega al fin de semana largo de Carnaval como suele llegar a los momentos clave: con expectativa alta, señales positivas y una realidad que obliga a mirar más allá del titular. La ocupación hotelera ya supera el 70 % y el sector confía en llegar al lleno total entre sábado y martes. No es exageración: para el turismo, Carnaval es el último gran partido de la temporada. Lo que dejó el verano es un balance conocido. Enero fue bueno, un 7 para zafar, febrero más complejo. Hubo gente, hubo ciudad casi llena algún fin de semana, pero también un turista más medido, que pelea precios, acorta estadías y elige con lupa. Mar del Plata volvió a apoyarse en su principal fortaleza: la diversidad, esa capacidad de alojar públicos distintos, bolsillos distintos y consumos distintos sin romperse.

 

Divididos 20

En paralelo, la ciudad mostró músculo cultural. Infinidad de propuestas para todos los gustos. Exposiciones, muestras, charlas de escritores, y recitales, ratificaron a Mar del Plata como la capital del espectáculo. Este verano se produjo el debut de Bendu Arena que el pasado fin de semana volvió a llenarse con propuestas bien distintas: Divididos por un lado, Karina La Princesita por el otro. Rock y cumbia, sin prejuicios. La cultura no solo entretiene: mueve boleterías, gastronomía, transporte y trabajo. A ese combo se le suma un dato clave de estos días: los premiados del Estrella de Mar ya están en cartel y, como pasa todos los años, eso reactiva las salas. Obras que levantan, público que vuelve al teatro y boleterías que respiran. En una temporada atravesada por la cautela del gasto, ese empujón no es menor. “Playa de día, teatro de noche”, se pregona desde el cartel que arrastra la avioneta en la costa. Todo esto ocurre en una semana particular. Mar del Plata cumple 152 años. No como postal ni como acto protocolar, sino como ciudad real, grande y compleja. Una ciudad que hace rato dejó de ser solo balneario, que produce, exporta, innova y genera trabajo, pero que también arrastra desequilibrios estructurales. Una ciudad enorme que sigue recibiendo recursos de ciudad chica y que, aun así, sigue funcionando.

 

 

Pero el cuadro no es solo festivo. Mientras la ciudad se prepara para recibir a miles de visitantes, la economía local sigue tirante. La industria textil advierte por las importaciones, el comercio muestra fatiga y algunos informes económicos se demoran porque los números no acompañan. El verano ayudó, sí, pero no resolvió los problemas de fondo. A esto se suma un clima social cargado: inseguridad en crecimiento, empleo frágil y una sensación extendida de desgaste. Mar del Plata sostiene servicios, recibe población flotante, produce y exporta, pero la coparticipación sigue siendo una cuenta pendiente que nadie termina de saldar. Y mientras tanto, lo que se viene. Este miércoles el Senado debatirá la reforma laboral. Un tema que en Mar del Plata se vive con especial intensidad. Hay sectores que la ven como oportunidad, otros como amenaza. En una ciudad con alto nivel de informalidad y empleo estacional, cualquier cambio laboral impacta directo. Carnaval, teatro, música, aniversario, debate político y economía tensa. Mar del Plata entra en días intensos, con la ciudad llena y la cabeza en el futuro. A los 152 años, sigue celebrando… pero sin dejar de mirarse al espejo

A sus 152 años, Mar del Plata resiste. No es poco para una ciudad que siempre estuvo obligada a reinventarse. A veces por decisión propia, muchas otras por necesidad. Lejos quedó aquella idea cómoda de ciudad-balneario que vive tres meses al año y duerme el resto. La Mar del Plata de hoy es otra cosa, aunque todavía cargue con ese rótulo. Sí, el turismo sigue siendo una columna central. Pero ya no alcanza —ni explica todo—. Hoy la ciudad produce, exporta, innova. Hay industria pesquera, alimenticia, metalmecánica, textil, construcción, logística, economía del conocimiento, parques industriales que crecen y un entramado productivo que, aun golpeado, sigue en pie. Mar del Plata dejó hace rato de ser solo una postal de verano. Y sin embargo, vive un momento delicado. La crisis económica pega fuerte. El consumo se retrae, el empleo informal crece y la calle lo muestra sin filtro. A eso se suma una inseguridad que escala, no solo en estadísticas sino en la conversación cotidiana. El miedo volvió a instalarse como tema central en una ciudad demasiado grande para improvisar y demasiado compleja para soluciones mágicas.

 

 

En ese contexto, aparece una expectativa que puede cambiar el tablero en lo productivo: el petróleo frente a las costas. Todavía es una promesa, una incógnita, una espera. Pero también es un símbolo. Porque si finalmente hay hidrocarburos, Mar del Plata volverá a estar frente a una encrucijada histórica: desarrollo o saqueo, planificación o oportunidad perdida, empleo local o negocio ajeno. No es un debate ambiental versus productivo: es un debate sobre qué ciudad quiere ser. Marzo puede ser un mes clave en tal sentido (¿también en materia política de acuerdo a lo que se escucha en los pasillos, atado a que haya o no designaciones en el gobierno nacional con repercusiones a 400 kilómetros de la Casa de Gobierno?). A todo esto, Mar del Plata arrastra una injusticia estructural que casi no se discute: es una de las ciudades más grandes del país, con demandas de gran ciudad, pero no recibe por coparticipación lo que le corresponde. Atiende salud, educación, transporte, seguridad y servicios para cientos de miles de personas —muchas que no figuran en el padrón— con recursos pensados para mucho menos. Una ecuación que no cierra nunca. De allí la vuelta al primer plano de lo que significa mantener el sistema de educación municipal.

 

foto @dronmardelplata

foto @dronmardelplata

La ciudad creció, se expandió, se complejizó. Pero el reparto de fondos quedó chico. Y cuando la economía se tensa, esa asfixia se siente más. En los barrios, en las calles, en la gestión cotidiana. Lo cierto es que la ciudad cumple 152 años sin fuegos artificiales. Con más preguntas que certezas. Con potencial, pero también con urgencias. Con industria, pero con desigualdad. Con mar, con puerto, con universidades, con trabajo… y con bronca acumulada. Tal vez este aniversario sirva para algo más que la efeméride. Para asumir, de una vez, que no somos solo una ciudad turística, que somos una gran ciudad y que como tal necesitamos decisiones, recursos y planificación a la altura. Porque Mar del Plata no vive del pasado. Y el futuro —como el mar— no espera.

 

El video de @partedepesca es tan brutal como sencillo. No hay montaje, no hay edición malintencionada ni truco de redes sociales. Toneladas de merluza siendo arrojadas al mar, como si fueran desperdicio. No lo son. Es pescado capturado, fuera del agua, sin posibilidad de sobrevivir. Es recurso. Es trabajo. Y, según la ley, es delito. Las imágenes comenzaron a circular en el ambiente portuario y no tardaron en llegar al SOMU, que decidió hacer lo que casi nadie hace en este negocio: denunciar. Denuncia penal en la Justicia Federal y denuncia administrativa ante Prefectura. El señalamiento apunta a un mismo grupo empresario, con al menos dos buques involucrados, donde —según el gremio— se habría ordenado vaciar bodegas de merluza para cargar calamar, más rentable en el mercado. La denuncia apunta a dos buques del mismo grupo empresario, de Luis Santander —identificados como “Nddanddu” y “Marlene del Carmen”— donde se habrían ejecutado prácticas que se traducen en depredación ilegal de fauna marina. “En Chubut no hay ley”, se queja un empresario pesquero local, indignado con lo sucedido. “Directa o indirectamente nos afecta a todos”, sentencia. La lógica es conocida, aunque pocas veces queda tan explícita: lo que paga menos, se tira; lo que rinde más, se guarda.

 

El problema es que el mar no es una planilla de costos y la merluza no es descarte. Es una de las especies más reguladas, más explotadas y más sensibles del caladero argentino. Y es, además, la base laboral de buena parte del puerto de Mar del Plata. Pero la denuncia del SOMU agrega un dato que incomoda todavía más: los marineros habrían sido obligados a cumplir la orden. Bajo amenaza de desembarco, de quedarse sin trabajo, de no volver a embarcar. En criollo: elegir entre tirar pescado muerto al mar o perder el laburo. Difícil hablar de “decisiones individuales” en ese contexto. Esto no ocurrió en una lancha clandestina ni en una pesca artesanal perdida en el mapa. Ocurrió en buques formales, con permisos, con papeles, con puerto de asiento, con inspecciones previas y posteriores. Y aun así, el pescado terminó en el agua. En las últimas horas se estableció que Chubut le sacó las mil toneladas de cuota social al “Nddanddu”. Por nota al Consejo Federal Pesquero la Secretaría de Pesca provincial tomó la decisión a partir de los hechos ocurridos en su última marea.

 

 

Screenshot

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Después, claro, vienen los discursos. Se habla de sustentabilidad, de cuidado del recurso, de futuro de la pesca, de empleo. Se organizan jornadas, se escriben documentos, se firman compromisos. Todo muy prolijo. Mientras tanto, la merluza cae al mar. En el puerto todos lo saben, pero pocos lo dicen: el sistema cruje. Entre empresas que empujan el límite, controles que no siempre llegan y trabajadores atrapados en el medio, el resultado es este. Y cuando el daño se vuelve visible —cuando hay video— ya es tarde para mirar para otro lado. El silencio oficial, por ahora, es tan llamativo como las imágenes. Nadie explica, nadie aclara, nadie desmiente. Tal vez esperando que el tema se enfríe, que el video deje de circular, que el mar se trague la evidencia. Un video más que triste, que seguramente volverá a cobrar vigencia en tiempos en que el recurso escasee.

 

En Mar del Plata el termómetro económico volvió a marcar fiebre. La industria textil local puso el grito en el cielo: advierte que compite en clara desventaja frente a productos importados que llegan a precios imposibles, con costos laborales, energéticos y logísticos que acá no existen. No es un reclamo nuevo, pero esta vez el tono es más urgente. Las máquinas paran más de lo que arrancan y el fantasma del achique vuelve a recorrer los talleres. En paralelo, hay otro dato que también habla sin decir demasiado. La UCIP todavía no difundió el informe económico mensual de enero, ese que históricamente funciona como termómetro del consumo y la actividad comercial. El silencio, en este caso, es elocuente. En el sector ya se comenta en voz baja que los números fueron muy malos, de esos que no invitan a conferencias ni a titulares optimistas. Con ese telón de fondo, la ciudad mira más allá del puerto y del microcentro. Este miércoles todas las miradas estarán puestas en el Senado, donde se tratará la reforma laboral impulsada por el Gobierno nacional. Un debate que atraviesa de lleno a Mar del Plata, por su estructura productiva, su nivel de informalidad y su historia sindical.

 

Hay empresarios que ven en la reforma una oportunidad para bajar costos y generar empleo. Hay gremios que advierten sobre pérdida de derechos, precarización y mayor fragilidad laboral. Y hay trabajadores que, lejos de los discursos, solo se preguntan si el mes que viene van a seguir teniendo trabajo. En Mar del Plata, donde el empleo estacional, el cuentapropismo y la informalidad conviven con industrias tradicionales, cualquier cambio laboral pega doble. No es una discusión abstracta ni ideológica: es concreta, cotidiana, urgente. Mientras tanto, enero pasó dejando más dudas que certezas. El consumo no reaccionó, la industria ajusta, el comercio espera y la política promete. Un combo conocido para una ciudad que ya aprendió a leer entre líneas. En definitiva, Mar del Plata, otra vez, en la primera fila de una discusión que se decide lejos, pero se paga acá.