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Opinión 29 de agosto de 2026

Preparándose para un cambio de etapa  

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Por Jorge Raventos

Mientras se prepara  anticipadamente para un proceso electoral que todavía está a más de un año de distancia, Argentina empieza a registrar signos de un cambio de etapa.

Los estudios demoscópicos registran algunas manifestaciones de esa incipiente variación. La falta de trabajo, los bajos salarios, la pobreza ocupan ahora el tope de las preocupaciones sociales y han desplazado a un puesto mucho menos prominente a la inflación, que encabezaba  con holgura el ranking cuando Javier Milei ocupó la presidencia.

Ese trueque de prioridades  marca simultáneamente  un éxito y dos desafíos para el gobierno, solo que, mientras el el primero (contención de la inflación) señala un mérito en relación con la herencia recibida, las  preocupaciones actuales no son principalmente adjudicadas por la mayoría a las administraciones anteriores, sino a la actual.

Este hecho se ve confirmado por el juicio mayoritariamente negativo sobre la acción del gobierno y la decreciente aprobación a la figura presidencial, que hoy no llega al 40 por ciento.

La pérdida de terreno del oficialismo no es sin embargo capitalizada por las fuerzas de la oposición y de varias encuestas surge el dato de que, así como la mayoría de los interrogados califica de regular para abajo al oficialismo, la misma proporción  declara que la alternativa no es “volver al pasado”, un eufemismo estadístico que en primera instancia se interpreta como  rechazo a una restauración kirchnerista.

Entre esos extremos peor calificados se dibuja  el espacio potencial para una  opción superadora de ambos bordes, una alternativa que desde el vértice de los dos polos se desacredita. “No hay tercer camino. No se dejen engañar –aseveró, por ejemplo, esta semana el Presidente a los alumnos del Colegio ORT-. O eligen el bien o eligen el mal”.  Se sobreentiende que el Mal es el otro. Y en ese lugar se puede ubicar a todo el que no coincida con “el bien” (o no se incline ante ante sus deseos).

Sociedad y pluralismo

Suele repetirse que en 2023 la sociedad “eligió a Milei”. Es cierto que, tras una segunda vuelta definitoria, el electorado  dio la victoria a la fórmula Milei-Villarruel y proyectó al economista libertario a la Presidencia. Pero ese no fue el único resultado de esos comicios: ellos también determinaron  cierta composición del Congreso (que se  ajustó parcialmente el último año) y un cuadro de autoridades provinciales. En conjunto, un sistema de poderes en el que  ninguna fuerza ostentaba plena hegemonía y que, por ello, planteaba  la necesidad de  negociaciones y acuerdos.

El Poder Ejecutivo  exhibió desde el principio una fuerte reticencia a los acuerdos y se inclinó, más bien por legislar vía decretos de necesidad y urgencia, tratando de arrear a su posición a otras fuerzas  (o a fragmentos de ellas) intimidadas por la perspectiva de ser denunciadas como “aliados objetivos de las fuerzas del pasado”. El truco funcionó durante algún tiempo pero  paulatinamente se evidenció que  era insuficiente para garantizar sustentabilidad  a la política oficialista.

La victoria electoral  libertaria  en la elección nacional del año último mejoró  la contabilidad parlamentaria  del oficialismo, pero no le deparó una mayoría autosuficiente. Sucesivas derrotas legislativas sumadas a crisis internas y a incómodas  situaciones suscitadas por  altos cargos oficialistas  reforzaron la necesidad de afirmar los vínculos con los sectores dispuestos a dialogar con el gobierno y de alivianar las rigideces de la batalla cultural en beneficio de una práctica más apegada al profesionalismo político.

El reemplazo de Manuel Adorni por Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete pareció un primer paso e n un cambio de estilo del oficialismo. Tras un período de fuerte centralización, aislamiento relativo y confrontación discursiva, aparecía ahora una lógica más pragmática: la necesidad de ampliar la base de sustentación política del gobierno, incorporando figuras provenientes de lo que él mismo denominó en el pasado como “la casta”.

Esa tensión conceptual parecía marcar el pasaje desde un discurso fundacional de ruptura hacia una práctica de construcción de poder más convencional,  la decisión de apoyarse en dirigentes con experiencia de gestión y vínculos territoriales, capaces de operar en un escenario político y legislativo fragmentado.

Empezaron así a suscitarse conversaciones y negociaciones con  la llamada oposición dialoguista y con la mayoría de los gobernadores, incluyendo a varios peronistas. El gobierno fijó como primera prioridad la pelea por la reelección presidencial el año próximo, de modo las negociaciones y la búsqueda de acuerdos resultaba funcional con ese objetivo: llegar a las urnas con alianzas  electorales amplias y dotarse de  una fuerza legislativa que garantice la aprobación de leyes que el gobierno considere imprescindibles.  El oficialismo retomó, por caso, el diálogo formal con el Pro. Karina Milei dialogó con Mauricio Macri  y pusieron en marcha una mesa política bipartidaria para burilar posibles asociaciones violeta-amarillas en todo el país. Se verá si ese milagro se produce. En principio, los estrategas libertarios presumen que Macri y el macrismo podrían   ser instrumentos o artífices de ese “tercer camino” (que “no existe”) y preventivamente procuran sellar ese paso. El macrismo, por su parte, desensilla hasta que aclare.

El último miércoles, el oficialismo contó con el apoyo del macrismo para  remontar la situación de derrota legislativa que había sufrida  a mediados de mes y logró imponer  proyectos que la Casa Rosada había promovido como emblemáticos: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central (para  redefinir la misión de la entidad, priorizando la estabilidad monetaria por sobre otros objetivos secundarios, colocando la preservación del valor de la moneda como mandato central de la institución) y los cambios en la denominada Ley de Inocencia Fiscal, iniciativa que apunta  a captar los famosos “dólares del colchón” incentivando su flujo hacia  el crédito formal y, por esa vía, a la inversión.

Para recuperar el terreno parlamentario, el oficialismo empleó esta vez módicamente la herramienta de la negociación y abrió por primera la tranquera para que el recinto de Diputados tratara propuestas elaboradas por legisladores de la oposición colaborativa, centradas en reivindicaciones locales. Seguramente cuando este temario se trate en el Senado el peaje que se requiera será más sustancioso.

El gobierno no dudó esta vez en satisfacer los pedidos de sus aliados: le urgía exhibir capacidad legislativa ante mercados escépticos que han vuelto a empinar la tasa de riesgo país por encima de los 500 puntos.

Simultáneamente, el ministerio de Economía anunciaba medidas para promover el crédito hipotecario, un asunto sensible para el electorado. La propuesta de  Hacienda es moderada y acotada: ordena a ANSES disponer  2 billones de pesos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad  (reaseguro del sistema jubilatorio) para apalancar el financiamiento de primera vivienda, a través de licitaciones de plazos fijos con destino a créditos hipotecarios. Los bancos podrán fondearse allí a largo plazo para otorgar préstamos de hasta 30 años.

Parece evidente que el gobierno ensaya, también en el plano económico, un instrumental pragmático que le permita dar buenas noticias a aquellos a quienes les solicitará el apoyo para la reelección. Este plan de crédito hipotecario alcanzaría a unas 18.000 familias que puedan demostrar ingresos mensuales de alrededor de cuatro millones y medio de  pesos pero, más allá de este círculo, alimenta expectativas amplios sectores de clase media que  por el momento sienten muy  distante o decididamente inalcanzable el tradicional sueño de la vivienda propia.

Así, estos movimientos del oficialismo permiten afirmar que, en los hechos, está abriendo una nueva etapa. Es cierto que el discurso de Milei  –su conducta, si se quiere- parece renuente a admitir esos cambios, a “oficializarlos”  o a convalidar cualquier signo que a él le sugiera resignación frente al enemigo de su batalla cultural.

Los modos agresivos en los que ha recaído después de un mes de alejamiento de los escenarios y diez días de aislamiento en la residencia de Olivos parecen disonantes con las búsquedas que insinúa su propio gobierno.

Si hay un detalle que para los votantes moderados luce nítidamente “piantavotos”  -un término que acuñó el peronismo ocho décadas atrás- es la combinación de suficiencia, belicosidad y lenguaje tabernario que por momentos invade las presentaciones presidenciales, Dato importante: esos votantes moderados pueden ser decisivos en la elección del año próximo,

El tono irritado que Milei emplea contra colegas economistas, empresarios, periodistas, artistas o intelectuales que lo critican o divergen de sus posiciones (incluso personas muy cercanas, que forman o han formado parte de su círculo más próximo) preocupa a muchos que no cuestionan el rumbo del gobierno, pero  son reticentes a sus formas. En este plano, todavía no se refleja el cambio de etapa que en otros aspectos parece estar en marcha. Más que movimiento hay inmovilidad frenética.

Los polos y el otro camino

En el llamado círculo rojo hace tiempo  que se espera que acontezca y se afirme una corrección en la cúspide del poder que conserve la firme orientación promercado que ha caracterizado al gobierno, evite el aislamiento y sosiegue la “importante emocionalidad” del Presidente que en su momento destacó Patricia Bullrich. Es a través de esos resquicios que crece la búsqueda de “otro camino”. Desde esa perspectiva, parece acertada la frase que se adjudica al propio Milei: “Yo compito  contra mí mismo”.

 Entretanto, en el  el sector más numeroso de la oposición, las corrientes que reconocen o enarbolan una raigambre justicialista muestran en las últimas semanas que, pese a las pugnas que los enfrentan, están dispuestas a preservar la unidad. “La unidad es lo más importante”, declaró Sergio Massa en una reciente aparición pública.

A falta de una autoridad central acatada por todos o de un consenso claro entre sus principales exponentes, todos coinciden en apostar a que sea una elección primaria arbitrada y financiada por el Estado el vehículo para garantizar la unidad y resolver objetivamente la distribución del poder interno. Por eso han hecho de la defensa de las PASO una bandera común. Esa es la razón, inversamente, por la que el gobierno trata de evitar la aplicación de las PASO el año próximo.

De todos modos, el peronismo necesita más que el procedimiento de las primarias para estar en condiciones de desafiar al oficialismo: precisa dotarse de un programa de acción que sintonice con una sociedad que, según las encuestas, así como ha perdido expectativas en el gobierno y exhibe cansancio con un ajuste en el que no se distingue la línea del horizonte, también aprueba el control de la inflación y del déficit fiscal y se niega a “volver al pasado”.

Por eso, otro signo de cambio de etapa es que en el seno de ese archipiélago peronista, se observan movimientos que subrayan aspectos centrales de ese programa vacante y trabajan para convertirlo en una propuesta actualizada y abierta a la convergencia con otros sectores.

Entre las dificultades y limitaciones del oficialismo y la oposición se extiende un campo por el que estudian cómo penetrar varios “tapados” que  por ahora prefieren urdir discretamente sus estrategias y esperar un tiempo antes de proclamar intenciones de competir. Los más mencionados (un banquero nacional, un predicador y un gran empresario de medios de proyección continental) hablan con protagonistas sectoriales (dirigentes de empresa, gremialistas, técnicos, personalidades de la cultura, líderes relgiosos, políticos de distintas orientaciones) y diseñan programas.

La súbita irrupción de Javier Milei, que lo llevó a la Presidencia del país sin contar ni con un partido, ni con una historia de militancia o figuración política, ha creado un antecedente que enciende la imaginación y las expectativas de outsiders intrépidos, con espaldas organizativas y espíritu emprendedor. Las virtudes personales son, en cualquier caso, sólo un factor en este juego: lo más importante es la oportunidad. La personalidad  de Milei encontró sus chances en un momento en que el hastío social  interpelaba tanto al oficialismo como al conjunto del sistema político de la época. Milei fue principalmente un instrumento de rechazo, sólo eventualmente de búsqueda de algo nuevo.

Ahora, cuando se olfatea esa búsqueda, si el año próximo llega a haber espacio para un otusider sería, principalmente, porque  el actual oficialismo muestra sus límites para perfeccionarse, mantener el rumbo, mejorar la marcha y ampliar sus límites. Y también porque el peronismo no consigue actualizar sus ideas y sus cuadros para surfear una época que no es la que afrontó Perón, ni la que le tocó a  Menem ni la de Néstor y Cristina Kirchner.

 

 



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