Han pasado cincuenta años desde aquel 24 de marzo de 1976, cuando en nuestra patria se quebró el orden democrático y se instauró una dictadura que dejó heridas profundas en el pueblo argentino.
No se trata solamente de recordar una fecha en el calendario. Se trata de mirar nuestra historia con verdad, con dolor, pero también con esperanza. Porque la memoria, cuando es sincera, no busca alimentar el rencor sino iluminar el presente y cuidar el futuro.
Aquellos años estuvieron marcados por el terror, la persecución, las desapariciones, el silenciamiento y el sufrimiento de muchas familias. Muchos hombres y mujeres fueron secuestrados, torturados y asesinados. Muchos otros
debieron exiliarse o vivir con miedo. Fue una época en la que la dignidad humana fue gravemente pisoteada y en la que el Estado, que debía cuidar la vida, se transformó en instrumento de muerte.
Ese dolor también atravesó nuestra ciudad, Mar del Plata. Aquí también hubo persecución, miedo y silencios forzados. Estudiantes, trabajadores, militantes sociales y hombres y mujeres comprometidos con su comunidad fueron víctimas del terrorismo de Estado.
En esta memoria agradecida recordamos de manera especial a Coca Maggi, y a tantos otros marplatenses cuya vida y compromiso forman parte de la historia y de la conciencia de nuestro pueblo.
En medio de esa noche oscura también hubo luces. Hubo personas que, desde su fe, desde su compromiso con el pueblo, desde su conciencia moral, se animaron a levantar la voz cuando muchos callaban.
Entre ellos recordamos de modo especial al beato monseñor Enrique Angelelli, pastor de La Rioja, que caminó junto a los trabajadores, los campesinos y los pobres. Su muerte, durante la dictadura, fue presentada durante años como un
accidente, pero la verdad finalmente salió a la luz: fue asesinado por su compromiso con el Evangelio y con su pueblo.
Junto a él recordamos también a sus compañeros mártires beatos: los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville y el laico Wenceslao Pedernera, hombres sencillos que vivieron el Evangelio radicalmente, hasta las
últimas consecuencias. Su testimonio nos recuerda que la fe cristiana no puede separarse del compromiso con la justicia y con la dignidad de los más pobres.
También recordamos a tantos otros hombres y mujeres de la Iglesia que, en medio de aquellos años difíciles, acompañaron al pueblo, defendieron la vida y sostuvieron la esperanza. Entre ellos el beato cardenal Eduardo Francisco Pironio, quien desde su profunda espiritualidad y su amor por la Iglesia alentó siempre a caminar en la verdad y en la defensa de la dignidad humana.
No todos los testimonios fueron iguales, ni todas las respuestas fueron perfectas. Como Iglesia también hemos hecho nuestro camino de reflexión y conversión a lo largo de los años. Pero hoy reconocemos con gratitud a quienes supieron ser signos de fidelidad al Evangelio en tiempos de oscuridad.
A cincuenta años de aquellos hechos, la memoria de los mártires nos interpela. Nos preguntan qué hacemos hoy con la dignidad humana, cómo cuidamos la vida, cómo tratamos a los más débiles, cómo construimos una sociedad
más justa.
Recordar no es quedarse en el pasado. Recordar es asumir una responsabilidad en el presente.
Por eso, en esta conmemoración, queremos también valorar profundamente la democracia. La democracia no es solamente un sistema político; es un camino que elegimos como sociedad para resolver nuestras diferencias sin
violencia, para respetar la dignidad de cada persona, para garantizar derechos y para construir el bien común.
La democracia requiere diálogo, participación, responsabilidad y respeto. Requiere instituciones fuertes, pero también ciudadanos comprometidos. Requiere memoria, porque cuando los pueblos olvidan su historia corren el riesgo de repetir sus tragedias.
Defender la democracia significa rechazar toda forma de violencia política, toda práctica que degrade al otro, todo intento de imponer el poder por la fuerza o por el miedo. Significa también trabajar cada día por una sociedad más justa, donde nadie quede descartado y donde la dignidad de cada persona sea respetada.
Desde nuestra fe sabemos que la paz verdadera se construye sobre la justicia y sobre la verdad. Por eso el Evangelio nos invita siempre a ponernos del lado de la vida, del cuidado de los hermanos y hermanas.
Al recordar estos cincuenta años, rezamos por todas las víctimas de aquel tiempo doloroso, por sus familias y por todos los que aún cargan heridas. Rezamos también por nuestra patria, para que nunca más el odio, la violencia o el
desprecio por la vida tengan lugar entre nosotros.
Que el testimonio de los mártires, como el de monseñor Angelelli y sus compañeros, nos ayude a caminar con valentía. Que su memoria nos anime a seguir construyendo una Argentina donde la justicia, la verdad y la fraternidad sean el fundamento de la vida social. Y que el Dios de la vida nos conceda la gracia de ser, también
nosotros, constructores de paz, de memoria y de esperanza para nuestro pueblo.
Secretariado de Pastoral Social
Diócesis de Mar del Plata