La Ciudad

Se va para siempre Pehuén, un ícono de la noche marplatense

La tradicional parrilla de Playa Grande cerró sus puertas. No sobrevivieron a la cuarentena decretada por el coronavirus. Arreglos con los empleados y recuerdos eternos.

Hiperinflación, restricciones horarias, cambios sociológicos a la hora de divertirse, controles de alcoholemia, entre otros embates de la realidad, fueron capeados a través de las décadas con espíritu emprendedor por los propietarios de la parrilla Pehuén. Pero el Covid-19 pudo con ellos y el tradicional establecimiento gastronómico cerró sus puertas a principios de esta semana.

Con más de 35 años en el mercado, el tradicional bar-restaurante (que supo ser uno de los primeros escenarios públicos del cantante Diego Torres) cerró sus puertas de forma definitiva. “Cerramos antes de la cuarentena obligatoria y desde ese entonces empezamos a mirar las alternativas para ver cómo salíamos. Pero en el corto plazo no le veo salida”, contó Hugo Santa María, alma máter y propietario de la parrilla junto a su amigo “Gori” Amengual.

“La gastronomía se va a reinventar, pero se nos complicaba mucho, sobre todo con un local tan grande que con la mitad de los comensales no nos daba rentabilidad”, detalló al describir los 1400 metros cubiertos del espacio ubicado al 3600 de Bernardo de Irigoyen.

Nacida en 1981 como cancha de paddle, en una época en la que ese deporte ganaba adeptos y se convertía en moda, el local se transformó en “una parrillita” que en un principio fue sede de muchos terceros tiempos de rugby, hasta transformarse en un mojón gastronómico inevitable, tanto para marplatenses como turistas.

Al espacio gastronómico, que se fue renovando con el paso de los años, se le fueron añadiendo un bar irlandés, escenario para recitales en vivo y la cancha de fútbol que sobrevivió a casi todo.

-Recuerdos

Con muchos comensales famosos, desde deportistas a artistas, pasando por cantantes y políticos, Pehuén ganó su nombre debido “a un pino que había en el terreno de al lado. Pregunté como se llamaba y me dijeron pehuén, y así bautizamos el lugar”, recordó Santa María.

La “parrillita” fue ganando metros cuadrados, adjuntando una propiedad vecina, mutando la cancha de pádel en otra de fútbol cinco (con el césped recién renovado), una amplia barra que da forma al bar irlandés y el sector comedor con capacidad para más de 200 mesas.

En los últimos tiempos el local contaba con “unos 20 empleados”, con los que “arreglamos todas las cuentas”, muchos de los cuales se llevan además de la indemnización recuerdos eternos de las noches invernales. “Por acá pasó todo el mundo -rememoró Santa María-, en el ’95 terminamos de explotar con los shows en vivo. Hasta Charly García cantó“. El cantante residente fue, durante años, Gastón Leandro, que siempre invitaba “a alguien” para el show.

Muchos otro recuerdan los encuentros durante las noches de días hábiles en pleno invierno, cuando se “armaban” distintos programas que inevitablemente comenzaban con una porción del “matambrito” tiernizado -una de las especialidades de la casa- o la famosa proloveta.

“Me voy invicto, nunca comí el matambrito”, dijo Santa María, vegetariano confeso que nuevamente volverá a su profesión original: la arquitectura. “Yo trabajaba con Fernando Miconi y asociados, puse la cancha de pádel y después fue creciendo tanto que me volqué completamente. Ahora vuelvo a la arquitectura”, reseñó.

Con cierto dolor, pero a la vez tranquilidad, Santa María indicó que “ya arreglamos con todos los empleados, pagamos todo, algunas de las cosas de restaurante las venderemos, pero tenemos que desarmar todo y eso nos va a llevar un tiempo”.

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