La Ciudad

Menos nacimientos, más “perrhijos”: el fenómeno que redefine la familia y mueve millones en Mar del Plata y el país

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

El calendario siempre ofrece excusas. Algunas más comerciales, otras más profundas. Este 29 de abril, el Día del Animal, llega en un momento donde ya no se trata solamente de una efeméride simpática para subir una foto a redes. Hay algo más pasando, algo que se cuela en la vida cotidiana, en la economía y hasta en la forma en que se configuran los vínculos. Porque mientras la política discute sus propias urgencias, en paralelo crece un fenómeno silencioso pero contundente: cada vez más hogares reorganizan su rutina, sus gastos y hasta sus afectos en torno a una mascota. No es un detalle menor ni una moda pasajera. Es un cambio cultural.

 

 

En Mar del Plata, donde todo termina siendo termómetro —del consumo, del turismo y también de las transformaciones sociales—, la tendencia ya se ve en la calle. Comercios que antes dudaban hoy abren la puerta. Bares que adaptan sus espacios. Restaurantes que incorporan bebederos. Hoteles que empiezan a entender que la valija ya no viene sola. Ser ‘pet friendly’ dejó de ser un diferencial para convertirse, casi, en una condición de época. Una credencial implícita para no quedar afuera de una nueva normalidad que avanza sin pedir permiso. Y en ese escenario, donde los animales ocupan un lugar cada vez más central, aparece una palabra que hace unos años sonaba exagerada y hoy circula con naturalidad: perrhijos.

Ahí empieza otra historia.

 

La Argentina tiene cada vez menos nacimientos. Pero cada vez más perros y gatos en los hogares. La ecuación no es casual ni meramente estadística: refleja un cambio profundo en la manera en que miles de personas —especialmente jóvenes y adultos de mediana edad— proyectan su vida familiar. En Mar del Plata, esa transformación se ve en las plazas, en los balnearios, en los menús de los restaurantes y en los consultorios veterinarios que funcionan las 24 horas. Con casi el 80 % de las casas argentinas conviviendo con al menos una mascota y una mayoría que las considera parte de la familia, el fenómeno de los “perrhijos” dejó de ser una etiqueta simpática para transformarse en un indicador cultural. Y también económico. El reciente lanzamiento de un plan que cubre consultas veterinarias, guardia de 24 horas, vacunas, cirugías y tratamientos, es una muestra elocuente de que el mercado detectó una demanda consolidada. Las cuotas parten desde los 40.000 pesos mensuales, un número comparable al costo de planes de salud básicos para personas. En otras palabras: ya existe una prepaga para animales domésticos en un país donde la natalidad desciende de manera sostenida.

 

 

El universo ‘pet’ mueve millones en alimentos, medicamentos, estudios clínicos, accesorios, ropa, peluquería, adiestramiento y guarderías. En tiempos de ajuste económico, los comerciantes del sector coinciden en un punto: el gasto en mascotas es uno de los últimos en resignarse. Antes el dueño se priva a sí mismo.

“Antes de recortar en la comida del perro, el cliente recorta en la suya. Eso lo vemos todos los días en el mostrador”, expresaba Alejandro, encargado de una veterinaria en el barrio Constitución, Mar del Plata. El dato no sorprende a los especialistas en comportamiento del consumidor. La mascota ocupa un lugar afectivo que históricamente correspondía a los hijos. Su bienestar se convierte en una prioridad equivalente o superior al de otros miembros del hogar.

En Mar del Plata, el crecimiento se percibe con fuerza. Veterinarias con guardia permanente, centros de diagnóstico por imágenes, hoteles caninos en barrios del sur, y locales especializados con productos premium muestran una cadena económica en expansión que excede lo doméstico para convertirse en una industria local consolidada. “Hoy el perro es paciente, no mascota”, grafica un veterinario especializado en medicina interna felina que atiende en el centro de la ciudad. La medicina preventiva, los análisis de rutina, las dietas especiales y las consultas psicológicas para animales —sí, existen— son prácticas cada vez más frecuentes entre los marplatenses. “Cuando la gente trae a su perro y me dice ‘está triste desde que cambiamos de casa’, entiendo que no hablan de un animal. Hablan de un integrante de la familia que necesita atención como cualquier otro”, refería Valeria Inchauspe, médica veterinaria.

 

El fenómeno también empuja la capacitación. Las carreras de veterinaria de la región reciben más inscriptos cada año, y han crecido los postgrados en etología, nutrición animal y oncología veterinaria. Lo que era un nicho académico es hoy una especialidad con demanda concreta. El impacto no es solo comercial. Es urbano. En las últimas temporadas se multiplicaron las playas y sectores ‘pet friendly’ a lo largo del litoral marplatense. Cada vez son más los marplatenses y turistas que eligen balnearios que permiten el ingreso de animales bajo normas de convivencia. La escena de perros corriendo por la arena en los horarios habilitados ya forma parte del paisaje costero de la ciudad. Lo mismo ocurre con la gastronomía. En corredores como Güemes, Alem o el Puerto, numerosos bares y restaurantes permiten el ingreso con mascotas, especialmente en patios y veredas. Algunos colocan bebederos; otros directamente promocionan su perfil “amigable con animales” en sus redes sociales y plataformas de turismo. “Lo empezamos a permitir casi sin pensarlo, porque los clientes lo pedían. Hoy es parte de nuestra identidad. Los fines de semana hay mesas reservadas específicamente por gente que quiere venir con su perro”, subrayó Martín Cáceres, propietario de un café en la calle Güemes.

 

 

Para muchos dueños de locales, se trata de una decisión comercial pura: si el cliente no puede entrar con su perro, busca otro lugar. El negocio que cierra las puertas a las mascotas pierde una porción creciente del mercado. El fenómeno tuvo otra señal clara durante las últimas fiestas de fin de año. Argentinos que viven en el exterior regresaron a pasar Navidad y Año Nuevo con sus familias y trajeron a sus mascotas en avión, con transportadoras reglamentarias y certificados sanitarios. En el aeropuerto Astor Piazzolla de Mar del Plata se repitieron escenas que hace una década resultaban excepcionales: perros llegando como un integrante más del grupo familiar. “No fue siquiera una opción dejarla en España. Sombra forma parte de la familia, y si yo vengo de vacaciones, ella viene conmigo. Tramitamos todo el papeleo y viajamos juntas”, expresó Mauro, 34 años, residente en Barcelona que volvió a Mar del Plata en la reciente temporada. Las aerolíneas han adaptado sus políticas y ampliado sus servicios ante una demanda en aumento. Viajar con animales ya no es marginal ni excepcional. Es una opción que millones de argentinos eligen con naturalidad.

 

El trasfondo de este fenómeno combina factores económicos y culturales en proporciones difíciles de separar. El costo de criar un hijo —que en la Argentina implica una inversión creciente en educación, salud y vivienda—, la inestabilidad laboral y los cambios profundos en los proyectos personales de vida influyen en la postergación de la maternidad y la paternidad. Paralelamente, las mascotas ocupan ese espacio afectivo que antes se reservaba casi exclusivamente a los hijos. Algunos sociólogos hablan de “familias multiespecie” para describir hogares donde los animales son reconocidos como miembros plenos, con derechos, rutinas y necesidades propias. Otros vinculan el fenómeno a nuevas formas de construir vínculos afectivos en contextos de mayor individualismo, movilidad geográfica y postergación de los roles tradicionales. Según la socióloga Cecilia Montoya, la mascota no reemplaza al hijo, “pero sí cumple una función afectiva parecida para muchas personas. Es alguien que depende de vos, que te recibe cuando llegás a casa, que da estructura a la rutina. Eso tiene un valor enorme en sociedades fragmentadas.”

 

 

Lo concreto es que el fenómeno no parece pasajero ni coyuntural. En una ciudad como Mar del Plata, donde la vida social transcurre en plazas, paseos costeros y cafés al aire libre, la imagen de personas organizando toda su rutina en función del paseo del perro ya es parte de la identidad urbana. Las cifras del sector son reveladoras. El mercado argentino de mascotas facturó en 2024 más de 2 billones de pesos entre alimentos, servicios veterinarios, accesorios y otros rubros, según estimaciones de cámaras del sector. Y sigue creciendo, incluso en años de contracción económica general. En Mar del Plata, las veterinarias de alta complejidad —con ecógrafos, tomógrafos y laboratorios propios— ya no son una rareza. Hay clínicas especializadas en cardiología, oftalmología y dermatología animal. Hay dietistas para perros con sobrepeso y psicólogos para gatos con ansiedad. Hay aplicaciones para recordar la medicación, plataformas de telemedicina veterinaria y servicios de sepelio y cremación para mascotas.

 

 

“Cuando abrí hace quince años, la gente traía al perro cuando estaba muy enfermo. Hoy vienen cada seis meses para el chequeo preventivo, igual que hacen con sus propios médicos. Eso es un cambio cultural enorme”, confió Gustavo Pereyra, veterinario con 20 años de ejercicio. Menos nacimientos. Más mascotas. Más servicios, más consumo y más adaptación del espacio público. El boom de los “perrhijos” no solo redefine la familia argentina: también está reconfigurando la economía, el espacio urbano y la identidad cotidiana de Mar del Plata. Y todo indica que recién empieza.

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