Opinión

Sarmiento y sus políticas públicas de lectura a través de la prensa

Opinión.

*Marinela Pionetti 

Es sabido que, para Domingo Faustino Sarmiento, la lectura y su difusión fue una obsesión permanente, uno de los pocos temas sobre los que mantuvo una postura constante más allá de sus múltiples contradicciones. Tal es así que, ha sido considerado como “el primer productor moderno de políticas de lectura escolar” por especialistas en la materia como Gustavo Bombini. Tanto desde su exilio en Chile, donde impulsó el Método de lectura gradual (1845), acompañado de cartillas orientadoras para los maestros, como en la Argentina, su actividad en pos de popularizar la lectura fue incansable y estratégica.

Luego de su regreso al país en 1855, desde la jefatura del Departamento de escuelas diseñó una maquinaria destinada a actuar de manera efectiva en la alfabetización de la población y en la construcción del hábito lector. Para esto, fue clave la fundación del periodismo pedagógico con los anales de la educación común, publicación aun vigente, “la decana de las publicaciones educativas del país, la más antigua de las que aparecen con periodicidad hasta nuestros días”, al decir de Mario Oporto. Con esta iniciativa, el sanjuanino dio curso a su apuesta utópica de formar la opinión pública sobre la necesidad de educación a través del periódico, puesto que “esta valoración sobre la incidencia de la prensa en la sociedad moderna está, en la perspectiva sarmientina, estrechamente relacionada con la promoción de lectura y la formación de lectores” según Bombini. Esta valoración de la prensa fue temprana en la trayectoria de Sarmiento y de su amiga y sucesora en la dirección de los Anales, Juana Manso, y nos habla de ese carácter estratégico que tuvo la difusión de la lectura en sus imaginarios. Estratégico en cuanto a la publicación de escritos y actividades que evidencian el carácter progresista y actualizado del nuevo movimiento expansivo de esta práctica.

Así, en la primera etapa del periódico (1858-1875) hallamos las marcas de tales iniciativas, entre las que se destacan la exhibición de las donaciones de libros solicitadas para el incipiente “Archivo de los Anales”, destinado a conformar la “biblioteca del Maestro” con miras a la formación profesional de maestros y maestras; la apertura de Bibliotecas Populares en el interior del país abiertas al público general, entre ellas, la primera en San Juan (Biblioteca Franklin) y la segunda, en Chivilcoy, ambas en 1866, emplazadas en las ciudades de sus utopías. El periódico publicó los discursos pronunciados en la inauguración de estos establecimientos, entre los que se destacan los de Juana Manso en Chivilcoy, como también, los intercambios de cartas y prospectos para su organización, la traducción de bibliografía teórica y metodológica específica para renovar los métodos empleados hasta el momento, la producción de libros propios, como Las escuelas base de la prosperidad en los Estados Unidos (1866) de Sarmiento e incluso, la incorporación de obras de ficción orientadas a fomentar el gusto por la lectura.

Atento al movimiento contemporáneo, como siempre, y eludiendo a los moralistas, e incluso de su admirado Horace Mann, Sarmiento encontraba en la novela un anzuelo para la formación de lectores y un entretenimiento, “la novela induce a leer por lo mismo que exita una grande curiosidad”, evidencia suficiente para aceptarla. “No hago el panegírico de la novela; yo ni he probado a escribir una en mi vida. Es el siglo el que las crea i acaso es el espíritu humano el eterno inventor de novelas. El único libro de nuestro idioma, D. Quijote, es una novela; i el que le sigue Jil Blas, es otra; la Iliada; la Eneida son novelas, i son novelas todas las manifestaciones del jenio humano, hasta la historia como nos llega escrita. Mucho tienen que predicar los que contra ella se ensañan” afirmaba en una conferencia sobre Bibliotecas populares incluida en el mencionado Las escuelas….

La difusión fue estratégica también porque en los Anales se lee la fragua del primer proyecto editorial latinoamericano que el sanjuanino persiguió hasta 1884 sin conseguirlo, como también los debates entorno a aspectos materiales y simbólicos relacionados con la lectura: qué libros convenía usar, quiénes debían seleccionarlos y con qué criterios, qué ideología transmitían y cuál era su finalidad. Otra táctica consistió en la promoción de nuevos métodos de enseñanza de la lectura, en la disposición del material en cada número del periódico enlazado con los anteriores y posteriores, como también en la construcción de un destinatario al que se apuntaba a convertir en lector y colaborador de la causa de la educación.

Buena parte de esta empresa fue alentada por Sarmiento durante su estancia como embajador en los Estados Unidos (1865-1868) y a su regreso, como Presidente. Desde allí, contribuyó con envío de información e instrucciones, estableciendo enlaces con otros países y editoriales; y aquí, promulgando leyes y decretos, como la Ley de 1870 de creación de Bibliotecas Populares y la fundación de su Sociedad Protectora, tendientes a formalizar la existencia de estos espacios como condición indispensable para la formación del ciudadano moderno, concepto ampliamente compartido con Juana.

Como es de suponer, tantas innovaciones no recibieron el aval de buena parte del ámbito educativo. Así, también es posible seguir en las páginas del periódico las polémicas en torno al canon de lecturas sugeridas para formar ciudadanos. Entre ellas, se destaca la que enfrenta a Sarmiento y a Juana contra Juan María Gutiérrez, uno de sus amigos de exilio, en un debate sobre la conveniencia de incorporar novelas, lecturas de ficción y “almanaques” en estas instituciones, la problemática conformación de un mercado editorial y los intereses de los agentes del ámbito que confeccionaban materiales didácticos, como Marcos Sastre, y la misma Juana con su Compendio de Historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Después de 160 años, con un panorama sociocultural bien distinto, mediado por el imparable avance tecnológico de medios y de redes, de alguna manera originado en aquel esquema, necesitamos que la educación siga cumpliendo ese rol de integración y accesibilidad deseado por Sarmiento y Juana a través de la lectura. Vale la pena recordar en estos días al primer productor moderno de políticas de lectura escolar, activar la fuerza de su pluma y su utopía siempre incitante, para pensar hoy las políticas de Estado imprescindibles para promover la lectura en las escuelas argentinas y fuera de ellas.

 

*Magister en Letras Hispánicas, ayudante en Didáctica Especial y Práctica Docente de Letras (UNMDP).

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