Arte y Espectáculos

Meditación sobre la Audacia del arte

Comentario sobre "Genealogía y épica para un circo futuro", obra de teatro de Manuel Santos Iñurrieta que es parte de la agenda teatral de este verano.

 

 

Por Gabriel Cabrejas

 

El tema no es el circo en sí, o habría animales además de domadores, lanzamiento de cuchillos en vez de esgrima dialógica, actos de magia en vez de prestidigitación de actores. Porque “Genealogía y épica para un circo futuro” no trata solamente del mundo circense, para muchos en transformación y para otros en extinción. Trata la supervivencia de la risa en las crisis recurrentes, del amor al arte como lucha contra el olvido, y de un mundo político fastidiado de la obligación moral de invertir en cultura. Nada molesta más a la vista de los ajustadores de turno y arruina su plan de entristecer a los usuarios-espectadores que una gigantesca y ubicua carpa de circo, eterno como una carcajada, viajero como un mástil, cíclico y colorido como la primavera.

 


Un momento de la obra.

 


 

Arduo empezar este comentario, de tantas ideas voladoras nacidas de esta puesta y semejante texto dramático. Los tres actores están sentados en un camarín de luces, o sea, en la trastienda. Excepto un trapecio, que el más cirquero del trío, Facundo Mosquera, maneja con profesional destreza, hay pocos elementos identificatorios. El slapstick de caídas torpes y lágrimas a chorros tampoco aparecerá: detrás del cortinado se sufre la angustia del artista andariego. Si en esta obra se traslada delante del receptor se debe a que trata sobre el circo, y más particularmente sobre este circo, La Audacia, co realizador y coprotagonista coral aunque veamos apenas una muestra de sus integrantes en escena. La autorreferencia no es antojadiza, desde hace años, La Audacia transmigra, sin espacio acordado, prácticamente perseguido, en plena democracia; pareciera que, de verdad, irritara su presencia física, difundiese una religión prohibida o sus agentes tuvieran captura recomendada. ¿Por qué no convertir en argumento esa permanente penuria? Nessun dorma, canta uno de ellos, el aria de Puccini en boca de un patriota a punto de ser fusilado. La Cebra Raúl, el bufón oficial de LA, y el homenaje que se hace como a él le hubiera gustado, actuando. ¿Dónde vamos, en un universo que liquida a sus payasos? La pregunta flota en el ambiente, mientras los intérpretes pronuncian su monólogo y se interceptan, mezclan los sketches previsibles al oficio con el pensamiento y la crítica de los mismos.

Guillermina Miravé es la ecuyère, a juzgar por una testuz de caballo a guisa de sombrero, encasquetado, las medias red y el tutú. El sombrero alto, el pantalón brilloso y la musculatura de Mosquera reponen al trapecista; el enterizo blanquinegro de grandes botones en Mario Carneglia y su bonetito conicómico. No existe un programa de chiste y pirueta, sino un circo a contramano, gracioso por definición pero en estado de duelo larvado, sin zapatones ni cachetazos, el pedaleo en la rueda única una invitación a ver el símbolo de la estabilidad imposible. Autor y director progresista, Manu Santos Iñurrieta, uno de los grandes de la actualidad, limita a tres figuras tradicionales su retrato de una decadencia gozosa, impuesta, de la cual el género que hizo reír a la humanidad habrá de salir a risa cariada. No crean que verán a Gaby, Fofó y Miliki: estamos más cerca de la Noche de circo de Ingmar Bergman. Como siempre, el libreto es complejo, un salto al vacío para actores expertos, un reto a la memoria y la espontaneidad estudiada, diría Galina Tolmacheva. El grupo parece haber nacido recitándolo.

¿Cómo clasificar a Manu? Artista múltiple, integral, conjuga el cronista de la realidad política representada (Mientras cuido de Carmela), la reflexión actuada sobre la actuación (Crónicas de un comediante), el absurdo en estado puro (La competencia), la biografía poetizada siempre en clave histórica (Construcción poética de un recuerdo, a Silvia Filler), la parodia y superación de la sociedad patriarcal a partir de cinco mujeres que en vez de suicidarse se zambullen en la poesía (Buenos Aires Épica), supo formarse, emigrar, formar compañías propias (El Bachín Teatro, Los Internacionales) sigue siendo de los pocos que produce, escribe, investiga, conduce y actúa. Luego de edificar su personalidad teatral en nuestra EMAD, la retransmitió a sus criaturas y a quienes las encarnan, con la combinatoria a fractura expuesta de humor claroscuro y sensibilidad. Y una marca brechtiana desde el título, a medias entre el ensayo genérico y el teatralismo, porque los actores se ven a sí mismos mientras conmueven. Por eso es todas las puestas de un circo —que es todos los circos—en su recorrido temporal (genealogía) y una actitud de lucha en el presente (épica) para diseñar su continuidad cualquiera sea el modo del colapso cultural alrededor que le toque atravesar (futuro).

Cuatro Elementos constituye el marco perfecto para vestir la gloriosa independencia de una epopeya de gente común, los cirqueros, haciendo lo mínimamente extraordinario. Otra vez hemos presenciado lo máximo exigible: una noche difícil de olvidar.

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