Policiales

Otra derrota anunciada ante los “motochorros”

La muerte de Eduardo Bibbó, el comerciante que fue baleado delante de su familia, fue resultado del accionar de “motochorros”. ¿Seguirán los dirigentes locales sin advertir la profundidad de esta problemática? ¿Se podrán recanalizar esfuerzos y buscar una política criminal más proactiva?

Por Fernando del Rio

La fría y urgente crónica policial, ajena a cualquier mirada pretenciosamente analítica, dirá que a Eduardo Bibbó (68) lo mataron durante un asalto. Que un proyectil le impactó en una pierna y que por los antojos de un recorrido errático ese mismo plomo le causó lesiones mortales. Que a su nuera otra bala le fracturó el brazo con el que intentó cubrirse la cabeza, sacrificio que no fue suficiente ya que también terminó con el rostro y un ojo lastimados.

Dirá además que a los dos delincuentes, encapuchados y envalentonados por ese anonimato, poco les importó actuar delante de dos menores de edad. Que huyeron a la salida y que se subieron a una motocicleta para escapar asistidos por la destreza del cómplice que los esperaba al mando. Que la Justicia investigará y que la policía intentará aportar pruebas. En el párrafo final se adelantará que continuarán las tareas para dar con los tres autores y que Bibbó es el asesinado número 15 de este año en el partido de General Pueyrredon.

Pero debajo de la historia narrada en la crónica hay una trama, una red de causalidades que, de tan evidente, se ha convertido en una burla, en una mueca obscena de impunidad. Y la reiteración de una conducta sin que se la reprima termina por resignar a las víctimas y naturalizar a los victimarios.

El crimen de Bibbó, como lo fue el año último el de Christian Velázquez o el de Mateo Sánchez o el de Lele Gatti, o el de Tomás Marcos, es el resultado del accionar de “motochorros”, una palabra que ya debería revisarse porque el “chorros” parece quedarse corto.

La Municipalidad de General Pueyrredon, en lo que le compete y dentro de sus limitaciones, sigue sin asumir la dimensión del problema de la jurisdicción y orienta valiosos recursos a buscar efectos antes que soluciones. Mientras se ufana de grandes operativos de secuestros de motocicletas, los “motochorros” se sienten a salvo por la falta de un programa de control específico.

A Bibbó lo mató algo más que la problemática de “motochorros”. Es tan obvio que no necesita explicitarse. Lo mató la acumulación de años de romantización de la delincuencia que hicieron algunos gobernantes, las políticas de la “vista gorda”, y todo aquello que contribuyó para que a un sector de la sociedad no le preocupe salir a asaltar, robarse una moto, comprar una moto robada, tener armas, y disparar contra un hombre y una mujer delante de dos niños.

El control del espacio público no es solo pasarle el trapo a los “trapitos” o dejar sin calle a la gente en situación de calle. Tal vez es hora de empezar a direccionar mejor el rigor. Se viene anunciando hace años que el delito perpetrado desde una motocicleta aumentó de manera alarmante. Hay momentos que son puntos de quiebre, momentos bisagra, puntos de inflexión, bifurcaciones desde lo de siempre hacia algo distinto. En los que hay que cruzar el Rubicón porque ya no hacen falta más pruebas para aceptar lo evidente.

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