La Ciudad

Una fiesta adolescente que ya es un problema de adultos, en el PJ definen poder, y aquel paso de “Toty” Flores

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

 

El UPD (Último Primer Día) volvió a sacudir a Mar del Plata. Y como cada año, dejó escenas que ya empiezan a parecer parte del ritual: fiestas que se multiplican durante la madrugada, alcohol circulando sin demasiado control y chicos que llegan a las escuelas después de una noche que, para muchos, se volvió más larga que la propia jornada escolar. Esta vez, sin embargo, en el municipio aseguran que el operativo funcionó mejor que en otras oportunidades. Hubo monitoreo previo, denuncias vecinales y un trabajo coordinado entre áreas municipales y fuerzas de seguridad para desactivar varias fiestas clandestinas antes de que escalaran. Puertas adentro de la comuna dicen que el tema se siguió durante días. No es casual: el UPD dejó de ser un episodio aislado para convertirse en un fenómeno que se repite cada año con más volumen y más exposición pública. De hecho, en algunos despachos reconocen que el municipio se vio obligado a anticiparse porque el crecimiento del evento —impulsado en gran medida por redes sociales— terminó generando celebraciones cada vez más masivas y difíciles de controlar.

 

 

Pero mientras el Estado intenta ordenar lo que ocurre en la calle, el debate que empieza a asomar en voz baja es otro. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad pública y dónde empieza la responsabilidad privada? Porque muchas de las fiestas se organizan en casas o quintas con adultos que, como mínimo, saben lo que está pasando. En algunos casos incluso colaboran con la logística o miran para otro lado frente a consumos que, cuando se desbordan, terminan siendo un problema para todos. En el Concejo Deliberante el tema también empezó a circular. Algunos concejales ya deslizan que el fenómeno podría requerir algún tipo de marco más claro, aunque nadie parece demasiado entusiasmado con abrir una discusión que inevitablemente tocaría a las familias.

 

foto @dronmardelplata

Es que el UPD tiene algo de espejo generacional. Para muchos padres, es apenas una versión amplificada de las celebraciones de fin de secundaria que siempre existieron. Para otros, en cambio, el fenómeno muestra cómo cambiaron las formas de festejar y la velocidad con la que los rituales adolescentes pueden transformarse cuando se mezclan redes sociales, competencia entre cursos y una lógica de espectáculo permanente. Mientras tanto, el municipio intenta moverse en un terreno delicado: intervenir cuando hay riesgo, pero sin sobreactuar frente a un ritual que —más allá de los excesos— forma parte de la cultura juvenil. El operativo de este año, dicen en la comuna, dejó una enseñanza: el Estado puede ordenar algunas cosas, pero no todas. Porque el UPD, en el fondo, es menos un problema de control que una pregunta que vuelve cada marzo. Y esa pregunta, inevitablemente, termina en el mismo lugar: la casa.

 

El peronismo volvió a un método que conoce bien: cuando no hay síntesis, se vota. En Mar del Plata, el próximo 15 de marzo se elegirá la conducción del Partido Justicialista local y finalmente competirán dos listas. A primera vista puede parecer apenas un trámite partidario. Pero en la política marplatense se mira con bastante más atención. Las internas del PJ rara vez son inocentes. Funcionan como una radiografía del poder real: quién tiene estructura, quién conserva militancia y quién logra juntar volumen político en un espacio que desde hace años convive con liderazgos fragmentados. La elección llega, además, en un momento particular del país…

 

 

El último informe de Giacobbe & Asociados, realizado entre el 23 y el 27 de febrero con 2.500 casos en todo el país, muestra un escenario político todavía dividido. La imagen del presidente Javier Milei aparece con 41,7 % positiva y 49,6 % negativa, una foto que muchos dirigentes de la oposición miran con atención. El dato es doble: el oficialismo libertario mantiene una base social importante, pero al mismo tiempo convive con un rechazo alto. Esa combinación mantiene al sistema político en una especie de transición abierta, donde todavía nadie termina de ocupar con claridad el lugar de oposición dominante. La encuesta incluye además una pregunta curiosa que funciona como una metáfora del momento argentino. Al imaginar al país como un paciente que entra por primera vez al psicólogo, el 41,3 % dice “creo que puedo salir adelante”, mientras que el 31,4 % responde “estoy cada vez peor”. Esperanza y malestar conviviendo en partes casi iguales.

 

En ese contexto, el peronismo empieza a reorganizarse. Y en Mar del Plata esa reorganización aparece en la disputa por el PJ local. De un lado estará Daniel Di Bártolo, al frente de la lista “Patria Sí, Colonia No”, el espacio identificado con la conducción política de Fernanda Raverta. Del otro lado aparece Adriana Donzelli, que encabezará la lista “Peronismo Derecho al Futuro”, alineada con el armado político del gobernador Axel Kicillof. (coincidentemente, Di Bártolo y Donzelli fueron reconocidos dirigentes del Sindicato de Docentes Privados -Sadop-). Detrás de las listas no sólo hay nombres propios. Hay sectores que empiezan a posicionarse para el nuevo ciclo político. Porque la discusión real no es la presidencia del partido. La discusión es quién puede empezar a construir un liderazgo capaz de ordenar al peronismo marplatense hacia adelante.

No es un desafío menor. Desde hace tiempo el peronismo local convive con una característica que todos reconocen en privado: muchos dirigentes con peso territorial, pero sin una conducción clara que logre sintetizar al conjunto. Las internas, entonces, vuelven a cumplir una función bastante clásica dentro del peronismo. Cuando no hay acuerdo, se mide fuerza. El resultado del 15 de marzo no definirá candidaturas ni elecciones generales. Pero sí puede dejar algo más importante: una señal de quién tiene hoy capacidad de juntar votos, estructura y respaldo político dentro del peronismo de la ciudad. En el PJ lo saben mejor que nadie: las internas no siempre ordenan, pero casi siempre muestran algo mucho más importante. Quién tiene poder de verdad.

En política, las biografías suelen tener giros inesperados. Pero algunas vueltas son particularmente llamativas. Esta semana reapareció en escena Héctor “Toty” Flores, dirigente social de La Matanza, que decidió incorporarse al gobierno municipal que conduce Fernando Espinoza. Un movimiento curioso para alguien que durante años orbitó cerca del espacio de Elisa Carrió y que incluso llegó a ser su precandidato a vicepresidente. Pero en Mar del Plata su nombre remite a una historia bastante menos épica. Flores llegó al gabinete municipal de Carlos Arroyo el 10 de diciembre de 2015, cuando asumió como secretario de Desarrollo Productivo. Su desembarco fue presentado como una de las apuestas fuertes del nuevo gobierno, sobre todo para impulsar la economía social. La expectativa duró poco. Con el correr de las semanas empezó a instalarse dentro del propio municipio la sensación de que el funcionario que había sido presentado como una de las figuras del gabinete casi no aparecía por su oficina. Su gestión fue perdiendo peso en medio de un gobierno que ya atravesaba una fuerte inestabilidad interna.

 

El 10 de marzo de 2016 comenzaron a circular versiones sobre su salida, de las cuales se hizo eco este medio. ¿Cómo olvidarse de la truchada pergeñada por Alejandro Vicente, ex secretario de Gobierno, en medio de una sangría de renuncias, que le pidió a “Toty” que grabara un audio, luego difundido ante la prensa, negando su renuncia, hablando de campañas de desestabilización y manifestando que se encontraba gestionando fondos para Mar del Plata en Buenos Aires. “Bajo ningún tipo de aspecto presenté mi renuncia ni nada que se le parezca”, aseguró entonces. Pero la situación ya estaba encaminada. Finalmente, el 30 de marzo de 2016, la Municipalidad anunció que Carlos Arroyo había aceptado su renuncia. El dirigente se convirtió así en el quinto integrante del gabinete en dejar el cargo en apenas cuatro meses de gestión, en medio de una crisis política que por aquellos días no lograba detener la sucesión de salidas. Con el tiempo, el propio gobierno terminó reconociendo lo que había pasado. El mismo Alejandro Vicente lo resumió sin rodeos: “La experiencia con Toty Flores no fue favorable”. Los años pasaron y la política, como siempre, dio otra vuelta. Hoy Flores reaparece en el conurbano, incorporado al gobierno de Espinoza en La Matanza. Una estación curiosa para alguien que en Mar del Plata “no cumplió con las expectativas”.

 

En la política, como en la vida, hay gestos que hablan más que los discursos. Y en la provincia de Buenos Aires acaba de aparecer uno que merece ser mirado de cerca. La Libertad Avanza lanzó en los concejos deliberantes bonaerenses una ofensiva con 116 proyectos para eliminar o reducir tasas municipales. El mensaje es claro: bajar la presión impositiva local y exponer a los intendentes como responsables de una carga fiscal excesiva. La movida tiene además un objetivo político evidente: empezar a construir músculo territorial en los municipios, donde el mileísmo todavía es una fuerza en crecimiento. Pero como suele ocurrir, la teoría choca con la práctica. En Mar del Plata, los concejales libertarios terminaron votando el presupuesto municipal de General Pueyrredon que incluye aumentos de tasas. Lo hicieron en medio de una negociación política que fue tan silenciosa como efectiva y que dejó varias lecturas en los pasillos del Palacio Municipal.

 

 

El presupuesto del intendente Agustín Neme salió adelante con el respaldo de La Libertad Avanza, aun cuando el paquete fiscal contempla actualizaciones tributarias que chocan con el discurso nacional del espacio. La explicación formal fue que se trataba de garantizar la gobernabilidad y evitar que el municipio quedara sin herramientas financieras. La explicación política, en cambio, es más compleja. En el tablero local, el mileísmo sabe que todavía está construyendo estructura y que un enfrentamiento frontal con el Ejecutivo municipal podría dejarlo aislado. En otras palabras: denunciar las tasas puede servir para marcar identidad, pero votar el presupuesto permite jugar dentro del sistema. Esa dualidad no pasó desapercibida para el resto del Concejo. En los corrillos legislativos hay quienes hablan de pragmatismo y quienes directamente lo llaman contradicción. El episodio deja una enseñanza que en la política marplatense conocen bien: cuando se trata de presupuestos, las convicciones ideológicas suelen enfrentarse con una realidad mucho más prosaica. La de los números que tienen que cerrar. Y en ese terreno, incluso los libertarios parecen haber descubierto que gobernar —o ayudar a gobernar— es bastante más complejo que prometer bajar impuestos.

 

Como una turista más. La senadora nacional Patricia Bullrich, una de las voces más fuertes del gobierno en el Congreso, estuvo este fin de semana en Mar del Plata. La visita mostrada en sus propias redes sociales, activó rápidamente el radar político local. No hubo grandes actos ni agenda cargada, pero en política las señales no siempre necesitan micrófono. Cada paso de Bullrich por la ciudad se lee también en clave de poder territorial: cuando una figura central del oficialismo nacional aterriza en la ciudad, aunque sea por unas horas, no suele ser sólo turismo de fin de semana. En un año donde el mapa político bonaerense todavía se está redibujando entre el PRO y La Libertad Avanza, cada visita suma una pieza al rompecabezas. Nadie lo dice en público, pero en privado muchos miran el mismo dato: si el experimento político entre libertarios y sectores del PRO busca consolidarse en la provincia, Mar del Plata aparece como uno de los primeros laboratorios.

 

En “Chichilo” del Centro Comercial del Puerto, Franco Di Leva felicitaba a Nicolas Fuster, cordobés de 19 años, 71 kilos, quien acababa de obtener la copa Sanson IFBB en la categoría Overall Culturismo clásico, en su debut en este tipo de competencias, y celebraba con amigos y entrenadores en un “permitido” entre rabas y langostinos, mientras en mesa cercana, el exembajador Diego Guelar volvió a hacer lo que suele repetir cada vez que pisa la ciudad: charla sin apuro con amigos locales. Guelar —diplomático de extensa trayectoria, que fue embajador argentino en Estados Unidos y también en China, entre otros destinos— dice que se enamoró de Mar del Plata. Y cuando viene intenta moverse como un vecino más. De hecho se lo pudo ver pedaleando por la calle Alem. Sin saco, en bicicleta, saludando a conocidos. Entre mariscos y otras exquisiteces, la conversación inevitablemente terminó en el mundo. O, mejor dicho, en el lío del mundo. “No nos engañemos —dijo en voz baja, inclinándose sobre la mesa—. Argentina está comprometida en este conflicto”. La referencia era directa al enfrentamiento con Irán y a la posición internacional que adoptó el gobierno de Javier Milei, muy alineado con Estados Unidos y Israel. “Muchos creen que esto está lejos —continuó—, pero no. Estamos en la primera línea de los aliados de Estados Unidos e Israel”.

 

Uno de los amigos le preguntó si ese alineamiento era inevitable. Guelar hizo una pausa breve, con el tono de quien está acostumbrado a medir cada palabra. “Yo no creo en el alineamiento”, respondió. “Creo en la pertenencia. Argentina es un país occidental, pero eso implica tener coincidencias y también disidencias. No ser incondicional”.

El exembajador dejó otra frase que quedó flotando en la mesa: “Irán tiene células en Europa y en América Latina desde hace muchos años. Nosotros ya vivimos lo que puede pasar”. En el análisis también apareció otro protagonista del tablero global: Donald Trump. “Esto no es un nuevo orden mundial”, dijo Guelar. “Es un caos. Y está liderado por el más caótico de todos”. La charla se extendió un rato más, con el murmullo típico del restaurante lleno de marplatenses y turistas. Antes de levantarse, el diplomático dejó un diagnóstico que sonó más a advertencia que a comentario de sobremesa: “Cuando se desata una guerra hay efectos deseados y efectos no deseados. Y hoy nadie sabe dónde, cuándo ni cómo termina esto”.

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