Tras la final, teorías conspirativas y racismo: las redes y ese mundo paralelo que a veces se parece a una cloaca
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“Acá pasó algo raro”. La frase se repite desde hace varios días. Aparece en conversaciones de café, en grupos de WhatsApp, en la radio, en las redes sociales y hasta en charlas familiares. En Mar del Plata, en Tucumán o en Chubut. Cuando uno pregunta qué fue exactamente lo que ocurrió en la final del Mundial, la respuesta casi nunca cambia: “Ya se va a saber”. Nadie aporta una prueba concreta. Nadie muestra un documento. Nadie identifica una fuente verificable. Sin embargo, la sospecha queda flotando en el aire y, para muchos, alcanza para alimentar la idea de que detrás de la derrota argentina frente a España hubo algo más que un resultado deportivo. Lo interesante es que esa frase dice mucho más sobre la época que estamos viviendo que sobre el propio Mundial. Porque la expresión “ya se va a saber” resume como pocas el funcionamiento de las teorías conspirativas contemporáneas. No necesita demostrar nada. Alcanza con instalar la posibilidad de que exista una verdad oculta que alguien se empeña en esconder. La ausencia de pruebas deja de ser una debilidad del relato y se transforma, paradójicamente, en la supuesta evidencia de que el encubrimiento es real.

Lo cierto fue que cuando el árbitro marcó el final del Mundial, España levantó la Copa y Argentina perdió la posibilidad del bicampeonato. Parecía que el partido había terminado. En realidad, apenas comenzaba otro. Uno mucho más difícil de medir: el que se juega todos los días en las redes sociales. En cuestión de horas aparecieron dos fenómenos que parecen contradictorios pero que, en realidad, se alimentan mutuamente. Desde afuera crecieron las acusaciones contra la Argentina, con un discurso que volvió a instalar al país como supuesto símbolo de racismo, trampas arbitrales y privilegios otorgados por la FIFA. Desde adentro, al mismo tiempo, explotó una catarata de teorías conspirativas para explicar una derrota que, futbolísticamente, tuvo una explicación mucho más sencilla: España jugó mucho mejor. Dos relatos opuestos. Un mismo combustible: las redes sociales. No es un fenómeno nuevo. Desde el Mundial de Qatar 2022, la Selección Argentina quedó en el centro de una conversación global que fue mucho más allá del fútbol. Primero, aparecieron las acusaciones de que Lionel Messi había sido “beneficiado” por la FIFA. Después, llegaron los cuestionamientos arbitrales.

La composición étnica de la Selección también fue utilizada como supuesto argumento para sostener que la Argentina es un país racista, ignorando siglos de historia, procesos migratorios y transformaciones demográficas que no pueden resumirse en un video de TikTok o un hilo de X. La lógica de las plataformas digitales favorece precisamente eso: cuanto más extrema es una afirmación, más circulación obtiene. Y mientras desde afuera crecían esas acusaciones, en la Argentina comenzó el movimiento inverso. La derrota frente a España generó una necesidad casi desesperada de encontrar explicaciones extraordinarias para un resultado doloroso. Aparecieron versiones sobre un supuesto pacto entre la UEFA y Gianni Infantino para garantizar que un europeo volviera a ser campeón del mundo; historias sobre un árbitro presuntamente extorsionado; teorías acerca de presiones políticas sobre los jugadores; interpretaciones conspirativas de la arenga de Lionel Messi; sospechas sobre apuestas clandestinas, amenazas a familiares de los futbolistas y hasta especulaciones alrededor de la bandera argentina con la inscripción “Las Malvinas son argentinas”. También circularon análisis que intentaban encontrar mensajes ocultos en cada gesto. ¿Por qué Scaloni no puso a Lautaro Martínez? ¿Por qué Argentina prácticamente no remató al arco? ¿Qué quiso decir realmente Messi cuando pidió “olvidarse de todo”? ¿Qué significó el enigmático mensaje posterior de Cristian Romero? Cada vacío fue llenado con una teoría.

En las redes las pruebas muchas veces son un detalle menor. El fenómeno llegó incluso a la política. El presidente Javier Milei compartió un mensaje del empresario Martín Varsavsky, quien vinculó las críticas internacionales contra la Argentina con el éxito económico del Gobierno y con una supuesta reacción de “la izquierda planetaria”. La lectura presidencial trasladó una discusión futbolística al terreno ideológico y convirtió la conversación sobre la Selección en un nuevo capítulo de la polarización política. Así, el fútbol volvió a mezclarse con la política, precisamente cuando durante años se reclamó que ambas dimensiones permanecieran separadas. Los algoritmos no premian la moderación. Premian la indignación. Premian el enojo. Premian el conflicto. Una publicación que acusa a un país entero de racista tendrá mucha más circulación que un análisis histórico sobre la inmigración argentina. Del mismo modo, una teoría que habla de una conspiración internacional despierta mucho más interés que aceptar que un rival jugó mejor.

La consecuencia es conocida: las posiciones más extremas parecen mayoritarias cuando, probablemente, no lo sean. Las redes producen un efecto de amplificación. Un pequeño grupo muy activo puede instalar la sensación de que existe un consenso global. Lo mismo ocurre con los discursos de odio. Lo que aparece miles de veces en una pantalla termina pareciendo una verdad colectiva, aunque en la vida cotidiana millones de personas ni siquiera participen de esa conversación. Eso no significa minimizar el problema. Porque las campañas digitales también construyen reputaciones. Hoy un país puede ser asociado en pocas semanas con conceptos como racismo, corrupción o privilegios arbitrales simplemente porque miles de cuentas repiten los mismos mensajes. Del mismo modo, una derrota deportiva puede transformarse en la materia prima perfecta para fabricar conspiraciones capaces de obtener millones de visualizaciones. En ambos casos, el mecanismo es idéntico: sustituir los hechos por relatos emocionalmente más atractivos.

Lamentablemente, la lógica de las plataformas digitales hace tiempo dejó de depender de la calidad de la información. Lo que realmente premian los algoritmos es la capacidad de generar reacciones. La investigadora del Conicet Natalia Aruguete, una de las mayores expertas argentinas en circulación de información y desinformación, sostiene que los usuarios no compartimos contenidos únicamente porque sean ciertos, sino porque refuerzan nuestras creencias y fortalecen nuestra identidad dentro de un grupo. En las redes, explica, la emoción suele imponerse sobre la verificación y la difusión depende, en gran medida, de aquello que despierta indignación, sorpresa o enojo. Por su parte, el investigador argentino Pablo Boczkowski, profesor de la Universidad Northwestern, coincide en que las plataformas favorecen formas de consumo rápidas, fragmentadas y profundamente emocionales. En ese contexto, una publicación que provoque furia o confirme un prejuicio tiene muchas más posibilidades de viralizarse que un análisis pausado o una investigación basada en evidencias. No es una falla del sistema. Es, en buena medida, la lógica sobre la que está construido. Y esa lógica tiene una consecuencia evidente…

El odio se convirtió en un activo de enorme valor económico. Cada comentario agresivo genera respuestas. Cada respuesta multiplica la interacción. Cada interacción mantiene durante más tiempo a los usuarios frente a la pantalla. Ese tiempo se traduce en datos, publicidad e ingresos para las plataformas. Desde esa perspectiva, la indignación deja de ser simplemente una emoción humana para convertirse también en un modelo de negocios. Por eso, quizás, las redes sociales dejaron hace tiempo de ser apenas una herramienta de comunicación. En muchos momentos terminan funcionando como un mundo paralelo que, por momentos, se parece a una cloaca. No porque todo lo que circula allí sea falso o despreciable, sino porque los contenidos más tóxicos suelen encontrar un terreno especialmente fértil para expandirse. La agresión, la descalificación y las teorías conspirativas obtienen una visibilidad muy superior a la que logran los matices, las dudas o las explicaciones complejas.

El deporte ofrece un escenario ideal para que ese mecanismo se despliegue. El Mundial moviliza identidades nacionales, emociones extremas y millones de personas pendientes de una misma conversación global. En ese contexto, aceptar que un rival fue superior puede resultar más difícil que creer en una explicación conspirativa. La teoría del complot ofrece algo que el deporte muchas veces no puede dar: una respuesta sencilla para una realidad incómoda. Sin embargo, sería un error creer que este fenómeno termina en el fútbol. La misma lógica apareció durante la pandemia, reaparece en cada proceso electoral, se replica en conflictos internacionales y atraviesa buena parte del debate público. Vivimos en una época en la que la sospecha parece tener más prestigio que la evidencia y donde una mentira emocionante suele recorrer el mundo mucho antes de que la verdad alcance a ponerse en marcha. Quizás por eso la frase “ya se va a saber” resulta tan inquietante. Porque ya no expresa una búsqueda legítima de respuestas. En demasiadas ocasiones funciona como una invitación a creer sin pruebas, a desconfiar sin evidencias y a sustituir los hechos por relatos construidos sobre emociones. Ese, probablemente, sea el verdadero partido que dejó este Mundial. No el que enfrentó a Argentina con España durante 120 minutos, sino el que todos los días disputan la evidencia y la sospecha, la información y la desinformación, la reflexión y el algoritmo. Y en ese campeonato, lamentablemente, el odio sigue jugando con ventaja. Las pruebas vuelven a estar a la vista.
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