Por Eduardo Marostica (*)
Cuando releo noticias y posteos acerca del derrotero de los padecimientos físicos y la posterior muerte de Silvina Luna, encuentro mensajes de tristeza, por supuesto, otros cargados de indignación y muchos más acusando al cirujano Aníbal Lotocki. En 2011, la modelo se había sometido, con este profesional, a una intervención con polimetilmetacrilato para aumentarse el volúmen de sus glúteos. Unos años después fue hospitalizada por cálculos renales. Los estudios médicos determinaron que ese problema era producto de lo que Lotocki le había aplicado, sustancia no autorizada para el tipo de cirugía, pero que se continúa utilizando en medicina estética para corregir arrugas del rostro y aumentar el tejido labial. Digamos que, de una manera u otra, el compuesto se utiliza con fines “estéticos”.
Y aquí me quiero detener, porque esta estética se manifiesta a través de una serie de parámetros tan patriarcales como neoliberales.
El machismo ubica a la mujer en un lugar de objeto de deseo del varón, debe ser “consumible”, y en este sentido, los lineamientos que debe cumplir cualquier chica son precisamente a los que, a cualquier precio, muchas mujeres se someten. Hace unos años me enteré de que a ciertas adolescentes quinceañeras “les regalan las lolas”. Recordé entonces lo que aseguraba un médico con quien trabajé: que aumentar la morbilidad del cuerpo por una cuestión estética era un riesgo que él no podía entender. ¿Abrir tu cuerpo y lacerarlo para agregar un elemento extraño sólo para verte en el espejo como marca el mandato?
Las exigencias patriarcales, para el caso de los varones por ejemplo, repercute en guardarse los dolores y las quejas por reconocer en el médico una amenaza. Como bien ironiza un standupero mexicano, “mi esposa me insistió con que fuera al médico, y volví con un cáncer de próstata”. Las chicas viven con la pesada carga de gustar y despertar el deseo de los otros. El espejo termina siendo la metáfora de la presión social estereotipada.
Este tiempo neoliberal que transitamos, se ha instalado con algunos preceptos de rendimiento y performatividad de nuestra vida: el trabajo, la belleza, la intimidad, entre otras cosas… Todo tiene que tener una buena performance. Tal vez ya no haya alguien que nos diga admonitoriamente qué debemos hacer y qué no, pero una voz interior nos obliga a alinearnos dentro de estos mandatos.
Envejecer es mala palabra y borrar las marcas del paso del tiempo se convirtió en un hábito. En los 90, el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard planteaba que vivimos en una sociedad que intenta extirpar quirúrgicamente lo malo, sin darnos cuenta de que cualquier intento de liberarnos de la parte maldita es ingresar a un paraíso artificial. Tal vez el paraíso que injustamente le vendieron a Silvina Luna, y ella, tan convencida como atrapada, compró.
(*) Psicólogo rosarino y autor del libro “En el ojo de la tormenta, reflexiones sobre la construcción de las masculinidades” y de la nouvelle juvenil “El viaje de Camila”.
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