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Opinión 4 de enero de 2026

¿Quién se indigna por la salida de Nicolás Maduro?

Panorama político nacional de los últimos siete días

Nicolás Maduro.

Por Jorge Raventos

Una vez más, en este caso involuntariamente, Donald Trump le hizo un favor a Javier Milei. El operativo militar y de inteligencia desplegado con precisa eficacia por Estados Unidos para apresar a Nicolás Maduro, desplazarlo del gobierno de Venezuela y trasladarlo detenido a Nueva York eclipsó –al menos por unos días- el incipiente escándalo mediático que había generado el decreto de necesidad y urgencia con el que el presidente argentino modificó muy sensiblemente la Ley de Inteligencia Nacional.

Presión sin frutos e intervención

Trump decidió incrementar la presión sobre Venezuela, que se inició con un impresionante asedio naval y el ataque letal a embarcaciones venezolanas sospechadas de transportar droga, continuó con invasiones a su espacio aéreo y escaló a la captura de bques tanque que trasladaban petróleo venezolano. En la madrugada del sábado fuerzas del Pentágono –se emplearon más de un centenar de aviones- bombardearon objetivos situados en territorio de Venezuela, se centraron en bases militares y “desmantelaron las defensas aéreas venezolana –explicaría más tarde el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto- para que nuestros helicópteros pudieran entrar en Caracas”. Los helicópteros, con efectivos de la temible Fuerza Delta, se dirigieron a la fortaleza militar de Caracas donde descansaban Nicolás Maduro y su esposa, la abogada y “primera combatiente” Cilia Flores, los neutralizaron, los apresaron y los embarcaron rumbo a Nueva York. Ese paso del operativo “duró apenas 47 segundos”, afirmaría orgullosamente Trump horas más tarde. No hubo detalles sobre la reacción y el destino de la disciplinada custodia cubana que habitualmente acompañaba a Maduro. Sí se supo que la captura fue favorecida por la información de un miembro de su círculo íntimo, pacientemente reclutado y disciplinado por la CIA.

Donald Trump se encargó personalmente de anunciar el éxito del operativo y la detención del dictador venezolano y hasta facilitó una fotografía de él, ya esposado. “Fue una operación extraordinaria –se ufanó-, en la mitad de la noche, las luces de Caracas se apagaron. Lo que se vio esta noche fue impresionante. Ningún servicio de los EEUU ha sido afectado,. no hubo pérdidas de miembros militares ni equipos. Somos un país respetado nuevamente”.Orgullo y alivio.

La incursión relámpago de las fuerzas armadas y el premio obtenido –la captura del número uno del régimen de Venezuela-, aunque estaban previstos en los planes de contingencia del Pentágono probablemente tuvieron que acelerarse en virtud de que la presión anterior no surtía efecto y Trump se desgastaba con una inmensa movilización de efectivos y navíos (incluyendo el superportaaviones George Bush) que no entregaba frutos proporcionados al gasto. En realidad, la Casa Blanca prefería que los frutos surgieran de una presión y no de una intervención. Trump prometió a su electorado que no llevaría al país a escenarios de guerra pero la terca resistencia del régimen chavista empujaba en esa dirección.

Protectorado y procónsules

Quizás ahora, después de sacar del juego a Nicolás Maduro, ese rumbo se acelere, al menos transitoriamente, si es que la cúpula chavista remanente se resiste a abandonar el poder. . “No podemos permitir que nadie del régimen esté en el poder EEUU va a tomar todas las opciones militares que sean necesarias. –advierte Trump- Los líderes de Venezuela deben entender que lo que le pasó a Maduro les puede pasar a ellos”

¿Lo entenderán? La primera reacción, después de la desconcertante noticia de que habían perdido a su cabecilla, fue convocar a la movilización de sus partidarios. Muchísimos de los cuales están armados.

La Casa Blanca comprende que en las actuales circunstancias tendrá que incrementar –no reducir- su intervención, primero para avanzar en la desarticulación del régimen y de inmediato para conducir una transición de plazos inciertos. Imagina esa transición como un protectorado estadounidense sobre Venezuela: “Vamos a estar a cargo del país hasta que haya una transición importante –explicó Trump el sábado 3 en conferencia de prensa-,hasta que esté a salvo y seguro. La gente que está detrás de mí (sus funcionarios), va a estar liderando Venezuela. Estamos hablando de un país que está muerto”.

La definición probablemente frustró expectativas de Corina Machado, la lideresa de la fuerza opositora que derrotó electoralmente a Maduro unos meses atrás. Trump juzga –y no se puede objetar su realismo- que a ella “le sería muy difícil estar al frente del país. No cuenta con apoyo ni respeto dentro de su país. Es una mujer muy amable, pero no inspira respeto”. Se refiere a que ella carece de las fuerzas organizadas necesarias para poner orden en laVenezuela caótica y probablemente anarquizada de la etapa postchavista. Trump piensa en un procónsul, probablemente formado en las Fuerzas Armadas, acompañado por un equipo eficiente y duro. Cuando se usa la fuerza se dispara una inercia que no se sabe cómo ni cuándo se detendrá. Trump quiere resguardar a la señora Machado de ese desgaste, ella “es esencial para hacer grande a Venezuela de nuevo”. No para gobernar todavía.

No hay adentro y afuera

EE.UU. no ha llevado a cabo una intervención militar directa en América Latina como esta desde su invasión de Panamá en 1989 para derrocar al entonces gobernante militar, Manuel Noriega. Desde luego, tanto la intervención directa de Estados Unidos como la idea del protectorado y de algún procónsul estimulan la idea de que Trump encarna una presidencia imperial. Esa idea a menudo se vuelve impugnación, cuestionamiento por no atenerse al orden más o menos institucional construido a partir de la segunda posguerra, un orden en el que uno de sus principios fundantes era la no intervención en asuntos de otros Estados.

Si bien se mira esos loables valores han quedado parcial o totalmente descolocados por los cambios cada vez más acelerados ocurridos en el mundo, suscitados por la revolución de la tecnología y las comunicaciones: la frontera engtre el adentro y el afuera se dilute; hoy se solicitan intervenciones externas, sea por razones ecológicas, sea por temas de derechos humanos (muchos de los que se indignan con algunas intervenciones promueven otras; jueces de un país juzgan hechos ocurridos en otro, bajo otras leyes) y hasta se han vuelto razonables intervenciones domésticas que años atrás hubieran sido repudiadas: ¿quién no intenta intervenir si oye que en el departamento de al lado se castiga a un niño, o a una mujer, o a un anciano o a un animal?Se interviene con la mediación de una autoridad o se interviene directamente si la autoridad es ineficiente, negligente o impotente.

Claro está, sería mejor un mundo en el que las intervenciones ni fueran necesarias ni existieran.

Más allá de hacerse eco de los motivos que tantos venezolanos, exiliados o no, tienen para festejar la intervención contra un régimen tiránico que no respeta la voluntad de los ciudadanos, Estados Unidos interviene por sus propios motivos, que explícitó en el documento sobre Seguridad nacional que comentamos en esta columna semanas atrás. Allí comentábamos que Estados Unidos ha convertido a América Latina en su prioridad estratégica. Y subrayábamos alguno de sus párrafos: “queremos asegurar que el Hemisferio Occidental (como designan a las Américas) se mantenga razonablemente estable y lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales;queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave”

El caso Venezuela reúne varias de esas condiciones: Washington ha detectado allí un centro de exportación de drogas, es un gobierno dictatorial, aliado de enemigos como Irán y posee recursos, algunos de los cuáles Estados Unidos reivindica como propios de empresas de su país (expropiados en años anteriores al chavismo).

Encuentra además, para facilitar su intervención una situación mundial en la que su peso sigue siendo hegemónico, aunque ese dominio empiece a ser desafiado por la pujante China. En ese contexto, parece insinuarse una línea de acuerdos entre grandes poderes (China, Estados Unidos, Rusia, pero también India y Japón) dispuestas a respetarse recíprocamente esferas prioritarias de influencia.

La indignación no sirve frente a la realidad. Como aconsejó Spinoza, no hay que reir ni llorar, sino comprender.

En cualquier caso, la captura de Maduro permite postergar una semana el debate público sobre la reforma de la Inteligencia decretada por Milei. El debate legislativo demorará más: hasta febrero.