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Opinión 22 de enero de 2023

Un poder que se deshilvana y otro que se va tejiendo

Panorama político nacional de los últimos siete días

Sergio Massa, ministro de Economía de la Nación.

 

por Jorge Raventos

El último viernes Sergio Massa se reunió en el INTA con los representantes de la Mesa de Enlace -aquella que, con otros miembros-, encabezó en 2008 la rebelión del campo contra las retenciones móviles y provocó una grave derrota política del kirchnerismo. En este caso la dirigencia agropecuaria quería hablar de la emergencia (básicamente, de los aciagos efectos de la sequía para la producción y los productores) y también de temas de fondo. Las retenciones siempre están en la agenda. El tono de la conversación con el ministro de Economía fue positivo. Massa, “entiende perfectamente la situación”, declaró el presidente de la Sociedad Rural, Nicolás Pino. El titular de Coninagro, Elbio Laucirica, coincidió con Pino y agregó que los interlocutores oficiales “tienen el compromiso político y la decisión política”.

Todo y nada

El ministro de Economía venía de una semana en la que sorprendió al mercado con la decisión de recomprar bonos
de la deuda argentina. “No haría todo igual que Massa”, declaró esos días el gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

Pese al encabezamiento negativo, que disimula su sentido último, la frase debe computarse como un apoyo, así sea reticente. Los reflejos ideológicos de otro momento le habrían dictado una sentencia diferente (por ejemplo: “No haría nada igual que Massa”). Pero la necesidad tiene cara de hereje y el círculo cristinista tiene que cambiar su fraseo -en este caso, una palabra- y admitir la pragmática combinación de heterodoxia, ortodoxia y movimientos audaces con los que el ministro de Economía busca equilibrar la nave de la economía. He allí la diferencia entre el todo y la nada.

Para Andrés El Cuervo Larroque, el secretario general de La Cámpora que a menudo actúa como vocero adelantado de la vicepresidenta, “no sería honesto maquillar una situación que es muy compleja. Más allá de la estabilización que estamos transitando y del esfuerzo del ministro de Economía, está claro que estamos presos de la trampa que es el acuerdo con el FMI. Eso hay que resolver”. Con honestidad, Larroque culpa al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que, si bien se mira, es una viga maestra de la política del ministro, pero -parte esencial del mensaje- absuelve a Massa.

El arte del equilibrio que practica Massa reside en conseguir ese tipo de respaldo (a menudo escéptico, renuente pero ineludible, salvo para las voces menos tolerantes del espectro político) y el consiguiente espacio para seguir operando. Así, consigue críticas moderadas que se relativizan con frases de comprensión o aceptación, así sea renuente.

El miércoles, por caso, opinó Hernán Lacunza, el potencial ministro de Economía de un eventual gobierno presidido por Horacio Rodríguez Larreta. Interrogado sobre la decisión de Massa de recomprar bonos de la deuda, Lacunza se apartó de la crítica sistemática alentada por algunos de sus colegas opositores: “Genera un par de certezas y unas cuantas dudas”- matizó.

Caracterizó la medida como “una elongación para ganar tiempo”, describiendo con bastante objetividad lo que está haciendo el ministro: alargar recurrentemente la mecha de una situación amenazante para tratar de ir corrigiendo, paso a paso, los problemas en esos lapsos. En este caso, según Lacunza, el objetivo ha sido “ poder intervenir en el mercado de cambios, comprar bonos con dólares y después venderlos en pesos. Es algo que ya se venía haciendo medio por la banquina, con el Anses, y ahora dijeron vayamos por el asfalto. El asfalto es siempre mejor”.

El respetado economista de Juntos por el Cambio no ocultó por cierto su escepticismo sobre la movida (“Gastó 16% de las reservas para comprar 1% de la deuda -objetó-, usando recursos muy escasos para una operación que no era imprescindible en este momento”. Pero se negó a complicarse con interpretaciones lanzadas desde su propio campo, que insinuaron sospechas de que hubo quienes se beneficiaron comprando los bonos antes de que subieran de valor porque contaron con datos anticipados de la medida. “Uno puede cuestionar y opinar sobre la pericia o impericia -se desmarcó-, pero las cuestiones éticas son mucho más delicadas, uno no puede afirmar una cosa así”.

En cualquier caso las sospechas surtieron un efecto (el oficialismo es particularmente vulnerable a ese tipo de suspicacia) y Massa tuvo que anunciar que investigará si es que desde el gobierno alguien capitalizó en beneficio propio el acceso a información privilegiada.

El patchwork de Massa

El abigarrado patchwork que sostiene a Massa y lo ha transformado en el personaje de más poder en el gobierno, se teje y se desteje continuamente. A menudo los hilvanes son deshechos por iniciativas de presuntos aliados. El ministro hace un esfuerzo de contención para eludir una definición sobre un tema que daña indudablemente su gestión, como es la ofensiva contra la Corte Suprema promovida por el presidente Fernández y motorizada por los seguidores de la vicepresidenta. Que el intento de juzgar en el Congreso a los jueces supremos esté claramente condenado al fracaso empeora políticamente el cuadro, porque transparenta la intención de extender el proceso previo y las acciones de la comisión de Juicio Político del Legislativo, en la que prevalece el oficialismo, transformándolo no solo en una suerte de comisión jacobina investigadora e interrogadora, sino en el escenario de un espectáculo que pretende develar los misterios del lawfare y desenmascarar a quienes sindican como sus protagonistas.

Massa ha recibido directa e indirectamente advertencias que indican el daño que ese embate contra la Corte provocará en la economía. Un vocero de la Casa Blanca indicó a la prensa el martes que su gobierno hace “un llamado a todos los actores en la Argentina a respetar las instituciones democráticas y la separación de poderes”. La Casa Rosada y la Cancillería prefirieron hacerse los suecos y declarar que no había ninguna notificación oficial del gobierno de Washington. Massa no podría ampararse en esa excusa.

El negocio de la grieta

La reacción frente al choque con la Corte abarca a un amplio frente, sobre el cual Massa también tiene noticia directa: incluye a importantes líderes empresariales, a instituciones civiles y hasta a amigos cercanos del ministro. Algunos de estos, pese a que comparten un largo catálogo de críticas a la Justicia, consideran que el choque institucional es “una insensatez”.

La Casa Rosada -donde el ahora activísimo Alberto Fernández trabaja con tenacidad para ser presidente- dispuso echar leña al fuego con su convocatoria a sesiones extraordinarias del Congreso, que propone no sólo habilitar el enjuiciamiento a los actuales miembros de la Corte, sino la ampliación del número de magistrados de ese alto tribunal. A eso ha sumado una presentación ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en la que traslada su guerra con la Corte a un ámbito mundial.

Como suele ocurrir en la lógica de la grieta, el endurecimiento de una de las coaliciones estimula a los duros del otro lado. La candidatura de Horacio Rodríguez Larreta, que venía ganando espacio paulatinamente en el Pro, es cada vez más condicionada por los movimientos que convergen en la figura de Mauricio Macri. Tanto Macri como Cristina Kirchner disponen aún de una notoria centralidad en sus respectivas coaliciones y ambos representan intransigencias enfrentadas. Ella alienta el choque con la Corte; la oposición, condicionada por Macri y los halcones, ha adoptado la postura de no debatir en el Congreso ninguna de las propuestas de Ley que llegan desde el gobierno.

El Poder Legislativo, que debería ser un terreno en el que la confrontación se encuentra con la negociación y el diálogo político, está inmovilizado. Pero, aunque el negocio de los sectores hegemónicos en las dos coaliciones principales es la profundización de la grieta, hay señales muy fuertes (la celebración del Mundial de fútbol fue elocuente) de que el mainstream de la sociedad reclama unidad y trabajo en equipo, no riña de gallos.

Si el actual sistema político se muestra paralizado y con signos de disgregación, un poder empieza a condensarse trabajosamente en la figura del ministro de Economía, que no relega ni la acción ni la negociación. Es el signo incipiente de un cambio que apunta más allá de la fecha electoral.