Opinión

Trump, el chavismo residual y la respuesta de Humpty Dumpty

Panorama político nacional de los últimos siete días

El sábado 3 de enero, después de que Donald Trump confirmó la operación militar estadounidense que concretó la captura de Nicolás Maduro y su mujer en una fortaleza venezolana, el gobierno argentino expuso un jubiloso apoyo a esa intervención; Javier Milei consideró que, apartado Maduro, el camino a seguir debía ser la asunción de Edmundo González, el candidato que ganó las últimas elecciones en Venezuela,fue reconocido por numerosos gobiernos y vive en el exilio. “Edmundo debería asumir. Los cómplices del régimen deberían seguir la misma suerte (que Maduro)”, afirmó.

Eso fue antes de que Trump defenestrara verbalmente a María Corina Machado (la lideresa de la fuerza que promovió la elección de González) e informara que Delcy Rodríguez –la vice que eligió Maduro- había sido juramentada como presidenta interina, encabezaría un gobierno de transición y que las autoridades estadounidenses estarían en contacto con ella: “Nos dijo haremos lo que necesiten,” relató Trump, quien también señaló que “si ella no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más que Maduro”.

Después de esas definiciones, la Casa Rosada dejó de ejercitar la interpretación libre de los acontecimientos de Venezuela, se atuvo al alineamiento con las medidas y eventuales virajes narrativos que pudiera adoptar Washington y procuró sensatamente que el gobierno de Trump jerarquice en su lista de demandas la liberación de Nahuel Gallo, el gendarme argentino que lleva más de un año como prisionero del régimen venezolano, antes, de Maduro, ahora de Delcy Rodríguez.

Madurismo sin Maduro

Aunque no sea exacto que el plan de Trump sea “madurismo sin Maduro”, como expuso Andrés Oppenheimer en el Miami Herald , lo cierto es que – lo afirmamos en esta columna en agosto de 2024- la de Madura no era una tiranía personal, se había convertido en una dictadura corporativa: “el gobierno de Maduro fue asumiendo una deriva cada vez más autoritaria sostenida exclusivamenete por la fuerza y controlada por la corporación militar”. El mandatario de Estados Unidos ha tenido que matizar un poco sus propias declaraciones de primera hora después de la aprehensión de Maduro, cuando enfatizó que “no podemos permitir que nadie del régimen esté en el poder”. En los hechos, aunque evidentemente condicionada por el poderío exhibido por Trump y por sus amenazas (“Estados Unidos va a tomar todas las opciones militares que sean necesarias Los líderes de Venezuela deben entender que lo que le pasó a Maduro les puede pasar a ellos”), la dirigencia corporativa que mandaba con Maduro (“los líderes de Venezuela”) sigue en sus puestos y manejando el día a día. Algo se ha negociado con ellos (con todos o con algunos, las circunstancias lo revelarán).

“En lo inmediato, nosotros no tenemos la capacidad de poner en el poder a la oposición democrática, pero las fuerzas militares y de seguridad tampoco tienen la capacidad de resistirse a Trump”, confió una fuente de inteligencia al Washington Post.

“Es una negociación asimétrica –define el analista español Álvaro Frutos Rosado-. Pero toda negociación, incluso la más desigual, implica un intercambio. Nadie que no tenga nada que ofrecer negocia. Y Delcy, evidentemente, ofrece algo: acceso, control, mando sobre estructuras que no se disuelven con un comunicado de prensa. Venezuela es un país hiper armado y militarizado. Milicias, colectivos, aparatos de inteligencia, redes criminales con lealtades políticas, mandos militares comprometidos. Si el poder chavista hubiese sido simplemente decapitado sin acuerdo, el resultado habría sido inmediato: violencia selectiva primero, guerra civil después”.

Esa negociación asimétrica frustró expectativas de María Corina Machado y sus seguidores, que vieron los acontecimientos de la madrugada del 3 de enero como una puerta hacia el gobierno de Venezuela.

En rigor, Washington venía negociando con Caracas ya antes del gobierno de Trump.

Dos años atrás señalamos en este espacio que “Maduro fue ablandado con ventajas que ofreció la administración de Estados Unidos. Entre otras cosas, se suavizaron sanciones que pesaban sobre exportaciones de energía y minerales de Venezuela en un momento de graves dificultades económicas del régimen”. Por ese camino Maduro fue inducido a firmar, en octubre de 2023, el acuerdo de Bridgetown que abrió el camino a las elecciones que ganaría la fuerza liderada por María Corina Machado y de las que el régimen venezolano se declararía fraudulentamente vencedor. ¿Apartado Maduro era acaso la hora de la oposición, asumiría el candidato de María Corina? Trump juzgó que a ella “le sería muy difícil estar al frente del país. No cuenta con apoyo ni respeto dentro de su país. Es una mujer muy amable, pero no inspira respeto”. Está claro que ella pudo organizar una campaña electoral sumamente ardua, pero no podría gobernar la Venezuela eventualmente caótica y anarquizada de la etapa postMaduro.

“En transiciones duras se negocia con quien puede apagar o prender el incendio, no con quien tiene la razón moral, por lo menos en esta etapa”, explica el teniente general Juan Martín Paleo, ex jefe del Estado Mayor Conjunto en Argentina.

La Casa Blanca comprende que, sin esa negociación con el postmadurismo, en las actuales circunstancias tendría que incrementar –no reducir– su intervención militar y enviar tropas algo que contraría las promesas y, a la larga, los intereses de Trump, que este año afronta elecciones. Por eso emplea a la pur sang chavista Delcy Rodríguez como procónsul.

“Si Trump no logra doblegar a Rodríguez por las buenas, necesitaría ordenar una invasión a gran escala, lo que no sería muy popular en EEUU- apunta Oppenheimer en el Herald de Miami. Y citando fuentes de Washington agrega:- necesitaría mandar entre 30.000 y 50.000 soldados a Venezuela para tomar el gobierno. Otros exfuncionarios hablan de hasta 200.000 tropas, y dicen que habría muchas bajas”

Trump: amenazas y acciones

Trump no quiere eso, claro; él prefiere arrolladoras operaciones touch and go (la captura de Maduro, que duró 47 segundos, el bombardeo a las instalaciones de enriquecimiento de uranio de Irán) o el telecontrol, como el que ejercitará sobre Venezuela con la intención de desarticular el régimen evitando un caos y, conducir así una transición de plazos necesariamente inciertos.

También para obtener réditos que lubriquen sus vínculos con la sociedad estadounidense (donde la aventura venezolana no cuenta aún con consenso favorable y su propia imagen ha decaído en las encuestas de opinión): prioridad estadounidense sobre la explotación de petróleo (y ciertos minerales) de Venezuela, canalización del ingreso venezolano a la compra de productos estaadounidenses y reducción de los precios del petróleo para bajar el costo doméstico de la gasolina, un factor influyente sobre la opinión de los norteamericanos.

Trump ha diseñado el proceso venezolano como un protectorado estadounidense sobre Venezuela y en ese esquema, por ahora Delcy Rodríguez, la “presidenta encargada” de Venezuela actúa como procónsul y el secretario de Estado Marco Rubio, a quien llaman “el virrey” en Washington, es el que maneja cotidianamente el joystick.

La tutela, de Bayona a Caracas

Cada vez que una gran potencia declara que una nación ya no puede gobernarse por sí misma, no está describiendo un hecho: está produciendo una relación de poder

En 1808, Napoleón Bonaparte lo hizo en Bayona, cuando apartó a Fernando VII y colocó a su propio hermano José Bonaparte –Pepe Botella- en el trono español, no presentó el gesto como una conquista. Habló de orden, de reforma, de racionalización de un Estado incapaz de gobernarse. España no sería una provincia francesa, sino un reino “regenerado” bajo tutela. La soberanía, formalmente intacta, quedaba en los hechos delegada. Más de dos siglos después, Estados Unidos produce un hecho comparable en Caracas. Cambian los lenguajes, cambian las legitimaciones, pero el mecanismo es reconocible: la suspensión de la soberanía con el argumento de un bien superior. En verdad, como un hecho de puro poder.

La situación venezolana, salvando las distancias históricas, exhibe un razonamiento similar. Nicolás Maduro es presentado no como un adversario político legítimo, sino como un usurpador que invalida la soberanía que dice encarnar, como un delincuente. Desde esa premisa, la “tutela” estadounidense justifica la dominación como administración transitoria que no sustituye al pueblo venezolano, lo protege de sí mismo. .

Fernando VII era el rey incapaz; Maduro, el presidente corrupto e ilegítimo. Pero en ambos, la solución propuesta no es la autodeterminación interna sino una soberanía asistida, vigilada, condicionada desde afuera. En ambos casos, la tutela no es una solución provisional, sino una redefinición del problema: el soberano deja de ser el pueblo y pasa a ser el tutor.

La historia española (y la hispanoamericana, como un eco) ofrece una advertencia. La tutela napoleónica no estabilizó el poder: lo fragmentó. Generó resistencia, autonomías locales, una revolución constitucional inesperada. El intento de gobernar España desde Bayona terminó por abrir un proceso que Napoleón no controló y que, paradójicamente, erosionó el orden que pretendía imponer.

Las tutelas imperiales suelen ignorar este punto: pueden desplazar gobiernos, pero difícilmente produzcan legitimidad. Pueden administrar territorios, pero no fabrican obediencia duradera. Y, sobre todo, tienden a desencadenar dinámicas políticas que desbordan al tutor.

De Bayona a Caracas, el problema no es solo quién gobierna, sino quién decide quién puede gobernar. Cuando una potencia se arroga ese derecho, la crisis deja de ser exclusivamente interna y pasa a ser, también, una disputa sobre el sentido mismo de la soberanía.

El gobierno de Donald Trump no explica en términos de democracia sus movimientos en Venezuela (como tampoco su ominosa intención de enviar tropas propias a combatir el narcotráfico en México; ni a apoderarse de Groenlandia si la población local y Dinamarca, su metrópoli, se resisten a concedérsela o vendérsela). Por cierto, la gran Hanna Arendt explicó hace medio siglo en Sobre la violencia (Alianza Editorial) que “El poder no necesita justificación, pues es inherente a la existencia misma de las comunidades políticas; lo que sí necesita es legitimidad”. Trump explica el episodio venezolano y sus pretensiones en México o Groenlandia en términos de la sehuridad de su país y el despliegue de sus intereses.

Desde luego, tanto la intervención directa de Estados Unidos como la idea del protectorado confirman la idea de que Trump encarna una presidencia imperial que arrasa con consensos y con principios de la legalidad internacional consolidados despu’es de la Segunda Guerra.

Si bien se mira, esos loables valores han quedado parcial o totalmente descolocados por los cambios cada vez más acelerados ocurridos en el mundo, suscitados por la revolución de la tecnología y las comunicaciones: la frontera entre el adentro y el afuera se diluye. Acota Fruutos Rosado: “Hemos entrado en un tiempo donde las instituciones que debían proteger a los débiles solo pueden narrar su derrota con buena sintaxis. Venezuela no es solo la historia de un dictador caído ni de una transición tutelada. Es el relato de un mundo que ha renunciado a fingir que existe un árbitro imparcial”..

La única verdad

Ya señalamos repetidamente en este espacio que Estados Unidos interviene por sus propios motivos, enumerados en el documento sobre Seguridad Nacional publicado en noviembre de 2025. Y destacámos que Estados Unidos ha convertido a América Latina en su prioridad estratégica. Subrayámos alguno de sus párrafos: “queremos asegurar que el Hemisferio Occidental (como designan a las Américas) se mantenga razonablemente estable y lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave”.

Estamos ante algo más profundo que una vulneración puntual del derecho internacional (por no hablar del derecho interno de Estados Unidos, tema que también se discute). Estamos ante su irrelevancia práctica. El derecho internacional existe mientras las grandes potencias aceptan limitarse por él. Cuando dejan de hacerlo, el derecho no desaparece: se convierte en retórica.

Cabe aquí la frase con la que Humpty Dumpty cierra una discusión con Alicia, en el A través del Espejo: “El problema es saber quién manda. Eso es todo”. O, para aclararla, lo que podría denominarse el corolario Malamud (por el lúcido analista argemtino Andrés Malamud): “En este momento, los que tienen la razón, es decir, el mundo y Corina Machado, no tienen el poder. Y los que tienen el poder, no tienen la razón. Porque no ganaron las elecciones. Y hoy, lo que manda es el poder”.

 

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