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Opinión 7 de noviembre de 2026

Nuevo escenario tras las elecciones en Brasil y en Estados Unidos

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Por Jorge Raventos

Las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre y las recientes elecciones presidenciales brasileñas han producido, en conjunto, una modificación significativa del escenario político sudamericano. Dos resultados que no pueden considerarse aisladamente: la derrota del Partido Republicano, que perdió simultáneamente el control de ambas cámaras del Congreso, y la reelección de Lula da Silva, que frustró las expectativas de Donald Trump y sus aliados regionales de incorporar a Brasil a una constelación de gobiernos políticamente afines a Washington.

El cambio afecta particularmente a la Argentina. Javier Milei había construido buena parte de su estrategia internacional sobre una relación personal privilegiada con Trump y sobre la expectativa de que el fortalecimiento de las derechas latinoamericanas permitiría organizar un nuevo bloque regional. Aunque la Casa Rosada intenta aparentar que no ha ocurrido nada excepcional, la derrota republicana y la continuidad del Partido de los Trabajadores en Brasil obligan a revisar esas perspectivas.

No está en discusión el predominio económico, financiero, tecnológico y militar de Estados Unidos. Lo que ha cambiado es la capacidad de su presidente para transformar sus decisiones personales en políticas duraderas, respaldadas por mayorías institucionales y sostenidas más allá de su mandato.

Trump conserva atribuciones presidenciales extraordinarias, especialmente en política exterior y defensa. Pero el Congreso recién tendrá control demócrata en enero del año próximo; a partir de allí dispondrá de instrumentos para investigar a la administración de Trump, bloquear nombramientos, condicionar presupuestos y limitar algunas de sus iniciativas. La posibilidad de un impeachment, aunque difícilmente concluya en una destitución, incorpora otro factor de incertidumbre.

La magnitud de la derrota también modifica las relaciones internas del Partido Republicano. La lealtad a Trump, que hasta ahora parecía garantizar el futuro electoral de sus dirigentes, ha dejado de asegurar victorias. El vicepresidente JD Vance ya exteriorizó diferencias con la conducción presidencial, particularmente respecto de la guerra con Irán, cuyo costo político contribuyó en alto grado al resultado electoral.

No significa que el trumpismo esté terminado. Significa que ha comenzado una disputa por su continuidad y su eventual sucesión. Trump no puede aspirar constitucionalmente a un tercer mandato y, desde ahora, sus interlocutores deberán considerar no solamente lo que pueda hacer hasta enero de 2029, sino también lo que ocurrirá después.

Los límites de una estrategia

La prioridad que Trump asignó al hemisferio occidental en su estrategia de seguridad no desaparecerá como consecuencia de una derrota electoral. El interés estadounidense por contener la expansión de China, asegurar suministros estratégicos y preservar su influencia económica responde a objetivos que exceden a una administración.

Pero los instrumentos para alcanzarlos pueden cambiar. La recuperación del Congreso por los demócratas obliga a Trump a negociar condiciones que hasta ahora podía imponer con mayor libertad. También abre posibilidades para los gobiernos latinoamericanos que procuran mantener relaciones constructivas con Washington sin subordinarse políticamente a la Casa Blanca.

Brasil y México, por su dimensión económica, territorial y diplomática, cuentan con recursos propios para sostener posiciones diferenciadas. Ambos necesitan relacionarse con Estados Unidos, pero ninguno está obligado a identificar sus intereses nacionales con la suerte electoral de Trump.

El caso brasileño es particularmente significativo. La victoria de Lula sobre Flávio Bolsonaro interrumpió la expansión de lo que algunos sectores conservadores habían imaginado como una nueva ola de gobiernos de derecha en América del Sur. Trump había celebrado anticipadamente la posibilidad de contar con un Brasil conducido por Bolsonaro. El desenlace electoral lo obliga, en cambio, a entenderse con Lula.

La recuperación de casi siete millones de votos entre la primera vuelta y la elección decisiva permitió al presidente brasileño revertir las expectativas de sus adversarios. Trump reconoció finalmente la legitimidad de ese triunfo y Lula dejó trascender su intención de invitarlo a la ceremonia de asunción de su nuevo mandato, el primer día de 2028.

Ambos actuaron con pragmatismo. Lula comprende bien que Brasil necesita una relación funcional con Washington, cualquiera sea su gobierno. Trump, por su parte, debe aceptar que el principal país sudamericano continuará conducido por un dirigente que no comparte sus orientaciones políticas y que dispone ahora de una legitimidad electoral renovada.

La Argentina y la apuesta por Bolsonaro

El resultado brasileño representa una dificultad adicional para Milei. El presidente argentino había apostado abiertamente por una victoria de Flávio Bolsonaro, que habría permitido establecer una alianza ideológica entre los dos principales países del Mercosur y fortalecer la posición regional de Trump.

La derrota de Bolsonaro frustró esa posibilidad. Además, el episodio de su salida de Brasil, facilitada desde Puerto Iguazú mediante una operación en la que intervino el gobierno argentino, agregó un factor de tensión con las instituciones brasileñas.

Más allá de las responsabilidades legales correspondientes a las autoridades migratorias de Brasil, la participación argentina constituyó una señal inequívoca de solidaridad política y personal con el candidato derrotado. Esa decisión puede tener costos diplomáticos, aunque tampoco cabe descartar que las autoridades brasileñas hayan preferido evitar una confrontación mayor alrededor del destino de Bolsonaro. A enemigo que huye, puente de plata.

En cualquier caso, la Argentina deberá continuar conviviendo con un Brasil gobernado por Lula. La geografía, la integración productiva, el comercio bilateral y el Mercosur establecen vínculos que ninguna diferencia ideológica puede eliminar.

Una política exterior eficaz debe partir de esa realidad. La afinidad con determinados dirigentes extranjeros puede facilitar acuerdos circunstanciales, pero no reemplaza la necesidad de construir relaciones estables con los Estados.

Del respaldo excepcional a la incertidumbre

El alineamiento con Trump le reportó a Milei beneficios concretos. El respaldo político y financiero que la administración estadounidense, particularmente a través del secretario del Tesoro Scott Bessent, brindó a la Argentina durante la crisis de 2025 contribuyó decisivamente a sostener la estabilidad económica y a fortalecer la posición del gobierno libertario.

Sería equivocado desconocer la importancia de aquella intervención. Pero también sería imprudente suponer que una operación semejante puede repetirse indefinidamente.

La ayuda excepcional de Washington respondió a una combinación de afinidad política, interés estratégico y capacidad de decisión presidencial. El nuevo equilibrio institucional estadounidense dificulta reproducir esas condiciones.

Trump se juega el control del Congreso y su poder en los últimos años en la Casa Blanca

Un Congreso controlado por los demócratas puede exigir mayores explicaciones sobre los compromisos financieros asumidos con gobiernos extranjeros, examinar sus fundamentos y cuestionar decisiones que considere orientadas por preferencias personales antes que por intereses nacionales estadounidenses.

Esto no implica que toda cooperación financiera con la Argentina vaya a interrumpirse. Significa que las posibilidades de obtener apoyos extraordinarios dependerán cada vez más de su justificación institucional, económica y estratégica.

Para Milei, cuya política económica – receción “técnica”, riesgo país apuntando al 1000 por ciento- continúa necesitando confianza externa, inversiones y acceso al financiamiento, la diferencia es sustancial. La proximidad con Trump ha sido un activo político, pero ahora queda claro que se trata de un activo expuesto a la evolución del poder de quien lo proporciona.

Una oportunidad para ampliar relaciones

El nuevo escenario internacional puede ofrecer a la Argentina oportunidades, siempre que adapte sus estrategias a las nuevas circunstancias..

La competencia entre Estados Unidos y China continuará siendo uno de los principales factores de organización del sistema mundial. Las negociaciones entre Trump y Xi Jinping muestran que esa competencia no excluye acuerdos comerciales, tecnológicos y financieros.

La Argentina mantiene vínculos económicos importantes con China, particularmente en materia de comercio, inversiones e infraestructura. La relación estratégica con Washington no exige necesariamente reducir esos vínculos a una alternativa excluyente.

El problema no es la orientación occidental del gobierno argentino ni su voluntad de establecer una asociación privilegiada con Estados Unidos. Aparece cuando esa orientación se confunde con una identificación incondicional con una administración y con una corriente política particular.

Los Estados permanecen; sus gobiernos cambian. Una relación internacional sólida debe estar preparada para sobrevivir a esas modificaciones.

Los últimos dos años de Trump

La derrota electoral no convierte a Trump en un presidente impotente. Por el contrario, podría estimularlo a buscar resultados internacionales que compensen sus dificultades domésticas y definan su legado.

La experiencia de Richard Nixon durante la crisis de Watergate ofrece un antecedente interesante. Mientras su autoridad política interna se deterioraba, la diplomacia estadounidense mantuvo una actividad extraordinaria. La política exterior continuaba siendo un terreno donde la presidencia conservaba amplias facultades de iniciativa.

Trump podría, por ejemplo, intentar una salida negociada para la guerra de Ucrania, eventualmente mediante un entendimiento más amplio con Vladimir Putin sobre la seguridad europea. Un camino que el establishment de la Unión Europea censuraría, pero que puede encontrar base en los amplios sectores del viejo continente que discuten a la elite de Bruselas y a muchos grandes gobiernos europeos. Claro que la nueva mayoría legislativa estadounidense puede sostener compromisos con Ucrania que Trump preferiría reducir

La guerra con Irán ha contribuido al desgaste republicano y cualquier nueva escalada en ese conflicto podría agravar las divisiones dentro del propio gobierno, donde un sector del gabinete presiona por forzaar a la República Islámica a aceptar condiciones a través de “ataques devastadores”

La elección ha generado una combinación singular: un presidente con menor autoridad política interna, pero todavía dotado de una enorme capacidad de acción internacional. Sus aliados deberán considerar simultáneamente su debilitamiento y la posibilidad de decisiones audaces destinadas a recuperar protagonismo.

Para la Argentina, esto aconseja prudencia. Una relación personal estrecha con Trump puede seguir facilitando iniciativas, pero también comprometer al país con decisiones de elevado costo internacional que no necesariamente responden a sus intereses permanentes.

Una nueva etapa

La simultaneidad de los resultados estadounidenses y brasileños obliga al gobierno argentino a revisar algunas de sus expectativas originales.

Trump continuará en la Casa Blanca durante dos años, pero con una autoridad política disminuida. Lula iniciará un nuevo mandato fortalecido por su victoria electoral. China mantendrá su influencia económica regional y Europa buscará preservar sus márgenes de autonomía.

En ese contexto, la Argentina necesita fortalecer su capacidad de interlocución con actores diversos. Esto incluye al Congreso estadounidense, a los sectores políticos que aspiran a suceder a Trump, al gobierno brasileño y a los demás socios regionales.

La cuestión de fondo es distinguir entre una alianza estratégica con Estados Unidos y una alianza personal con Donald Trump. La primera puede constituir una orientación duradera de la política exterior argentina. La segunda depende de circunstancias electorales que el país no controla.

La derrota republicana no clausura las posibilidades internacionales de la Argentina, pero modifica las condiciones en las que deberá desenvolverse. El desafío consiste en conservar los beneficios de la asociación estadounidense, recomponer una relación pragmática con Brasil y ampliar los márgenes de negociación con el resto del mundo.

La política exterior argentina entra así en una etapa que exigirá menos identificación ideológica y mayor flexibilidad diplomática. Se trata de considerar las prioridades estratégicas en circunstancias en que el poder mundial está cambiando. Una política eficaz debe adaptarse a esos cambios sin perder autonomía.

León XIV en Argentina

Entretanto, León XIV ha llegado a nuestro país. Se trata del segundo pontífice americano de la Historia –un significativo viraje de la Iglesia que se inició con la asunción de Bergoglio-, La esperada visita papal que Francisco no alcanzó a concretar la vuelve realidad su sucesor, estadounidense de nacimiento y peruano por adopción. En una época de fuerte escepticismo sobre la política y los políticos, la Santa Sede hizo saber al mundo que Prevost ejerció su derecho a votar como ciudadano de Estados Unidos. Es el primer Papa que vota en una elección nacional.

Las multitudes que se movilizarán para saludarlo y escuchar su palabra en la Argentina no participarán, al hacerlo, de actos políticos, pero sin duda el mensaje espiritual del Pontífice tendrá para la mayoría corolarios políticos, especialmente en meses en los que se debate qué viene después de este período comandado por Javier Milei. Si se admite que los resultados electorales de Brasil y de Estados Unidos ejercen influencia sobre la situación argentina, sería necio no entender que la visita del Papa dejará una extensa estela de consecuencias. Pronto estarán a la vista las primeras.