Refugio Scaloneta: por qué una sociedad desvinculada aprendió a confiar en la Selección y en su capitán
Mientras crece la desconfianza hacia las instituciones y se debilitan los espacios de encuentro y pertenencia, la Selección Argentina logró construir algo que hoy parece excepcional: una identidad colectiva capaz de movilizar, inspirar y generar comunidad. Con la Argentina en la final, el fenómeno invita a mirar mucho más allá del fútbol.
(*) Por Guillermo Tello
Argentina está en la final del Mundial y este domingo se enfrentará a España. Desde que se confirmó el pase, el país parece latir a otro ritmo. En las oficinas, las conversaciones cambian de tema. En las familias, quienes no logran ponerse de acuerdo en casi nada, debaten durante horas sobre la formación. En bares, plazas y hogares, millones de personas vuelven a compartir una misma expectativa. Es una final de fútbol, sí. Pero también es un fenómeno social que pone en pausa las diferencias y nos recuerda la fuerza que tienen los rituales compartidos.
En una época marcada por la desvinculación, el individualismo y el desgaste de las relaciones sociales, la Selección Argentina logra algo que hoy parece extraordinario: generar identificación colectiva. La pregunta entonces no es futbolera. Es social: ¿Qué tiene la Selección Argentina que hoy parecen haber perdido muchas instituciones, organizaciones e incluso espacios de representación política?
La respuesta no está únicamente en los títulos ni en una generación extraordinaria de jugadores. Radica en cómo su capitán y referente, Lionel Messi, personifica esa transición: un líder que mutó de la genialidad individual a la madurez colectiva, ganándose una autoridad que no requirió de gritos sino de coherencia. Lo que este equipo consiguió construir es algo mucho más difícil de alcanzar: legitimidad emocional. Un capital invisible que no se impone, no se compra y tampoco se comunica desde una campaña. Se construye con el tiempo, a partir de la confianza, la coherencia y un propósito compartido.
Los números ayudan a comprender por qué esta mirada resulta tan relevante. El Edelman Trust Barometer 2025 advierte una creciente pérdida de confianza hacia gobiernos, empresas, medios de comunicación e instituciones en todo el mundo. Al mismo tiempo, el World Happiness Report 2025, elaborado por Naciones Unidas, Gallup y el Oxford Wellbeing Research Centre, identifica al apoyo social, la confianza interpersonal y el sentido de pertenencia como factores decisivos para el bienestar humano. La paradoja es evidente: mientras la confianza se deteriora en gran parte de los espacios colectivos, la Selección parece fortalecerla. Y quizás allí resida la clave de este fenómeno.
Cuando juega la Scaloneta sucede algo que excede el resultado. Durante noventa minutos se suspenden diferencias que normalmente ocupan el centro de la escena. Las identidades partidarias, las posiciones ideológicas, las pertenencias sociales o las discusiones cotidianas pierden protagonismo frente a una sensación compartida de pertenencia.
Desde una mirada del coaching ontológico, esto tiene una explicación profunda. Los seres humanos no vivimos únicamente dentro de estructuras económicas o políticas; vivimos dentro de conversaciones. Construimos nuestra identidad a partir de palabras, símbolos y significados compartidos. Necesitamos sentir que somos parte de algo que nos trasciende. Por eso la Selección moviliza emociones que ningún dato estadístico puede explicar completamente. Porque lo que está en juego no es solamente una competencia. Lo que aparece es la posibilidad de reconocernos en una historia común.
Quizás por eso este equipo también ofrece una lección de liderazgo que trasciende al deporte. Durante décadas asociamos liderazgo con control, creyendo que significaba supervisar más y concentrar decisiones. Sin embargo, los equipos que alcanzan resultados extraordinarios se construyen desde otro lugar. Porque la confianza no reemplaza la exigencia. La hace posible.
En ese sentido, Scaloni parece haber comprendido algo que muchas organizaciones todavía intentan aprender: el verdadero liderazgo no consiste en convertirse en indispensable, sino en crear las condiciones para que otros desplieguen su mejor versión. La propia evolución de Messi en este ciclo lo demuestra: dejó de ser el salvador solitario para convertirse en el facilitador del juego de sus compañeros. Aprendió a confiar en el diseño del equipo para, desde allí, potenciar su propia genialidad.
La diferencia es sustancial: mientras el control produce dependencia, la confianza desarrolla autonomía; el control genera cumplimiento, pero la confianza despierta compromiso; el control necesita vigilancia permanente, mientras que la confianza construye cultura.
Tal vez por eso millones de argentinos sienten que este equipo y la figura de su capitán los representan. No porque ganen siempre, sino porque transmiten algo que hoy escasea en la vida pública: coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La Scaloneta se transformó así en uno de los pocos espacios capaces de generar una experiencia colectiva positiva en una sociedad atravesada por la desconfianza y el debilitamiento de los vínculos. Un lugar simbólico donde millones de personas vuelven a reconocerse como parte de una misma historia, aun cuando discrepan en casi todo lo demás.
En ese marco, el gran desafío de nuestro tiempo no es solamente económico, tecnológico o político. Es reconstruir confianza. Porque cuando desaparecen los espacios de pertenencia, las personas se aíslan. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de construir comunidad, pierde la posibilidad de imaginar un destino compartido. Quizás por eso la Scaloneta despierte mucho más que entusiasmo deportivo: porque, aunque sea por un rato, nos recuerda que todavía es posible sentirnos parte de un mismo nosotros.
* Lic. en Comunicación Social. MCOP. Vicepresidente Segundo y Director de Comunicación de AACOP.
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