El asesinato de un adolescente durante un tiroteo rodeado de versiones cruzadas volvió a exponer el abandono estatal, la violencia ligada al robo de motos y la presencia narco en el barrio Nuevo Golf, uno de los más conflictivos del sur marplatense.
La muerte de Sergio Otero (16) en las calles del Nuevo Golf tras un tiroteo en el que se dispararon más de 30 proyectiles desnuda la violencia permanente y reiterada en ese barrio ubicado al sur de la ciudad. Robos, drogas, armas de fuego y sangre le dan contexto a un lugar que parece olvidado y perdido.
“Son dos bandas dedicadas al robo de motos” comentaron a LA CAPITAL los vecinos del barrio que a esta altura ya han normalizado este tipo de situaciones. Como así también los homicidios o heridos de bala vinculados a los points de droga que abundan y que son allanados, anulados y reconstruidos.
Es que en Nuevo Golf el miedo ya no sorprende: se naturalizó. Calles intransitables, sin asfalto y con zanjas profundas, basura y autos quemados marcan el pulso cotidiano de un barrio donde la ausencia del Estado se siente tanto como el sonido de los tiros. Ya no hay que esperar a que empiece a oscurecer: más de 30 disparos se hicieron oír el sábado a las 16.30 en la esquina de Cerrito y 81, la zona más al sur del barrio.
Los enfrentamientos armados entre bandas de violentos -no confundir con organizaciones criminales sofisticadas- dejaron de ser episodios excepcionales para convertirse en escenas repetidas. Disparos que cruzan manzanas, motos que aparecen y desaparecen, autos baleados y jóvenes armados circulando a plena luz del día.
En ese contexto, el robo de motos es casi moneda corriente: vehículos que se llevan en segundos y que muchas veces reaparecen vinculados a otros delitos, o que se las apropia otra banda del mismo barrio. Según un vecino ocurre que “los pibitos afanan motos y después vienen los grandes y se las sacan; los pibes se cansan y empiezan a los tiros”. “Está cada vez peor. Pasa seguido. Acá se puede conseguir lo que quieras; armas, droga…”, agrega otro vecino que pide no salir ni en la foto ni revelar su nombre. Hay miedo.
Sobre el tiroteo del sábado hay diversas versiones, incluso una que llama la atención: “El pibe (en referencia a Olivares) iba en el auto a la casa de la novia, ahí aparecen las motos y lo balean”.
Otra persona se acercó hasta el kiosco que se encuentra a metros de la esquina fatal y da su explicación : “Fueron los transas de abajo (señala hacia Mario Bravo). Aparecieron de la nada entre 10 o 12 motos y empezaron a los tiros”, dijo indignada ante la consulta del periodista de LA CAPITAL.
“La policía sabe quiénes son”, refirió otro vecino que vive a media cuadra de Cerrito y 81. Y agregó con resignación: “El barrio se va a favelizar como en Colombia”.
La droga y las armas forman parte del paisaje silencioso que todos conocen pero pocos se animan a señalar. Los vecinos hablan en voz baja, miran para los costados y repiten la misma frase: “Acá no entra la policía”. La presencia policial es esporádica, reactiva, casi siempre después de que el daño ya está hecho. La prevención brilla por su ausencia. Algo en lo que todos los vecinos coinciden.
La muerte, cuando llega, no solo deja dolor: enciende la indignación. Padres que temen por sus hijos, comerciantes que piensan en irse, familias que sienten que el barrio fue abandonado a su suerte. Las casas que rodean la esquina del tiroteo de este sábado no recibieron un impacto de bala, de casualidad. “Una mujer estaba a los gritos porque sus hijos chiquitos estaban jugando en la vereda”, se lamentó una vecina de la otra esquina, donde ocurrió el ataque.
Nuevo Golf carga con un historial de violencia que se acumula año tras año, sin respuestas de fondo. Entre el miedo y la bronca, el barrio sobrevive como puede.
Los vecinos no piden privilegios: reclaman seguridad y presencia del Estado. Reclaman, en definitiva, poder vivir sin sobresaltos en un lugar donde hoy, salir a la calle implica jugarse a la suerte.