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Opinión 24 de julio de 2026

Scaloni y el valor de los matices

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Por Sebastián Puglisi

 

Vivimos una época rara. Para muchos ya no alcanza con tener una convicción: hay que abrazar un extremo. Si no estás completamente de un lado, te ubican del otro. Si cuestionás a unos, sos de los otros. Si reconocés un acierto del adversario, parece que traicionaste a los tuyos. Los matices se volvieron sospechosos. Y, sin embargo, en medio de ese clima, aparece un entrenador de fútbol que eligió otro camino.

Aclaro que no conozco a Lionel Scaloni. Solo lo vi ,cómo mucho de nosotros, en los medios, en las conferencias de prensa, en las entrevistas. Pero por lo que se vio, no construyó autoridad humillando a nadie, ni dio la impresión de creerse dueño de la verdad. Escucha, corrige, cambia de opinión cuando la realidad se lo exige. Reconoce el mérito de los rivales. Protege a sus jugadores cuando fallan y reparte los elogios cuando ganan. Se emociona, llora cuando siente que tiene que llorar y jamás pareció vivir eso como una señal de debilidad. No es poco.

A mis estudiantes siempre les digo que el error no es lo contrario del aprendizaje; es lo contrario de la soberbia. El problema nunca fue equivocarse; el problema es creer que ya no tenemos nada que aprender.

También les digo que desconfíen de las modas pedagógicas que prometen soluciones definitivas, porque la educación, como el fútbol, es demasiado humana para enamorarse de recetas. Quizás por eso respeto a Scaloni: nunca necesitó parecer infalible para ser un gran conductor. Nunca quiso mostrarse pareciéndose a Menotti, o a Bilardo. Y quizás por eso despierta tanta admiración, no solo por los títulos, sino por la forma.

Responde con prudencia en un tiempo que premia las frases rotundas. Compite con intensidad sin perder la serenidad, aun cuando todo a su alrededor invita a convertir cualquier diferencia en una guerra. Y demuestra que, cuando parecería obligatorio elegir un bando y subir la apuesta, la fortaleza también puede habitar en los matices.
Esto va mucho más allá del fútbol. Durante años confundimos moderación con tibieza, como si escuchar fuera un signo de debilidad, como si reconocer un error nos hiciera menos inteligentes, como si emocionarse nos volviera menos fuertes. Tal vez sea exactamente al revés. La verdadera fortaleza no está en aferrarse a una idea pase lo que pase, sino en sostener principios sin perder la disposición a aprender. Una cosa es tener convicciones. Otra, muy distinta, convertirlas en trinchera.

Scaloni nunca pareció obsesionado con tener razón. Pareció más interesado en encontrar la mejor respuesta para cada momento. Y eso exige algo que hoy escasea: humildad.

No sé si ese camino sirve para toda la política ni para toda la educación. Sería ingenuo afirmarlo. Pero sí sospecho que, en una sociedad cada vez más enamorada de los extremos, conviene volver a valorar a quienes construyen puentes en lugar de cavar trincheras. Porque quizás no sea el medio lo que necesitamos. Quizás lo que necesitamos sea recuperar el valor de los matices.