A través del recorrido artístico de Matías Pedrosa como referente de la disciplina –bailarín y formador–, el profesor de historia, exmalambista, estudiante del Profesorado en Filosofía y fotógrafo Franco Matías Alsina analiza en su primer libro la identidad del malambo.
El escritor, oriundo de Coronel Vidal, no solo rescata la historia y el legado de su amigo, sino que analiza cómo la disciplina mantiene su esencia tradicional, pero, a la vez, demanda una preparación física y técnica cada vez mayor.
“Matías Pedrosa, la identidad del malambo” es una obra independiente, que desentraña lo que llama la “tríada fundamental” del malambo: la danza, el campo y el gaucho.
“Hace mucho que siento que su recorrido estuvo marcado por muchos momentos que le enseñaron y lo hicieron crecer, no solo como persona sino también como malambista”, analizó el escritor sobre sus motivaciones, en una charla con LA CAPITAL.
—Recurrís a los ejes danza, campo y gaucho para definir la identidad del malambo…
—Son inseparables porque el gaucho habitó en el campo y es de esa manera que encontramos la idiosincrasia de este actor tan importante en la historia argentina. Es un actor principal en batallas, por ejemplo, por la libertad de un país, de un estado en formación, que no lo ubicaba en ningún papel. En la historia de Matías, particularmente, es fundamental porque se crió, se formó y continúa su vida en un contexto de pueblo, rodeado del campo, del gaucho y su idiosincrasia. Muchas veces, en esta disciplina, se intenta crear un personaje que esté relacionado con el ámbito rural para poder representar a quien desarrollaba esta danza tradicionalmente. Matías nunca tuvo que hacer ninguna búsqueda de identidad, esa parte siempre estuvo junto a él y, sin duda, marcó su identidad dentro del malambo.
Sacrificio y constancia
—Vos también fuiste malambista. ¿De qué manera esa experiencia personal enriqueció la investigación y la escritura?
—Sí, es cierto, ya no lo soy, pero lo fui durante varios años. Esa parte de mi historia la utilicé para valorar y reconocer en Matías la constancia, la disciplina y el sacrificio. Ser malambista tiene una exigencia comparable a los deportes de élite, con el agregado de cualidades artísticas que son innatas. Yo sostuve un trabajo de exigencia alta durante cinco años aproximadamente. Durante esos años ensayé todos los días, entrené tres veces por semana y competí a un nivel alto. Esto implicó mucho sacrificio y constancia; bueno, Matías sostuvo su carrera durante más de 20 años, eso es impresionante. Y, conociendo el mundo desde adentro, no queda otra opción que darle el enorme reconocimiento que merece.
—Justamente, en el libro planteás que el malambo pasó de ser una expresión de los fogones a una disciplina casi deportiva. ¿Cómo analizás esa evolución?
—Esta evolución está directamente ligada a sus características. Al ser una danza que no tiene una coreografía específica, es más bien de movimientos coreográficos hechos por el mismo artista. Con los años, lógicamente, se evolucionó en características distintas que cada malambista fue agregando con la intención de innovar, sumando que muchos certámenes a nivel provincial y nacional surgieron y se sostuvieron. Es un combo perfecto para que se complejice. De esta manera, se convirtió en una danza tradicional argentina con vigencia, que tiene cada vez más exigencia sin perder la esencia de quien la desarrolló: el gaucho. Entonces, la preparación física se volvió parte indispensable para sostener la exigencia que esta disciplina, en la actualidad, plantea como condición ‘sine qua non’.
El impacto de las experiencias

—Hacés referencia al momento en que el artista deja de competir y comienza a formar a otros. ¿Por qué te pareció importante poner el foco en esa etapa?
—Es imposible que Matías sea quien es como preparador si no hubiese pasado por todos y cada uno de los momentos que atravesó como malambista. En la parte final del libro, hago una reflexión teniendo en cuenta un acontecimiento muy significativo en su carrera. Hace diez años, Matías llegó a la final del Festival Nacional del Malambo en Laborde, Córdoba (que es el certamen más competitivo del país, con muchas décadas de vigencia y donde se da el mayor premio al que se puede aspirar en la disciplina; Campeón Nacional de Malambo). Matías no se consagró campeón en esa oportunidad y, conectando los puntos, si en esa oportunidad se lograba el objetivo, Matías no habría aprendido todo lo que aprehendió en ese momento y en el tiempo que siguió hasta la actualidad, por lo que no podría, hoy, transmitir a sus alumnos todo lo que puede brindarles. Muchas veces el mayor galardón lo logran chicos que ven truncada su carrera siendo muy jóvenes. Eso les quita años de experiencia que se ven con claridad a la hora de tener que desarrollar su papel como preparadores.
—¿Cómo contribuyeron tus herramientas de profesor de Historia y estudiante de Filosofía en el análisis del malambo y la escritura del libro?
—Mi formación personal viene colaborando desde hace muchos años en el malambista y en la formación del libro. No de una sola manera, pero claramente en el análisis hay algo de Filosofía y en el conocimiento del gaucho hay Historia. En la mirada de la sociedad sobre este personaje hay historia y también hay análisis filosófico (si se quiere) en el conocimiento del ambiente del folklore y particularmente del malambo. En algún momento del libro, mientras cuento la experiencia de Matías con uno de sus preparadores y el descubrimiento de él sobre el mundo del malambo, hago referencia a la alegoría de la caverna. En ese tipo de conexiones encuentro parte de mi formación.
La cantidad de gente que se dedica al malambo es increíble
—¿Creés que hoy el malambo recibe el reconocimiento cultural que merece o falta aún?
—El malambo recibe el reconocimiento de la gente que quiere dedicarle el tiempo que se merece. Te sorprendería ver todo lo que pasa en todas las noches del festival en Laborde y del movimiento que se genera en cada uno de los certámenes desarrollados a lo largo y a lo ancho del país. La cantidad de gente que se dedica al malambo es increíble y estando dentro del ambiente muchas veces no se dimensiona. Yo sigo estando cerca, aunque ya no lo hago de manera activa. Esa distancia me dejo ver con mas claridad y distinguir sus particularidades. No digo que merezca más, eso debe darse naturalmente. Lo que puedo asegurar es que es una lástima que no se conozca y se admire dentro del país que lo desarrolla. La cultura sobrevive a cualquier contexto y no necesita de nadie para desarrollarse.
—Si tuvieras que resumir una forma de definir a Matías Pedrosa, ¿qué dirías?
—Honestidad, sacrificio, disciplina e identidad definen a Matías en cualquier momento de su carrera.
—¿Fue este libro un disparador de curiosidad que pueda implicar algún otro libro/investigación?
—Sí, sin dudas. Ya estoy trabajando en el siguiente, también sobre identidad, pero la identidad del argentino es lo que quiero desarrollar. Cómo se construye.
—¿Cuáles fueron los desafíos que implicó hacer el libro de manera independiente?
—Los desafíos fueron muchos. Tenía la idea de incluir testimonios de gente que formó parte importante del recorrido, pero hubo mensajes que no tuvieron respuesta, otros que recibieron respuestas que me sorprendieron y sobre todo descubrí actitudes que me hicieron entender que no siempre se comprenden los motivos por los cuales una persona desea escribir sobre la vida de otra. Descubrí que mucha gente necesita ser el centro, y, cuando tienen que hablar de otro, no encuentran motivación. No lo sufrí, aprendí mucho más de lo que creía.
Por otro lado (más frío y menos importante), el hecho de materializar un libro, la edición, los costos y los trámites fueron algo complicados. Los gastos se solventaron con buenas voluntades de amigos y eso también forma parte del libro.