Números que advierten sobre el desgaste del gobierno, la ligazón entre Cabo Verde y Mar del Plata y el Mundial como show
Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.
Las encuestas suelen ser una fotografía. Pero hay momentos en que varias fotos seguidas terminan mostrando una película. Y la última medición nacional de Management & Fit, realizada entre el 12 y el 26 de junio sobre 2.600 casos en todo el país, parece pertenecer a esa categoría. No hay un derrumbe del Gobierno de Javier Milei, pero sí aparecen señales de desgaste que empiezan a repetirse en prácticamente todos los indicadores. La economía dejó de ser el único parámetro con el que los argentinos juzgan a la administración libertaria. Ahora se suma otro ingrediente que históricamente resultó letal para cualquier oficialismo: la corrupción. El dato más contundente del estudio es que la aprobación de la gestión cayó al 37,3%, mientras que la desaprobación trepó al 58,2%, el registro más alto desde que Milei llegó a la Casa Rosada. La diferencia entre ambos indicadores supera los veinte puntos y confirma una tendencia descendente que ya se venía insinuando en los últimos meses. Lo llamativo es que la caída no encuentra todavía un correlato automático en la construcción de una alternativa política. La oposición sigue sin capitalizar plenamente el desgaste oficialista. Sin embargo, el humor social comienza a modificar su eje.

Durante buena parte del primer año y medio de gobierno, la inflación fue el gran ordenador de la opinión pública. Mientras los precios mostraban una desaceleración, muchos ciudadanos estaban dispuestos a tolerar el ajuste, la caída del consumo y la pérdida del poder adquisitivo con la expectativa de un futuro mejor. Esa lógica empieza a mostrar fisuras. La inflación continúa siendo el principal problema del país, con el 22,4 % de las respuestas, pero por segundo mes consecutivo pierde peso. En cambio, la corrupción escala hasta el 20,6 % y se ubica prácticamente a la par. Es, probablemente, el dato político más relevante del informe. No se trata solamente de una preocupación abstracta. El 71,2 % sostiene que los últimos hechos vinculados con denuncias de corrupción afectan su confianza en el Gobierno. Es un porcentaje demasiado elevado para ser ignorado y representa una advertencia para una administración que construyó buena parte de su legitimidad sobre la promesa de terminar con “la casta”.

El desgaste también aparece cuando se consulta sobre el futuro electoral. Apenas el 41,4 % votaría por alguna forma de continuidad del actual gobierno, incluso contemplando cambios en algunas políticas. En cambio, el 55,4 % se inclina por un cambio completo de rumbo y de equipo de gestión. La paradoja es interesante. Aunque aumenta el deseo de cambio respecto del presente, dos de cada tres argentinos afirman que volverían a votar igual que en las elecciones de 2023. Es decir, muchos siguen creyendo que aquella decisión fue correcta, aunque no necesariamente estén conformes con el presente. Es una diferencia sutil, pero políticamente enorme. La encuesta también confirma que la sociedad continúa transitando una situación económica extremadamente delicada. Más del 72 % de las preocupaciones personales están vinculadas directamente con cuestiones económicas. Llegar a fin de mes sigue encabezando el ranking de angustias cotidianas.

El 52,1 % reconoce que los ingresos familiares no alcanzan para cubrir las necesidades sin dificultades, mientras que el 84,1 % admite haber modificado sus hábitos de consumo durante el último año. La postergación de compras, la reducción del consumo de alimentos, la suspensión de salidas y el recorte de gastos en salud o educación siguen formando parte de la vida cotidiana de millones de argentinos. Más preocupante aún resulta que casi uno de cada cuatro encuestados asegura que ya no puede sostener su situación económica actual. Ese porcentaje continúa creciendo lentamente y refleja que la paciencia social no es infinita. Otro dato que merece atención aparece puertas adentro del propio oficialismo. Casi el 74 % considera que las disputas internas afectan la capacidad de gobernar. Además, la relación entre los hermanos Milei y Patricia Bullrich es percibida mayoritariamente como un factor de conflicto más que de fortaleza para la gestión.

Incluso el Mundial aparece como variable de análisis. Aunque la mayoría cree que el desempeño de la Selección no modificará el apoyo al Gobierno, más de un tercio considera que una buena actuación deportiva puede influir sobre el ánimo social. No es un porcentaje menor para un país donde la política y el fútbol suelen cruzarse con frecuencia. La apertura bonaerense tampoco trae buenas noticias para la Casa Rosada. En la provincia de Buenos Aires, la aprobación de Milei cae hasta el 35,9 %, mientras Axel Kicillof mejora dos puntos y alcanza el 39,7 %. No significa un cambio de liderazgo político, pero sí muestra que el gobernador logra estabilizar su imagen mientras el Presidente continúa perdiendo respaldo en el principal distrito electoral del país. La encuesta deja, finalmente, una conclusión que excede los porcentajes. Durante muchos meses, el Gobierno logró sostener un crédito político basado en la expectativa. La sociedad aceptó costos muy elevados, porque creyó que el esfuerzo conduciría a una mejora futura.

Ese crédito empieza a agotarse. La expectativa positiva sigue existiendo, pero pierde intensidad. La paciencia disminuye. La economía continúa siendo el principal problema, aunque ya no alcanza para explicar todo. La corrupción reaparece en el centro de la agenda pública, el desgaste del poder comienza a hacerse visible y el oficialismo enfrenta, quizás por primera vez desde su llegada al Gobierno, el desafío de administrar no sólo la crisis económica sino también el deterioro de la confianza. La política argentina ha demostrado muchas veces que los gobiernos no empiezan a complicarse cuando la economía deja de mejorar, sino cuando la sociedad deja de creer. Y esa parece ser, precisamente, la advertencia que empieza a surgir de esta encuesta.

El Mundial, Coelho de Meyrelles y el hilo invisible que une a Cabo Verde con Mar del Plata. Hay historias que no desaparecen. Quedan ahí, esperando una señal, una noticia, una casualidad que las vuelva a poner en escena. Y a veces esa señal llega desde el lugar más inesperado: una cancha de fútbol. El viernes, cuando Argentina enfrente a Cabo Verde por el Mundial, millones de personas estarán pendientes de un partido. Se hablará de goles, de tácticas, de jugadores y de resultados. Pero detrás de esos noventa minutos hay otra historia, más silenciosa y mucho más antigua. Una historia, como lo reflejó en varias oportunidades LA CAPITAL, une un pequeño archipiélago africano con la ciudad que nació mirando hacia el Atlántico. Ese hilo invisible tiene nombre y apellido: José Coelho de Meyrelles. Mucho antes de que Mar del Plata fuera la capital turística del país, mucho antes de los grandes hoteles, de los balnearios, de las temporadas de verano y de la postal que todos conocemos, hubo un portugués llegado desde Cabo Verde que dejó una marca en estas tierras. Coelho de Meyrelles fue uno de esos personajes del siglo XIX que parecen imposibles de resumir en una sola vida. Comerciante, empresario, hombre de mar y de negocios, llegó a esta zona cuando todavía era un territorio en transformación. Compró campos, impulsó actividades productivas y construyó uno de los primeros capítulos de la historia moderna de Mar del Plata. El saladero que instaló en estas costas fue una pieza clave de aquel primer desarrollo.

Antes de que aparecieran los turistas, ya había trabajo, producción, barcos y una relación con el mundo que llegaba por el océano. Porque el Atlántico, que muchas veces miramos solamente como paisaje, fue durante siglos una ruta de historias.Y Cabo Verde aparece justamente ahí: como un punto lejano que, sin embargo, está mucho más cerca de lo que parece. Haciéndose eco de distintos artículos publicados por LA CAPITAL rescatando esos hilos que explican quiénes somos, Clarín tomó esa historia y la llevó a una audiencia nacional. El Mundial hizo lo suyo. Puso los reflectores sobre Cabo Verde y permitió que una vieja historia volviera a caminar. Es una de esas paradojas que tiene el fútbol: un partido entre selecciones puede abrir una puerta hacia la identidad de una ciudad. Porque Mar del Plata no nació de la nada. No empezó con los hoteles de lujo ni con las postales de la Rambla. Antes estuvo el puerto, estuvieron los inmigrantes, estuvieron los aventureros, estuvieron quienes vinieron desde otros rincones del planeta buscando una oportunidad. Y entre ellos estaba un hombre nacido en Cabo Verde que, sin saberlo, dejó un puente tendido hacia el futuro. El viernes, Argentina jugará contra Cabo Verde. Pero también se enfrentarán, simbólicamente, dos orillas del Atlántico que hace más de un siglo ya estaban conectadas. Tal vez esa sea la mejor jugada del Mundial: recordar que detrás de cada bandera hay una historia. Y que, a veces, una pelota que rueda en una cancha termina revelando un capítulo perdido de una ciudad entera. Mar del Plata también juega.

El Mundial que Estados Unidos convirtió en show… Hay una hipótesis interesante circulando esta semana entre los que analizan el negocio del deporte y vale la pena compartirla. La plantea Mauricio Cabrera en su newsletter The Muffin: Estados Unidos, sin tener casi nada para aportarle al fútbol en materia estrictamente deportiva, vuelve a demostrar que es el país que mejor sabe convertir cualquier evento en espectáculo total. No es la primera vez. Cabrera recuerda que ya pasó en el 94: ahí se afianzó eso de poner los apellidos en las camisetas, se profundizó el modelo de hospitality para clientes prémium, se pasó de dos a tres puntos por victoria, los árbitros dejaron el negro riguroso por colores y Nike le empezó a discutir a Adidas el trono de la estética futbolera. Estados Unidos, aún sin ganar nada en la cancha, terminó modificando cómo se juega y cómo se vende el fútbol a nivel global.

Treinta y dos años después, dice Cabrera, la historia se repite, pero a otra escala. Ya no alcanza con las pausas de hidratación que le metieron cuatro cuartos a un partido pensado en dos tiempos. Lo que está pasando ahora es más de fondo: una fusión total entre Hollywood y el fútbol. Mientras Adidas elige a Timothée Chalamet para su spot mundialista y Nike apuesta por Kim Kardashian y Travis Scott, del otro lado el cruce también funciona al revés: Marvel metió a Messi en una producción con Spider-Man, con Tom Holland hablando español y el propio Messi viajando en telarañas junto al superhéroe. El fútbol ya no solo presta su cancha a las marcas: ahora es material de guion. Y hay otro dato que marca el cambio de época: por primera vez, una Copa del Mundo empieza a mirar sus propias tribunas con la misma lógica con que la NBA filma la primera fila courtside. La cámara ya no busca solo el gol. Busca a la celebridad que está viendo el gol.

La lectura de Cabrera es incómoda pero difícil de discutir: el legado estadounidense para este Mundial no es futbolístico, es narrativo. El fútbol, dice, “se hizo soccer”, pero el soccer también se hizo un poco más fútbol. Y en el medio queda una discusión de fondo para nosotros, que venimos de una cultura futbolera bien distinta: qué se gana y qué se pierde cuando el deporte más popular del planeta empieza a organizarse alrededor del espectáculo y no de lo que pasa adentro de la cancha. Como cierra Cabrera en su newsletter, sin haber ganado nunca nada relevante en el campo de juego, Estados Unidos se convirtió, aun así, en un actor central de cómo se va a consumir el fútbol de acá en adelante.
Lo más visto hoy
- 1Justicia Penal para Marruecos « Diario La Capital de Mar del Plata
- 2Detienen a polémico empresario tras seis allanamientos en Mar del Plata « Diario La Capital de Mar del Plata
- 3Comenzó a regir la nueva concesión de la Ruta 226 « Diario La Capital de Mar del Plata
- 4El plan de reciclaje que convirtió a la teoría en una práctica cotidiana « Diario La Capital de Mar del Plata
- 5Sigue la helada: cómo estará el clima este miércoles en Mar del Plata « Diario La Capital de Mar del Plata
