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Deportes 10 de junio de 2026

Domingo Robles, no habrá otro igual

Su partida deja un vacío difícil de dimensionar. Referente indispensable del deporte marplatense, supo transformar a Peñarol desde el compromiso, la pasión y una forma única de construir vínculos.

Por Sebastián Arana

Qué sensación fea la de sentarse delante de una computadora para escribir de alguien querido que acaba de partir. Qué difícil es ser original para referirse a Domingo Robles, uno de los dirigentes deportivos más grandes que dio Mar del Plata. Y digo uno de los más grandes porque, por edad o por cercanía, no conocí a unos cuántos.

Hoy uno dice dirigente deportivo y, seguramente influenciado por los medios, piensa en Riquelme, en Di Carlo, en Milito, en Verón…Nombres que surgen espontáneamente, sin necesidad de demasiadas reflexiones. Hay que exprimir un poco más la cabeza si se baja al “pago chico”: hay un puñado, aquellos que presiden instituciones con deportes profesionales, que tienen cierta presencia mediática y cuyos nombres, de tanto en tanto, aparecen en algún artículo periodístico. El resto es tan conocido como cualquier vecino de la ciudad. O sea, muy poco.

En lugar del estrellato, el anonimato acompaña la labor del dirigente de club de sur a norte y de este a oeste del país. Pocos, por otro lado, se suman a trabajar a una institución deseosos de adquirir notoriedad. Sus motivos, más altruistas, son otros. Pasan por dar y no por recibir. Tal vez, en muchos casos, por devolver.

El propio Robles alguna vez definió el rol de los clubes con enorme precisión. “Yo les digo a los políticos que un club para una persona puede ser la tercera casa, después del colegio y de la de los viejos. Para muchos, la segunda. Y para otros fue, es y será la primera. En algún momento de la vida, Peñarol para mí lo fue”, afirmó.

Cuando Robles se arrimó a Peñarol “para dar una mano” a fines de un 2001 convulsionado para el club, la ciudad y el país, pensaba en devolver todo el afecto que había recibido dentro del club cuando era más joven. Optimista como era, probablemente imaginaba que su ayuda sería de utilidad. Pero ni por asomo imaginaba cuánto.

Se subió a una tabla a surfear un mar embravecido y no tenía mucha idea de en qué playa iba a terminar. La trayectoria arriba de esa tabla fue tan prodigiosa que, en un momento del viaje, ese club sumido en enormes problemas había ganado cuatro Ligas Nacionales y dos Ligas de las Américas, por citar sólo los logros más notables, y se había convertido en un lugar bastante mejor del que había encontrado.

Robles 3

Esa historia es ampliamente conocida. Hoy pienso en Domingo y me pregunto por qué fue capaz de vencer el anonimato que rodea habitualmente a los dirigentes deportivos y ganar una popularidad que excede largamente a la de sus pares marplatenses.

Como siempre, no existe una única respuesta, sino una convergencia de factores. Los que lo conocieron más a fondo pueden mencionar varios. A mí, automáticamente, hay dos que me parecen salientes. Durante buena parte de su gestión, supo rodearse de los mejores. En primer lugar, de los mejores colaboradores para poner al club de pie.

Y después quiso al mejor formador (Osvaldo Echevarria), luego al mejor entrenador de profesionales (Sergio Hernández) y, por último, a los mejores jugadores (Leo Gutiérrez y compañia). Cuando pudo cerrar el círculo virtuoso, su querido Peñarol se convirtió en una máquina de ganar y sobre él llovieron todos los elogios. Los merecía desde bastante antes de que llegaran los éxitos deportivos. Y todo le resultó más difícil cuando los mejores no estuvieron a su lado.

Más allá de esa virtud, Robles les sacó un “campo” a todos con la habilidad que tenía para tratar con la gente. Ese imán que atraía en todas las reuniones, la capacidad para generar simpatías y hasta complicidades.

Tuve la suerte de conocerlo antes de que llegara a ser dirigente de Peñarol. Coincidíamos en una mesa de café con unos cuantos “fanas” del básquet…. Me bautizó de movida: “El Reportero del Crimen”. Por una famosa serie televisiva que protagonizaba Angela Landsbury y que, en realidad, trataba de casos policiales. Así me llamó siempre hasta el último día que lo vi, hace un par de semanas, ya bastante desmejorado. Era el único que lo hacía, por otro lado. Y yo siempre le retrucaba: “¿Qué haces impostor?”.

libro

Amalgama perfecta de picardía y amor por su club, esa era la marca de Domingo. La habilidad para distender, para crear climas propicios y para generar adhesiones. Obvio, mientras lo frecuenté, jamás me acerqué a investigación policial alguna. En cambio, pude ser testigo de uno de los ciclos más hermosos vividos por el deporte marplatense.

Y tuve además el privilegio de tratar a un tipo “vivo, de buena madera y con mucha calle”, como él definía a su propio padre. Para este “Reportero del Crimen”, más allá de éxitos, títulos y notoriedades, eso fue lo mejor de todo.

Hasta siempre “Impostor”.



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