Perpetua: la entrevista prohibida a un asesino
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Por FdR
¿Quién es esa persona que está enfrente? ¿Es el cruel asesino o una representación de él? ¿Acaso no es quien está pagando con el encierro haber sido alguna vez un asesino? ¿En el mínimo instante de la entrevista no es sino alguien –mendaz o sincero, vaya uno a adivinar- contando la experiencia de saberse con una pena perpetua? Las preguntas que buscan derribar el obstáculo ético pueden encadenarse en espiral hasta el hartazgo de la respuesta reiterada y vacua. Pero, después de todo, los perdones son un artificio reservado para otro artificio, los dioses, y qué más saludable que dejar en sus manos las condenas eternas.
“No hay perdón de Dios” suelen decir los creyentes o los amantes de las frases trilladas cuando el dolor infligido por un humano a través de un mal extremo es insondable. Porque nunca hay reparación. Ni la pena perpetua de los hombres, ni la promesa de un Infierno dantesco del espíritu. Nada repara. El asesino es incapaz de devolver vidas; mucho menos lo es su condena. Ni siquiera arregla las cosas (a modo de consuelo) el intento de atribuirle –si la Justicia pena al verdugo- un incomprobable descanso en paz al asesinado, que más bien es un alivio para los que quedaron vivos. Entonces, ¿algo sirve ante un crimen atroz? No. Ni siquiera el silencio.
Hay en Batán tres hombres que cometieron los peores crímenes y que no tienen ni acciones ni palabras para intentar explicaciones. Alguien que mató a dos hijos, alguien que mató por encargo y alguien que mató traicionando la confianza. Fueron asesinos, hoy son presos por asesinato. Se podría decir que siempre serán asesinos, lo cual será una sentencia en sí misma. En tanto así sea, en tanto nada de lo presente pueda cambiar lo pasado, sucederá lo que anota José P. Feinmann en el caso de Karla Tucker: siempre se la recordará como la “asesina del pico” pese a que el acto del que surgió el apelativo fue un instante único, fugaz e ¿irrepetible? de una vida que en prisión se convirtió en virtuosa.
Hay en Batán tres hombres que asesinaron y que lo admiten. Y que quieren dar testimonio de su condición de condenados para siempre. ¿Tienen derecho a hablar? ¿Y a ser oídos? Sí. ¿También a ser despreciados? Todo vale.
Porque para la conciencia de un asesino no hay salidas transitorias ni libertad anticipada. La conciencia es perpetua.
– Un chino sin identidad perdido en los pabellones de la Unidad 15
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