Policiales

Motochorros, robo de motos, un drama sociocultural cada vez más irreversible

La investigación del asalto a Johana Stanley permite distinguir la ruta que siguen las motos robadas por motochorros. La problemática de fondo y la falta de respuestas.

Por Fernando del Rio

El último informe del Cemaed, la herramienta de análisis del delito que tiene la Municipalidad de General Pueyrredon, es de septiembre pero bien vale como referencia. Allí se indicaba que el promedio de motocicletas robadas por día era de siete. Sí, siete motos por día eran sustraídas hasta septiembre y no hay elemento sobrevolando Mar del Plata que haga pensar que esa cifra pueda haber disminuido. Por el contrario, da la impresión de que cada vez son más.

El domingo pasado la joven Johana Stanley iba en busca de un pasajero mientras intentaba ganarse unos dineros en aplicaciones como DiDi o Uber. En el cruce de Galicia y Nápoles fue asaltada por motochorros y ella no quiso poner en riesgo su vida, pese a que su moto era nueva. Entregó su vehículo, pero igual le dispararon dos veces.

La criminalidad y violencia del robo de motocicletas en Mar del Plata están muy por encima de lo que sospechan las autoridades que deben encargarse de la situación.



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En este caso, la policía pudo avanzar con rapidez hacia un esclarecimiento parcial, con la recuperación de la moto de Stanley, la identificación de quién la compró, quién la vendió y, probablemente, quién participó del asalto. Lo que dejó la labor policial es la evidencia de lo profundo que es el problema.

El mismo domingo que asaltaron a Stanley, su motocicleta fue vendida a menos de la mitad de su valor. La Honda XR tiene un precio de 5.750.000 pesos y un tal A.P.A. (tiene 20 años y son sus iniciales) la compró en 2.500.000 pesos. Los motochorros existen porque existe un mercado, es una obviedad y un drama. Está claro que a una parte cada vez más grande de la sociedad marplatense no le importa en absoluto saber la procedencia de lo que compra, siempre que sea barato.

Es todo tan dolorosamente informal y precario que ni siquiera la tenía A.P.A. la moto de Stanley cuando la DDI la encontró en Batán. La manejaba un S.A.N. (de 19 años), quien fue sincero y dijo que se la habían prestado. Al tirar de ese cabo, la policía pudo llegar hasta P.F.A. (de 21 años), quien fue el que la había vendido. Al analizarse las cámaras de seguridad del día del asalto se vio manejar la moto de Stanley a un tal A.F.N. (de 23 años) y por eso fue detenido en las últimas horas.

Días atrás, un gran número de personas acompañó el cortejo fúnebre del menor Emir Otero (16), asesinado en el barrio Nuevo Golf, a bordo de decenas y decenas de motocicletas. Debido a que uno de los escenarios que encontraron los investigadores al analizar la muerte fue el de una banda que robaba motos, no sería extraño que ante un control vehicular, muchas quedaran secuestradas.

Eso es un terreno hipotético, claro está, no tanto porque hubiera motos con irregularidades como porque jamás se despliegan controles ante esas caravanas masivas de motos. Al contrario, se ha llegado a coordinar un operativo con recursos municipales y policiales para custodiarlas.

Que Johana Stanley hoy esté peleando por salir adelante de los disparos de los motochorros se debe a factores tan profundos que desesperanzan. Hay una masa crítica de jóvenes que buscan motos sin importarles su procedencia, un ancla sociocultural muy difícil de levantar, hay muchísimos que se dedican a robarlas, pero también hay una orfandad de liderazgo para preocuparse del problema.

 

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