Mogotes, la coherencia y los silencios
Por Gustavo Crego
Punta Mogotes nunca debió convertirse en materia de discusión política ni judicial. Para los marplatenses, más allá de papeles, convenios y estructuras administrativas, siempre fue parte de la identidad de la ciudad. Sin embargo, con el paso de los años se fue naturalizando una anomalía: aceptar como razonable que la Provincia decida sobre un espacio cuya pertenencia histórica y emocional está profundamente ligada a Mar del Plata.
Por eso resulta difícil comprender que, aun después de resoluciones judiciales que ratifican determinados derechos del municipio, desde la órbita provincial se avance con proyectos de reestructuración, licitación y adjudicación de un complejo que, precisamente, se discute porque nunca debió quedar bajo ese esquema de administración.
Lo más llamativo quizá no sea la postura de la Provincia, previsible dentro de la lógica política centralista que históricamente caracterizó a Buenos Aires respecto del interior. Lo verdaderamente llamativo es el silencio —o la tibieza— de dirigentes locales que ocuparon los máximos cargos institucionales de la ciudad y que conocen perfectamente el sentimiento de los marplatenses hacia Mogotes.
Porque en política también existen límites simbólicos. Y cuando esos límites se relativizan por conveniencias partidarias o alineamientos circunstanciales, aparece una de las razones centrales del creciente divorcio entre la ciudadanía y gran parte de la dirigencia.
Intentar instalar ahora que el “diálogo institucional” entre Provincia y Municipio es el único camino razonable suena, cuanto menos, poco convincente. No porque el diálogo no sea necesario, sino porque la experiencia indica que muchas veces ese diálogo termina siendo unilateral.
Si realmente existiera la misma voluntad de cooperación, la ciudad debería recibir idéntico acompañamiento en otros temas estratégicos. Por ejemplo, en la modernización y el desarrollo del puerto. O en la agilización de factibilidades y autorizaciones provinciales para barrios y proyectos urbanísticos que llevan años atrapados en la burocracia bonaerense.
Ahí también haría falta “proteger la tranquilidad y el trabajo”, como sostuvo recientemente un edil al cuestionar el camino de la confrontación judicial. Porque las demoras administrativas también generan incertidumbre, frenan inversiones y terminan afectando directamente el desarrollo local.
La discusión de fondo no pasa únicamente por Mogotes. Pasa por la coherencia. Por sostener con hechos aquello que se pregona en los discursos. Y allí aparece una vieja enseñanza que atraviesa siglos y credos: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”.
En tiempos donde la política parece discutir permanentemente relatos, quizá la sociedad empiece simplemente a exigir congruencia.
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