Pragmatismo, principios y maquinaciones electorales
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Por Jorge Raventos
Mientras se dispone, con recelo, a absorber en noviembre la trascendente visita del Papa León XIV y su mulltitudinario acompañamiento en una Argentina atravesada por discusiones sobre salarios, empleo, industria y apertura económica, el gobierno de Javier Milei se empeña en conseguir que un número significativo de gobernadores allanen el camino a la reelección presidencial, contribuyan a eludir las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) y eventualmente compongan en sus provincias listas comunes con el oficialismo nacional. Cortejados y apremiados por el poder central, antes de dar el sí los mandatarios provinciales reclaman contraprestaciones y compromisos; ellos también quieren garantizar su propia continuidad en sus distritos y eso implica que la Casa Rosada ponga en caja a los libertarios locales y que facilite el acceso a recursos que la épica del ajuste fiscal en gran medida ha restringido.
En ese contexto, el gobierno de Milei ha celebrado la victoria de Flavio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileras como si se tratara de un triunfo propio. Para entender aquellos afanes y este júbilo hay que partir de una circunstancia: aunque aquí todavía falta más de un año para los comicios presidenciales de 2027, el oficialismo argentino – y con él el conjunto de la política doméstica- ya ha ingresado en tiempo electoral. Lo de Brasil es un aperitivo.
El adelantamiento del calendario está empezando a tener consecuencias económicas. Durante buena parte de su gestión, Milei pudo sostener que el tiempo jugaba a su favor. El razonamiento era relativamente sencillo: primero había que ordenar las variables macroeconómicas, terminar con el déficit fiscal, reducir la inflación y modificar algunas de las reglas que habían convertido a la Argentina en una economía cerrada, inestable y poco confiable. Después vendrían la inversión, el crecimiento y la mejora de los ingresos.
Una parte de ese programa produjo resultados. El gobierno consiguió imponer la disciplina fiscal como un valor político y no solamente económico; redujo la inflación, avanzó en una mayor apertura de la economía y consiguió que la Argentina volviera a aparecer en el radar de grandes inversores internacionales.
Siempre hay un pero
Sin embargo, a partir de las elecciones de medio término del último año, después de una prometedora victoria que el oficialismo consiguió con la vital ayuda política y financiera del gobierno de Estados Unidos, comenzó una etapa diferente, en la que el gobierno encontró límites en el campo de la política.
El programa económico consiguió estabilizar algunas variables fundamentales, ahora la agenda se actualiza y reclama que esa estabilización se transforme en crecimiento sostenido, inversión, empleo y mejora de los ingresos. Cumplida, en alguna medida, una primera etapa emergen temas de fondo y con ellos aparece el problema político.
Los empresarios que deben decidir inversiones importantes no están mirando solamente las tasas de interés, el tipo de cambio o el equilibrio fiscal. Se preguntan por 2027.Quieren saber cómo continuará la situación económica y social después de las próximas elecciones. Y, sobre todo, quieren saber qué forma tendría esa continuidad.
¿Será reelegido Milei? ¿Aparecerá una alternativa liberal o de centroderecha que preserve los aspectos centrales del programa económico pero modifique su estilo político? ¿Qué ocurrirá con el peronismo? ¿Quién conseguirá representar ese enorme capital electoral que todavía conserva?
Mientras esas preguntas permanezcan abiertas, una parte de las decisiones de inversión puede postergarse. Ese mensaje se transmitió en la reciente reunión de IDEA, en Mar del Plata.
Esto coloca al gobierno frente a una dificultad particular porque tiene muy pocos instrumentos que esté dispuesto a utilizar para acelerar la economía.
No quiere aumentar el gasto público. No quiere abandonar la apertura comercial. No quiere estimular artificialmente el consumo. Y considera que preservar el equilibrio fiscal y mantener bajo control la inflación son condiciones esenciales para la supervivencia de su programa.
Desde la lógica del gobierno, eso es una prueba de coherencia. Pero políticamente tiene un costo: significa que, si la inversión privada demora en llegar, existen pocos motores alternativos capaces de dinamizar rápidamente la economía.
Aparece, entonces, una suerte de círculo vicioso. La economía pierde dinamismo. El malestar social aumenta. Las encuestas registran un deterioro del respaldo al gobierno. Esa pérdida de apoyo debilita políticamente al Presidente. Y esa debilidad vuelve más difíciles sus relaciones con gobernadores, empresarios y hasta con fuerzas políticas que habían colaborado con él.
Pero la incertidumbre política frena la inversión y la falta de inversión alimenta la incertidumbre política. En el seno del gobierno se registra el problema y ante él aparecen tensiones internas. Que Milei haya invitado a un economista bien asentado en Wall Street a exponer ante el gabinete (ocasión que el ministro Luis Caputo, súbitamente indispuesto, desaprovechó) alentó el rumor de que podría sobrevenir un cambio en el Palacio de Hacienda y, quizás, un giro al pragmatismo, más atento a necesidades del año electoral. Esa fantasía desdeña el dato de que el verdadero conductor del plan económico, de sus logros y sus rigideces, no es Caputo, sino el Presidente. Milei podría evocar a Winston Churchill: “El éxito consiste en avanzar de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”.
La cuadratura del círculo rojo
Es en ese contexto donde comienza a observarse otro movimiento.Una parte del llamado círculo rojo —empresarios, dirigentes políticos, gobernadores, sectores financieros y formadores de opinión— parece interesada en preservar aspectos centrales del rumbo iniciado en 2023, pero introduciendo modificaciones importantes en la conducción política. Ciertamente, no se trataría de regresar al modelo anterior; por el contrario: muchos de esos sectores consideran que algunas transformaciones impulsadas por Milei (el equilibrio fiscal, una economía más abierta, mayor libertad económica, una relación diferente entre el Estado y el sector privado) deberían sobrevivir incluso a un eventual cambio de liderazgo. Pero al mismo tiempo imaginan una conducción menos rígida, más dispuesta a negociar, más sensible frente a las consecuencias sociales del ajuste y, fundamentalmente, capaz de ampliar las bases políticas que sostienen esas reformas.
El problema es quién puede encarnar esa alternativa.Hay nombres que pertenecen incluso al propio espacio gubernamental. También existen dirigentes provenientes del PRO, del radicalismo, de los gobernadores y de otros sectores del centro político. Y existen outsiders..
Pero todos enfrentan el mismo dilema. Una candidatura destinada a reunir el espacio no kirchnerista podría terminar dividiéndolo. Y esa paradoja explica buena parte de las cautelas actuales.
El gobierno consiguió algunos progresos en el reciente viaje a París, donde convocó a privados y a autoridades de provincias de diferentes orígenes partidarios para mostrar en el exterior una Argentina abierta a los negocios y la inversión. Allí hubo un momento de virtud y convergencia. Todas las partes colaboraron y empujaron con buena voluntad del mismo carro. ¿Sería posible que ese recreo externo se repita para afrontar problemas acuciantes como los que el arzobispo García Cuerva menciona en sus homilías, en vísperas de la visita del Papa (la pobreza que vuelve a incrementarse, la indigencia que crece, la educación que decae, el desdén por la fraternidad y la consagración del individualismo)?
La vereda de enfrente
Hay otro interrogante muy significativo: quién ocupará la vereda de enfrente.El gobierno tiene un incentivo evidente para que la elección vuelva a organizarse alrededor de una polarización con el kirchnerismo.
Su razonamiento parece ser que, aun cuando haya aumentado el rechazo a la gestión oficial, continúa existiendo en una parte importante de la sociedad una resistencia todavía mayor a la posibilidad de “volver al pasado”. Se ilusiona, entonces, con una polarización como la que mostró la elección brasilera (donde los dos candidatos principales reunieron el 92, 5 por ciento de los votos), sin terceras fuerzas de derecha o centroderecha que absorban parte del electorado que el oficialismo aspira a monopolizar.
La identidad del candidato opositor y el programa que despliegue serán decisivos no sólo por las necesidades tácticas del oficialismo, sino por las señales que esos rasgos ofrecerán al electorado y a los mercados. Una candidatura opositora que se muestre capaz de sintonizar con los logros ya alcanzados por las reformas de Milei podría restarle votos al gobierno pero ofrecería a los mercados una señal positiva y un tranquilizador horizonte de continuidad en las reglas de juego.
El peronismo conserva una estructura territorial, sindical y electoral que nadie puede ignorar. Pero todavía no está claro quién puede transformar ese capital político en una alternativa nacional competitiva y, sobre todo, qué programa económico ofrecería. Ese es otro de los interrogantes centrales de 2027.
Porque la discusión no parece ser simplemente Milei o antimileísmo. La verdadera discusión probablemente será qué parte de la transformación iniciada en estos años debe conservarse y qué parte debe modificarse.
La política mundial
La campaña electoral empieza a desarrollarse anticipadamente en una atmósfera internacional caracterizada por un regreso del nacionalismo económico y territorial.
La globalización de las últimas décadas está siendo revisada. Los Estados vuelven a hablar de fronteras, de defensa y fortalecimiento militar, de recursos naturales, soberanía energética, minerales estratégicos y seguridad económica. Vuelve la pregunta por el territorio y la defensa del territorio.
La Argentina está notablemente incorporada a esa tendencia. La cuestión Malvinas ha recuperado centralidad incluso para un gobierno que inicialmente no había colocado ese tema entre sus prioridades políticas.
La discusión sobre la propiedad extranjera de la tierra, que parecía zanjado por el forzado retroceso del gobierno cuando el tema se discutió en el Congreso recobró inopinadamente actualidad por un fallo de la Corte Suprema. El alto tribunal tuvo que moverse acuciado por la necesidad de preservarse de la exposición negativa que su extemporánea incursión en el tema a través de una sentencia referida a procedimientos le provocó. Esta semana, ampliada con conjueces, repuso lo que, indirectamente, había descompaginado una semana antes, pero no pudo evitar las magulladuras.
La polarización imperfecta
Brasil atraviesa su propio proceso electoral y lo que está ocurriendo allí tendrá inevitablemente consecuencias para la Argentina: Brasil continúa siendo nuestro principal socio regional, uno de nuestros mercados fundamentales y la potencia sudamericana más influyente en el mundo.
La victoria en primera vuelta de Flavio Bolsonaro sobre el presidente Lula Da Silva es, si se quiere, una señal todavía incompleta, ya que debe superar aún el balotaje del 25 de octubre para consagrar el cambio de orientación. Pero Bolsonaro parte en la pole position en una competencia en la que, incluso las encuestas que presagiaban que en la primera vuelta sería derrotado, hoy lo visualizan ganador.
Milei ha construido una relación política muy definida con el bolsonarismo, lo que introduce un componente ideológico adicional en una relación bilateral que históricamente procuró mantenerse por encima de las diferencias entre gobiernos. Para Estados Unidos, que ha fijado en su estrategia internacional la prioridad de un fortalecimiento en el Hemisferio Occidental –las Américas-, resulta central enhebrar en su sistema de alianzas cercanas a los países más fuertes del continente (Brasil, Méjico, Canadá), con los que hasta ahora mantiene una relación tirante. Si Bolsonaro consolida en la segunda vuelta su victoria del último domingo y corrige el rumbo que Lula ha fijado a su país, Brasil será recibido por Washington como el hijo pródigo. Y hasta soportará que mantenga una relación económica intensa con China.
Poco después llegarán las elecciones de medio término en Estados Unidos. Allí Donald Trump se juega el control del Congreso y el resultado tendrá consecuencias indisimulables. Para Milei es particularmente relevante porque la relación con Trump constituye uno de los principales activos de su gobierno. El presidente norteamericano cerró el viernes un acuerdo telefónico con Vladimir Putin para que Rusia provea de gasoil a Estados Unidos hasta abril del año próximo. Trump levanta sanciones comerciales a Moscú y decepciona a Ucrania para tratar de que el combustible ruso lo ayude a tranquilizar al electorado americano antes de las elecciones que por el momento se presentan muy brumosas para los republicanos. Otra muestra de pragmatismo, así sea tardío.
Los intereses creados
La Argentina vuelve a interesar al mundo. Y hay que reconocer que una parte de ese interés está vinculada al propio Milei. Su irrupción produjo un cambio muy fuerte en la percepción internacional del país. Inversores que durante años habían descartado a la Argentina volvieron a observarla. El gobierno instaló la idea de que el país estaba dispuesto a modificar reglas que durante años limitaron la inversión privada.
Pero existe otra razón todavía más poderosa. El mundo está cambiando y necesita precisamente aquello que la Argentina posee.Necesita energía. Necesita alimentos, cobre, litio, territorios capaces de producir energía renovable, Y necesita países que puedan proveer esos recursos en un mundo crecientemente dividido por rivalidades geopolíticas.
Vaca Muerta convierte a la Argentina en una potencia energética.La cordillera contiene enormes reservas de cobre. El noroeste posee una parte sustancial de los recursos mundiales de litio.La Patagonia parece reunir condiciones óptimas para el establecimiento de datacenters de inteligencia artificial. Y la pampa argentina conserva una extraordinaria capacidad de producción agropecuaria. Pocas veces la estructura de recursos naturales del país estuvo tan alineada con las necesidades estratégicas de la economía mundial.
Los capitales están mirando esos recursos. Pero muchas decisiones avanzan con una velocidad menor de la que podría imaginarse observando solamente el potencial económico, porque una inversión minera, petrolera o energética no se calcula en función de los próximos doce meses. Se calcula para veinte, treinta o cuarenta años..
Durante mucho tiempo la Argentina discutió si debía cambiar. Ahora empieza a discutir algo diferente: qué cambios ya experimentados ( y sufridos) quiere conservar.
La discusión se desplaza entonces hacia otra cuestión: qué arquitectura política puede sostener esos objetivos.
¿Puede hacerlo Milei ampliando su coalición? ¿Puede aparecer dentro de su propio espacio una conducción con mayor capacidad de negociación (Patricia Bullrich, por ejemplo)? ¿Puede surgir una alternativa liberal o de centroderecha que preserve el rumbo económico pero cambie el estilo político?¿Puede el peronismo reconstruirse alrededor de un programa que combine estabilidad macroeconómica con una mayor preocupación por la producción, el empleo y los ingresos?
Son varias las preguntas a responder en esta campaña de 2027 que ya empezó.
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