Policiales

Motochorros: historia de una víctima que propone un proyecto para controlarlos

La problemática de los motochorros en Mar del Plata es la principal causa de los denominados “delitos predatorios”. Pasa el tiempo y por la falta de controles sobre las motos bitripuladas la gravedad de los hechos delictivos está en aumento permanente.

Por Fernando del Rio

 -¡Bajate, bajate, bajate! —me gritó uno de los dos motochorros tras emparejar mi marcha en una angosta calle de Parque Luro.

Acostumbro a circular a baja velocidad y esta vez lo hacía mucho más aún porque llevaba a mi hija de 12 años. A diferencia de los motochorros, nosotros íbamos con nuestros cascos colocados. Y mi motocicleta, detalle nada menor, tenía su patente. La de ellos, no. No hay clasismo, ni reduccionismo social, ni mucho menos culpa, en distanciarnos: Nosotros y Ellos.

Lejos de ser lo recomendable, pero impulsado por un reflejo (supongo) natural, tras escuchar la orden-amenaza quise ponernos a resguardo y aceleré unos pocos metros hasta la esquina, doblé en contramano y comencé a tocar bocina. Esta circunstancia sorprendió a los ladrones, quienes intentaron seguirnos unos metros hasta que desistieron y se fueron en busca de otra víctima.

El frustrado robo sucedió a la luz del día, en horario de comercio o siesta, a la vista de muchas personas, algunas de las cuales se solidarizaron con mi estrategia de escape a los gritos o haciendo sonar las bocinas de sus autos. Uno de los automovilistas, cuando frené, me dijo con resignación y bronca al mismo tiempo:

—Son una plaga, están por todos lados.

Tenía razón a partir de ver una realidad que, sospecho, no ven las autoridades encargadas de poder -en el mejor de los casos- atenuarla, menguarla, disminuirla, porque, siendo razonable, es a lo máximo que se puede aspirar.

Después de lo sucedido desempolvé el proyecto de Control de Motos Bitripuladas (CMB) que diseñé en base a mi cercanía con la seguridad ciudadana, cercanía que me proporcionaron mis 34 años de periodista-observador y un cuarto de siglo escribiendo, analizando, opinando, sobre el crimen en Mar del Plata.

El problema de los motochorros en la ciudad es más grave de lo que se supone. Y, como dijo aquel automovilista, tiene ya entidad de plaga, de epidemia o de cualquier cosa que parezca tener el control de sí mismo. Grave porque domina la mayor cantidad de asaltos en la vía pública, grave porque los motochorros son, en muchos casos, muy irracionales, y grave porque ocurren todo el tiempo y todo lugar.

En la noche del martes previo a la Navidad dos motochorros llegaron con su prepotente violencia a asaltar un mercado. El dueño del lugar los repelió a tiros y los mató. Dolorosa y lacónica oración para narrar dos muertes. Pero sucedió eso. Días antes un patrullero había interceptado otra motocicleta en el mismo barrio San José sobre la cual iban dos jóvenes. La intervención policial estuvo basada en el criterio legal del estado de sospecha o sospecha fundada. Porque dada la “epidemia” de delitos cometidos por motochorros, parece acertado desde cualquier posición de sentido común el acto de interceptar para su identificación a dos jóvenes que merodean en la noche, sin llevar casco.

Durante la requisa se secuestró una pistola de aire comprimido, réplica de una Glock CZ 75. Ellos tenían 15 años y por un tiempo más son no punibles para la ley penal juvenil.

Enumerar cada uno de los hechos protagonizados por motochorros no es posible ni tampoco agregaría demasiado. Tal vez comentar alguno llamativo, como aquel del 18 de octubre del año pasado, también en el barrio San José, cuando ya no dos, sino seis motochorros, asaltaron a un policía que intentaba aumentar sus ingresos trabajando como repartidor. Se podría decir un caso testigo. Varios problemas en un mismo hecho.

O el de las últimas horas en que un vecino sacó de su auto a las trompadas a un motochorro que acababa de hacerle una entradera a una mujer, o los que robaron al repartidor en el barrio Mundialista, o los motochorros que balearon a un joven en el norte de la ciudad, o los motochorros que cometieron siete asaltos entre el 11 y el 21 de diciembre también en la zona norte.  Los “o” se continúan hasta cuando uno quiera.

Proyecto CMB

Contrariando un estilo periodístico que me acompañó a lo largo de tantos años, decidí la autorreferencia y una primera persona que suele ser desaconsejable. Pero vulnerar esa tradición, acaso, sirva más para este propósito.

Este Proyecto CMB fue entregado en mano días atrás al jefe departamental de Policía, comisario inspector Cristian Fontana, quien amablemente me recibió en su despacho, del mismo modo que lo hicieron los últimos (¿veinte?) funcionarios que ocuparon su lugar. Y, al igual que a los anteriores, les manifesté mi inquietud por el delito motorizado.

También fue extendida en su momento a los secretarios de seguridad municipal Oroquieta, Ferlauto y García. Ese proyecto fue puesto en conocimietno del fiscal general Fabián Fernández Garello días atrás gracias al impulso de un par de fiscales que están de acuerdo en gran parte de lo que allí se expone. Desde la municipalidad algunas voces hablan de “utopía”. Tal vez es cierto que tenga un componente utópico: es la parte en la que dice que las autoridades deben comprometerse.

El problema principal es que no se logra percibir el encadenamiento de delitos que encierra la figura del “motochorro”. Tenencia de arma, robo motovehículo, adulteración de documento público, sin ingresar en el terreno de las infracciones viales. Los “motochorros” ponen en riesgo a víctimas directas de sus delitos y a ciudadanos pasivos por su temeraria conducción.

Nunca olvidar a Lele Gatti, Cristian Velázquez, Mateo Sánchez o Tomás Marcos, entre tantos otros que fueron asesinados por “motochorros”, más allá de la diferencia entre los distintos episodios.

El Proyecto CMB, basado en experiencias anteriores en otros países, utiliza el concepto de neutralización del anonimato. Obligar a los motociclistas que circulan en pareja a estar identificados. Debe existir una campaña en la que se informe a toda la ciudanía marplatense que las motos bitripuladas deben llevar al acompañante identificado con la patente de la moto. Ese detalle, que puede parecer insignificante, desalienta la bitripulación siempre y cuando haya un sistema de control que articule recursos municipales (Tránsito) y de fuerzas de seguridad: toda motocicleta que lleve a dos personas y no cumpla con ese requisito (naturalmente, si no llevan casco, si no llevan patente, si no tienen registro habilitante también) será plausible de ser secuestrada.

Muchas voces jactándose de tolerantes rechazan la idea del chaleco por “estigmatizar” y, en verdad, es todo lo contrario. La norma no se aplica sobre personas, sino sobre una modalidad objetiva de circulación asociada a una forma concreta de delito. Además, no hay imputación penal ni sospecha individual. Es una obligación administrativa, como el casco o el seguro. Y, por último, no es discriminatoria: discriminación es seleccionar por condición personal. Acá el criterio es técnico y universal.

Es cierto que el punto de partida es harto complejo porque se ha eliminado el control callejero. No existe ya más que en el recuerdo la figura del temible Zorro Gris, aquel inspector de tránsito con poder. Hoy, a contramano con la lógica, a más parque automotor, menos inspectores. Hay operativos vehiculares, pero ninguno con el ahínco suficiente para asumir el costo político de una medida necesaria y atacar el problema.

La policía local tiene una dependencia llamada GPM o Grupo de Prevención Motorizada. Son el cuerpo ideal para contrarrestar a los “motochorros” en una ciudad amigable para la huida en motocicleta. Pero resulta que es una unidad escasa, incluso hasta trascendió que compraron motos de una cilindrada por encima de los carnets habilitantes de la mayoría de sus miembros.

El Proyecto CMB no es algo novedoso, es similar a muchas ideas que se lanzaron en el último tiempo pero que ninguna encontró eco en quienes deciden. De hecho, la provincia de Buenos Aires tiene una ley nunca aplicada. La Ley 15.143 amplió el artículo 48 de la ley 13.927 que dice: “…conductor y acompañante también deberán utilizar un chaleco reflectante con la identificación del dominio tanto en el frente como en el dorso. La dimensión mínima de cada letra y número será de diez centímetros (10 cm) de alto, seis centímetros (6 cm) de ancho y el ancho interno de cada letra y número de uno coma cinco centímetros (1.5 cm). En caso que el conductor o acompañante vistan elemento alguno sobre el chaleco que impida parcial o totalmente su visibilidad, deberán contar con una (1) banda de material reflectante de cinco centímetros (5 cm) o dos (2) bandas de tres centímetros (3 cm)”.

Mar del Plata debe hacer algo a tiempo para revertir el resultado que, a la vista de todos, es ya desfavorable.

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