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Opinión 7 de enero de 2026

Sonia Fava: escenas de una vida marplatense

A un mes de su partida, Mar del Plata recuerda a una mujer que hizo de la solidaridad, la cultura y el compromiso cívico una forma cotidiana de vivir la ciudad.

Por Dr. Martín Zemel

Hay escenas que explican una vida. Sonia Fava recordaba que, de niña, era ella quien debía despertar a su padre, Don Juan, después de la siesta: un gesto simple, casi doméstico, pero cargado de confianza, afecto y responsabilidad. Esa imagen temprana anticipaba lo que sería su caminar por Mar del Plata: una presencia comprometida y siempre dispuesta a acompañar a su comunidad.

Esa cercanía con su padre no se limitaba al ámbito familiar. Desde muy pequeña acompañó a Juan Fava, concejal y posteriormente intendente municipal, en actos, recorridas y actividades de la vida pública marplatense, observando de cerca cómo el compromiso cívico se ejercía con dedicación y respeto. Retratos de aquella niñez aparecen en las fotos de sus padres, Rita y Juan, en la inauguración del actual Palacio Municipal en 1938, donde ella los saludaba junto a sus tías, o cuando flameó una banderita saludando a la comitiva que recorría la finalización de la Ruta 2 ese mismo año, como también recorriendo en triciclo las veredas del barrio de La Perla, asistiendo en 1941 al estreno de “Lo que el viento se llevó” en el Cine Atlantic de Luro y Jujuy, caminando en la nueva Rambla Casino en 1942, o tomándose una foto en la fundación del “Asilo” Municipal de Ancianos en 1964. Eran los años de una ciudad emergente construida colectivamente por sus vecinos y por instituciones como la Asociación de Propaganda y Fomento, el Rotary Club y el socialismo marplatense, entre otros. Aquellos momentos, vividos primero como espectadora curiosa y luego como participante activa, moldearon su sensibilidad social y su modo de entender la ciudad.

Con el tiempo, esa sensibilidad se transformó en una participación constante y visible en la vida institucional de Mar del Plata. Fue contundente su compromiso con el Museo Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino, participando en la Asociación Amigos del Museo de la Ciudad, que presidió cerca de treinta años, como su acompañamiento a múltiples espacios culturales: la puesta en valor de Villa Victoria luego de su traspaso de la UNESCO al municipio, el apoyo a su querida Banda Municipal de Tango y el impulso a músicos, bailarines, artistas plásticos, historiadores y gestores culturales. Sonia creía profundamente que el arte y la cultura fortalecen a una comunidad, y lo demostraba con hechos.

Del mismo modo, en el Rotary ocupó un lugar reconocido y activo. El legado de su padre – quien llegó a ser Gobernador del Distrito Rotario – la impulsó a apoyar a los clubes de la ciudad, hasta convertirse en socia fundadora y primera presidenta del Rotary Club Del Mar, como también presidente honoraria de varios clubes y contribuyente de la Fundación Rotaria Internacional. Siempre dispuesta a impulsar proyectos, articular voluntades, acompañó iniciativas que beneficiaron a cientos de marplatenses y batanenses, como lo fue su incondicional apoyo durante 23 años al Programa Red de Sonrisitas para jardines y escuelas municipales. Su trayectoria la hizo merecedora de numerosos reconocimientos, entre ellos las “llaves de la ciudad” y el título de Ciudadana Ilustre. No era raro que algún alto funcionario se preguntara si existía algún premio que aún no hubiera recibido.

Sonia era una figura con protagonismo propio en la vida social marplatense: estaba presente, se hacía escuchar y encaraba con una singular tenacidad proyectos que pocos imaginarían en manos de una sola persona.

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Esa manera de vivir la ciudad se sostuvo siempre en valores que la definían: el compromiso, la cercanía y el cuidado de los vínculos. Aunque la vida no le dio hijos, cultivó amistades profundas y duraderas, y reunió a su alrededor un numeroso grupo de “ahijados” que atravesaban generaciones. Sabía estar cuando hacía falta, acompañar en los momentos importantes y celebrar cada logro ajeno como propio. Su vida social era intensa, pero jamás superficial: encontraba en las personas una fuente de energía y sentido, y en cada encuentro una oportunidad para unir, apoyar y construir comunidad.

En el deporte encontró también un espacio particular para compartir con amigos y fortalecer vínculos. Participó en los años fundacionales del Club Mar del Plata “Golf Los Acantilados”, y en el golf cosechó numerosos premios. Siempre recordaba con orgullo que en 1967 fue la primera mujer marplatense en ganar el Tee de Oro en el Club de Sierras de los Padres, y solía bromear diciendo que, si no la hubieran hecho jugar únicamente con mujeres, seguramente también les habría ganado a los hombres. En ese comentario, entre risas, asomaban su espíritu competitivo, su ironía y su decisión de ocupar espacios en ámbitos que durante mucho tiempo estuvieron reservados a otros.

Muchos la conocieron también desde su actividad empresarial, que inició cuando su padre la invitó a sumarse al entonces Centro Fava. En un tiempo en el que las mujeres tenían escasa presencia en espacios de decisión, Sonia solía contar que asumió el desafío con incertidumbre, pero con determinación. Acompañada inicialmente por su esposo Eduardo y, luego, por el apoyo vital de sus sobrinos y familiares, contribuyó a consolidar el actual Grupo Fava. Tenía un cariño especial por aquellos que trabajaban en la empresa: nunca perdió la costumbre de compartir un café o un almuerzo con quienes habían comenzado de jóvenes y con el tiempo asumieron responsabilidades gerenciales.

Ese entramado de gestos, presencias y acciones encontraba siempre su punto de partida en un profundo amor por Mar del Plata. Sonia conocía la ciudad en sus barrios, en sus instituciones y en sus historias mínimas; sabía leer sus necesidades y celebraba sus logros como si fueran propios. Para ella, la ciudad no era un escenario: era un vínculo afectivo, un espacio compartido que se fortalecen con la participación, la cultura y la solidaridad. En sus últimos años, se conmovía escuchando “A mi manera”, de Frank Sinatra, convencida de que había vivido en la ciudad donde nació con la misma intensidad con la que vivía sus relaciones: con entrega, convicción y un sentido claro de pertenencia.

Sonia Fava hizo de la solidaridad, la cultura y el compromiso cívico una forma cotidiana de vivir Mar del Plata. Dejó huellas profundas en las personas y en las instituciones que acompañó, y por eso permanece hoy en la memoria compartida de la ciudad. A un mes de su partida, su legado nos recuerda que amar una ciudad también es cuidarla, acompañarla y construirla todos los días.