La posible llegada de un crucero de lujo a la ciudad expuso inadmisibles tensiones políticas que pudieron hacer perder una oportunidad histórica y con alto impacto turístico y económico, ya que involucra inversiones, turismo internacional y generación de empleo.
La mañana lluviosa del pasado viernes tuvo presencias especiales en la ciudad: el secretario de Turismo y Ambiente de la Nación, Daniel Scioli, y el capitán del buque Seaventure de la compañía 66 Expeditions, el noruego Remi Eriksen, quien llegó a Mar del Plata especialmente para coordinar con el funcionario nacional la llegada del primer crucero, posiblemente el próximo 20 de octubre.
En ese marco, el visitante, acompañado por Pablo Tsolis, de la empresa Navijet -especializada en servicios logísticos y de apoyo para operaciones marítimas y turísticas-, recorrió con Scioli varias zonas de la ciudad y especialmente la zona portuaria, con el fin de estudiar la posible área de recalada de la embarcación que traería turistas chinos en una propuesta considerada turismo de lujo. El crucero trasladaría pasajeros desde Mar del Plata hacia la Antártida.
El anuncio por sí solo tiene un alto impacto turístico y económico para la ciudad. Sin embargo, estuvo a punto de frustrarse por mezquindades políticas que no admiten justificación.
Antes de la recorrida por la zona portuaria hubo un encuentro en el Club Motonáutico entre los visitantes, Scioli, el presidente del club Carlos Contartese y autoridades de la Armada Argentina y de Prefectura Naval. También participaron Gustavo Hani, asesor del funcionario nacional, y Diego Juárez, presidente del Emturyc, quienes coordinaron la visita. Allí se explicaron las condiciones para la llegada del crucero -con 150 pasajeros y casi la misma cantidad de tripulantes- a la terminal portuaria.
El gran ausente fue el titular del Consorcio Regional Portuario, Marcos Gutiérrez. Pese a los reiterados llamados y mensajes, no hubo respuestas ni presencia.
La sorpresa fue aún mayor cuando, al intentar acceder a la terminal portuaria para conocer el lugar de amarre, a la comitiva se le negó el ingreso, incluso con miembros de Prefectura presentes. “Orden de arriba”, fue la única explicación. Nadie lo dijo públicamente, pero en privado quedó claro el trasfondo: diferencias políticas que nada tienen que ver con el desarrollo de la ciudad.
Resulta inadmisible que una decisión de este tipo -que involucra inversiones, turismo internacional y generación de empleo- quede condicionada por disputas menores. No se trata de nombres propios ni de internas: se trata de una oportunidad concreta para Mar del Plata.
Lejos de entrar en confrontaciones, Scioli buscó una salida. Propuso evaluar la Base Naval como alternativa para el arribo del crucero. La comitiva se trasladó hasta allí y, tras realizar tareas de observación y medición, el interés del capitán Eriksen volvió a crecer. Las sonrisas regresaron y el optimismo también.
El encuentro culminó con un almuerzo en el que quedó claro que la llegada del crucero depende ahora de un informe final que podría conocerse en los próximos días. Eriksen y Tsolis recorrieron luego la ciudad, desde Chapadmalal hasta el centro, antes de regresar, visiblemente sorprendidos y entusiasmados.
Los números refuerzan la magnitud de lo que está en juego: en la última temporada de cruceros, Argentina recibió 700 mil turistas, con un impacto económico de 374 millones de dólares en destinos como Buenos Aires, Puerto Madryn, Ushuaia y la Antártida. La industria genera, además, unos 22 mil puestos de trabajo directos.
Por eso, lo ocurrido no puede relativizarse. Mar del Plata no puede darse el lujo de perder una inversión de esta escala por mezquindades políticas. Cuando hay desarrollo, empleo y crecimiento en juego, la responsabilidad institucional debería estar por encima de cualquier diferencia.