Arte y Espectáculos

Patricia Palmer: “El arte tiene que ser provocador, no aleccionador, que la gente piense lo que quiera”

Su infancia en Mendoza, las enseñanzas de su padre Reclus, un anarquista de origen catalán, la búsqueda de sentido a las dudas existenciales y su actividad como dramaturga: una charla a fondo con Patricia Palmer, una de las protagonistas del verano en Mar del Plata.

 

Los fines de semana se calza el personaje de la cuidadora domiciliaria de la señora Radojka en Buenos Aires y los lunes y martes lo hace en Mar del Plata, en el escenario del Teatro Provincial. Una misma obra, dos plazas y dos elencos: es que Patricia Palmer actúa junto a Cecilia Dopazo en Buenos Aires y con Victoria Carreras en esta ciudad.

Es un doble desafío para esta actriz que se define como “súper adaptable” a las circunstancias de trabajo y que en 2022 se reencuentra con las temporadas de verano marplatenses, tras largos años de ausencia.

 

Una escena de la obra, junto a VictoriaCarreras.

“Más que del desempleo, de lo que habla la obra es de la exclusión”, aclaró en una entrevista con LA CAPITAL. La trama de la pieza enfrenta a dos mujeres que orillan los 50 años, ambas cuidadoras y ambas a punto de perder sus trabajos, en un sistema laboral que tiende a excluir a las mujeres adultas.

La comedia que tiene dirección de Diego Rinaldi es la oportunidad para ver a Palmer en un rol que le calza como anillo al dedo: los dilemas feministas encuentran en ella profundidad, reflexión y empatía desde que era muy pequeña. “Vengo de una familia con fuertes raíces anarquistas catalanas”, contó la actriz, docente de teatro, psicóloga y también dramaturga.

 


“Para mí fue una liberación Buenos Aires. Me había separado y estar separada en Mendoza era sinónimo de ser la última atorranta”


 

“Tuve la fortuna de tener un padre filósofo, que era doctor en economía y que se autodefinía como feminista, era defensor de la igualdad de los derechos de la mujer y del hombre, no soportaba que una mujer ganara menos que un varón o que una mujer tuviera hijos si no quería tenerlos. En esa época eran ideas impensadas, pero él venía de una familia europea”, rememoró. Se llamaba Reclus, en honor a Eliseo Reclus, uno de los fundadores de la corriente anarquista en el mundo.

En su Mendoza natal, los ensayos de esta familia tan particular que hablaba “de todo” en la sobremesa “traían problemas”, siguió. “Vivía como en una burbuja metida en un lugar muy conservador. Tuve mis dificultades, pero elegiría mil veces vivir otra vez en esa familia”, aclaró la intérprete, quien recibió de su padre un legado que la vincula a la naturaleza y la espiritualidad que de ella se desprende.

“No tengo una creencia desesperanzada o escéptica o ateísta, sino más bien agnóstica y con mucha creencia y fe en la naturaleza. Inicié mi camino espiritual de muy joven, a los veinte años ya estaba siempre colgada de las cosas más cerebrales, el control mental, la disciplinas que estaban de moda en esa época. Una te va llevando a la otra en esa necesidad de búsqueda interior, para llenar respuestas que no están, para llenar el agujero existencial en el que sabés que nacés y la única certeza que tenés es que vas a morir. Esa tremenda angustia la tenés que llenar con algún sentido”, dijo.

 


“Pasé un tiempo de muchísima introspección, más de lo que habitualmente me gana. Y lo agradezco: yo me divierto mucho conmigo, me entretengo”


 

Para ella, ese sentido vino por “el lado del arte” y de un manojo de disciplinas en las que curioseó. “Disciplina que había me metía, control mental, meditación, cienciología, de cada lugar algo siempre sacás. Hubo épocas en las que me acercaba más a un maestro que a otro y después vas haciendo tu propio camino, pero siempre en pos de la búsqueda de un sentido”.

-Una formación feminista de tan chica te ahorró lecturas y te dio apertura mental, seguramente.

-Sí, me dio una apertura y una libertad también. Todo se dialogaba y se podía hablar de todo. Y esto pasaba hace cincuenta años atrás, se hablaba de sexo, de todo, en un contexto social en el que eso no pasaba, pero también se sufría porque de pronto venía una compañera del colegio y no entendía nada. Pero para mi fue una fortuna y es una fortuna decir que yo tuve una infancia y una adolescencia feliz en mi casa. No tuve distanciamiento generacional con mis padres.

-Qué distancia debés haber sentido al llegar a Buenos Aires, para trabajar en un medio como el de la actuación, tan machista. ¿Sentiste ese contraste?

-Mendoza es más machista que Buenos Aires, es una sociedad muy muy conservadora, como lo es el interior en general. Es una sociedad patriarcal, por más que está evolucionando como en todas partes. Por lo tanto cuando vine a Capital me pareció todo lo contrario: uno podía ir por la calle vestida como quisiera, cuando en Mendoza era un hacer en base al “qué dirán”. Para mi fue una liberación Buenos Aires. Además, yo me había separado y estar separada en Mendoza era sinónimo de ser la última atorranta. Por eso fue una liberación tan grande venir a Buenos Aires.

-¿Cómo evaluás los cambios que se viven en el presente en relación a la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres?

-Hay una deconstrucción bastante interesante, está bueno ser testigo de este momento. Esa deconstrucción la encuentro en ambos, en mujeres y varones, y en ambos también encuentro la resistencia. Pertenezco a colectivas, como la de autoras, y siempre se está luchando por la igualdad de derechos. Soy muy racional, muy cerebral, lo que no puedo ver no lo puedo ver. Sí veo un cambio muy interesante, que hoy dos varones puedan ir de la mano, o darse un beso o dos mujeres y que se pueda percibir a alguien como se percibe a sí misma. A mi me parece maravilloso lo que está sucediendo, ahora si va a existir de verdad la igualdad total de derechos, la verdad no lo sé.

-¿Cuánto de vos misma, de tu espiritualidad y de los temas que te interesan volcás en el rol de dramaturga?

-Uno siempre se escribe a sí misma, no hay otra cosa de lo que uno hable o de lo que uno conozca que no sea uno mismo, aunque se ponga excusas de formas o de relatos que disfracen esto de hablar siempre de uno, por tanto cuando hice la carrera de dramaturgia y la de guion, tomé técnicas, tomé herramientas pero siempre terminás hablando de lo mismo. A mi me sale escribir con humor y siempre estoy escribiendo sobre la búsqueda de sentido, pero sin bajada de líneas, ni en la dramaturgia ni en los guiones, no me gustan los mensajes. El arte tiene que ser provocador pero no aleccionador, que la gente piense lo que quiera que para eso es libre, es libre por lo menos de pensar, porque tampoco es que somos tan libres al momento de pensar, tenemos un marco referencial que te lleva el pensamiento a donde quiere, pero ponele que creamos que somos libres, no me gusta el mensaje, la moraleja, pero sí me gusta provocar, incluso con cosas en las que estoy en desacuerdo. Me gusta poner esas cosas en algún personaje y que las defienda a muerte, quizá como una forma de desafiarme a mí misma, para ver si yo puedo tolerar eso, porque uno escribe sobre uno mismo y nada más.

-¿Qué reflexión te deja esta pandemia de Covid?

-Mensaje ninguno, creo que la pandemia es una guerra con otro disfraz y nosotros estamos ahí, en el medio, como en todas las guerras. Es el mundo que vivimos y no conozco otro mundo. Creo que la vida tiene zonas muy oscuras y muy miserables pero aún así uno quiere vivir, o sea que la pucha debe ser fuertísima la parte luminosa. En lo personal pasé un tiempo de muchísima introspección, más de lo que habitualmente me gana que ya es un montón. Y lo agradezco de alguna forma, porque yo me divierto mucho conmigo, me entretengo. Escribí, pinté, me reencontré con la pintura que me gusta mucho y hace mucho que no lo hacía. Pinté bastante, escribí, forme parte de colectivas que me han llenado de comprensión y de paciencia. Hubo mucho de cosa muy buena en este tiempo, a pesar de lo primero que te dije, que no cambia.

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