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¿Qué tienen que ver la baja de la natalidad y la masificación de los smartphones?, y el círculo rojo y el día después

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El presidente Javier Milei, en un maratónico reportaje que concedió a un canal de streaming afín a su ideología, entre otras definiciones, explotó contra el aborto y advirtió sobre la baja tasa de natalidad. “Con la transición demográfica, tenés un quilombo previsional… Al margen de la presidiaria, que jubiló gente sin aportes… Argentina hizo un desastre con el aborto para generar semejante caída en la tasa de reproducción, hubo un genocidio”, dijo generando las lógicas reacciones. Lo cierto es que la caída global de la natalidad desconcierta a gobiernos, economistas y sociólogos. Corea del Sur, Irán, España, Argentina, Brasil o Finlandia tienen culturas, religiones y economías completamente distintas. Sin embargo, desde hace poco más de una década todos muestran la misma curva: menos nacimientos, menos parejas, menos hijos. Durante años la explicación favorita fue económica. La gente no tiene hijos porque no puede comprar una casa, porque los salarios no alcanzan, porque el futuro da miedo. Todo eso influye. Pero ya no alcanza para explicar un fenómeno que ocurre al mismo tiempo en países ricos y pobres, liberales y conservadores, occidentales y asiáticos.

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En los últimos días, el empresario tecnológico Martín Varsavsky puso sobre la mesa una hipótesis tan incómoda como provocadora: la caída global de la natalidad podría estar vinculada al mismo fenómeno que transformó la vida cotidiana del planeta desde 2010 en adelante: la masificación del smartphone y las redes sociales. La idea parece extrema. Pero ya no es una intuición aislada. Cada vez más investigaciones académicas empiezan a encontrar correlaciones fuertes entre el avance de la vida digital y el derrumbe de la socialización presencial, especialmente entre jóvenes. Y, detrás de eso, aparecen menos parejas estables, menos vínculos físicos y menos nacimientos. La cronología impresiona. Las tasas de fertilidad empiezan a acelerarse hacia abajo exactamente cuando el iPhone se masifica, las redes sociales colonizan la vida cotidiana y el 4G convierte internet en una extensión permanente de la mano. No se trata solamente de tecnología. Se trata de un cambio profundo en la manera de vivir, relacionarse y desear.

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La psicóloga estadounidense Jean Twenge viene estudiando hace años a la llamada generación “iGen”, criada completamente bajo el ecosistema smartphone. Sus investigaciones muestran que los adolescentes salen menos, manejan menos, tienen menos citas, menos sexo y menos encuentros presenciales que generaciones anteriores. Jonathan Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York, sostiene algo parecido. Según sus trabajos sobre salud mental y redes sociales, después de 2012 ocurrió una transformación radical de la adolescencia global: más ansiedad, más aislamiento y menos vida social física. Incluso el Financial Times publicó recientemente un extenso análisis sobre el fenómeno, planteando que las explicaciones puramente económicas ya no alcanzan para entender por qué cae la natalidad prácticamente en todo el planeta al mismo tiempo. La revolución tecnológica creó la paradoja de la hiperconexión solitaria: millones de personas permanentemente comunicadas, pero cada vez menos vinculadas.

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La generación que antes pasaba horas en plazas, clubes, bares o fiestas empezó a pasar horas mirando una pantalla. TikTok, Instagram, Netflix, videojuegos y plataformas digitales no sólo ocupan tiempo: reemplazan experiencias humanas. Dentro de las parejas ocurre algo parecido. El celular ya no interrumpe conversaciones: directamente reemplaza momentos de intimidad. El fenómeno del “phubbing” —ignorar al otro para mirar el teléfono— ya es objeto de estudio en psicología social. Las plataformas ofrecen placer instantáneo, validación inmediata y entretenimiento permanente, sin el esfuerzo emocional que exige una relación real. Mientras tanto, los gobiernos gastan fortunas intentando estimular nacimientos. Corea del Sur lanzó uno de los programas pronatalistas más caros del planeta. Hungría subsidia familias, viviendas y maternidad. Japón prueba incentivos económicos desde hace años. Los resultados siguen siendo pobres. Porque quizás el problema ya no sea solamente económico. Tal vez el verdadero cambio histórico sea cultural y psicológico.

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Una generación entera creció aprendiendo a relacionarse más con pantallas que con personas. Y eso modifica desde la atención hasta el deseo, desde la ansiedad hasta la construcción de vínculos duraderos. Por supuesto, nadie puede afirmar todavía que el smartphone sea “la causa” de la caída global de la natalidad. Sería una simplificación absurda. Influyen el costo de vida, la vivienda, la precarización laboral, el cambio cultural, la autonomía femenina y la incertidumbre sobre el futuro. Pero cada vez más investigadores empiezan a sospechar que la revolución digital sí podría haber sido el gran sincronizador mundial del fenómeno. El elemento común que conecta sociedades completamente distintas. Porque Corea y Argentina no comparten economía. Irán y España no comparten religión. Finlandia y Brasil no comparten casi nada. Pero todos comparten exactamente la misma revolución tecnológica. Y quizás ahí esté la clave silenciosa de esta época. El mundo no dejó de tener hijos solamente porque se volvió más pobre o más individualista. “El mundo empezó a tener menos hijos cuando dejó de mirarse a los ojos”, coinciden en destacar quienes abonan esta nueva teoría.

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Hay algo que el poder económico, político y mediático argentino hace mejor que nadie: adelantarse a los tiempos. A veces demasiado. Mientras el Presidente todavía conserva el control de la agenda pública, una parte del círculo rojo ya empezó a preguntarse cómo sería el día después. La pregunta ya no circula en voz baja en despachos empresariales, estudios jurídicos, mesas financieras o reuniones reservadas. Se escucha cada vez más clara: ¿hay vida política para el oficialismo sin Milei? ¿Puede existir un “mileísmo sin Milei”? La encuesta nacional de Zuban Córdoba parece escrita justamente para responder esa inquietud. Y la respuesta, por ahora, no es la que esperaba la elite. Porque el estudio confirma algo incómodo para quienes ya comenzaron a imaginar recambios: ni Patricia Bullrich ni Mauricio Macri logran despegarse políticamente de Milei. No crecen por fuera de él. No amplían el electorado. Y, peor aún para sus aspiraciones, parecen compartir exactamente el mismo ecosistema de votantes.

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Los números son elocuentes. Milei conserva una potencialidad de voto del 31,4% entre “voto seguro” y “lo votaría”. Bullrich alcanza 32,4%. Macri, 30%. La diferencia es que el Presidente todavía monopoliza el liderazgo emocional de ese espacio. Ahí aparece el principal problema para los estrategas del establishment: el voto libertario no parece fácilmente transferible. La encuesta muestra que entre quienes votaron a Milei en primera vuelta, el actual Presidente conserva niveles de fidelidad cercanos al 95%. Bullrich apenas logra seducir parcialmente a ese universo, mientras Macri exhibe números todavía más limitados. Traducido al castellano político: los herederos naturales del mileísmo no están logrando heredar demasiado. En la intimidad del PRO lo saben. Por eso reapareció Macri. Por eso Bullrich endurece cada vez más el discurso. Ambos buscan demostrarle al votante libertario que siguen siendo útiles dentro del nuevo orden político. Pero los datos revelan otro fenómeno: cuanto más intentan parecerse a Milei, más se diluyen dentro de su sombra.

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La paradoja es fascinante. El círculo rojo comenzó a cansarse del Presidente antes de encontrar un reemplazo viable. Y esa ansiedad puede terminar fortaleciendo al propio Milei. La historia argentina está llena de empresarios y dirigentes que confunden desgaste mediático con agotamiento social. Pasó con Carlos Menem en los ‘90, pasó con Cristina Fernández de Kirchner durante buena parte de su ciclo y ahora vuelve a aparecer con Milei. La elite suele aburrirse rápido de los liderazgos intensos. La sociedad, no necesariamente. El estudio tiene además otro dato incómodo para el sistema político tradicional: la oposición todavía no capitaliza el malestar económico. Ni el peronismo ni figuras alternativas aparecen creciendo sobre el desencanto. Eso explica por qué muchos actores económicos siguen apostando a un Milei debilitado antes que a un cambio de rumbo completo. Hay temor al desorden, pero también ausencia de alternativas claras. Y ahí aparece otra clave de época: el debate político argentino parece haberse vaciado de contenido programático. Se discuten nombres, no proyectos. Se especula con candidaturas, no con modelos económicos. Se habla de sucesión antes que de gestión.

Javier Milei.

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La propia consultora lo define con crudeza: “La gran ausente de las discusiones de la elite parece ser la misma gente que decidirá el futuro del país”. Mientras tanto, abajo, en la calle, el humor social empieza a mutar lentamente. La paciencia con el ajuste ya no parece infinita. Pero el enojo todavía no encontró canal político. Por eso el “mileísmo sin Milei” hoy se parece más a un deseo del establishment que a una posibilidad concreta. Lo señalaba el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz en una más que interesante entrevista en el programa de streaming de LA CAPITAL y Canal 8, “Agenda Real”. “En muchos asados y reuniones de clase media el gobierno se volvió indefendible. Indefendible no quiere decir invotable, porque todavía falta mucho para votar y en la Argentina siempre se termina votando al mal menor”, explicó Fernández Díaz. En definitiva, los mismos sectores que ayudaron a construir el fenómeno libertario empiezan a imaginar cómo sobrevivirlo… sin haber encontrado todavía quién pueda reemplazarlo.

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