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Opinión 7 de marzo de 2018

Una impostergable lucha contra la discriminación

* Por Marcelo Honores

Hoy es una de las fechas más significativas del año. Una que merece nuestra reflexión más profunda en torno a los avances logrados en la búsqueda de la igualdad de género y el largo camino que aún falta por recorrer para que esa igualdad sea plena y efectiva.

Cada 8 de marzo se conmemora en numerosos países el Día Internacional de la Mujer, para evocar una histórica lucha, llena de gravísimas violaciones de derechos. Mucho escucharemos, enhorabuena, sobre estos acontecimientos históricos… hitos que, entre avances y retrocesos, han permitido llegar al punto en el que hoy nos encontramos. Pero esta fecha también es una oportunidad para analizar lo que aún falta por resolver y revisar nuestro rol en ese camino.

Las mujeres continúan siendo víctimas de patrones culturales de fuerte raigambre machista, que se imponen en nuestras vidas, como mandatos pétreos, y que tienen una inaceptable base en común: la discriminación. En todos los planos en los que nos desenvolvemos, y en todo el mundo, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas y ancianas sufren discriminación por el mero hecho de ser mujeres. En el ámbito privado, la violencia de género ha alcanzado niveles alarmantes. La tasa de feminicidios es gravísima. La discriminación en el trabajo continúa presente, como también en las normas laborales que convalidan esa desigualdad – como, por ejemplo, la licencia por maternidad y paternidad, aún hoy marcada e injustificadamente distintas-. El reciente informe del Foro Económico Mundial destaca que se requieren aún 217 años para que en el mundo entero se logre eliminar la brecha salarial entre el hombre y la mujer.

Afortunadamente, el Estado ha asumido obligaciones internacionales claras, no sólo de no fomentar la discriminación, sino incluso de no tolerarla, tomando las medidas necesarias para lograr el disfrute de los derechos de las mujeres en plenas condiciones de igualdad, pero ya no solo formal. Toda política que el Estado diseñe e implemente, toda norma que sancione, y toda sentencia que pronuncie, debe contar con una adecuada perspectiva de género.

El Estado tiene un indelegable rol en la eliminación de los patrones patriarcales. Pero como sociedad, nos debemos replantear los parámetros de discriminación que conservamos. Porque ninguna discriminación puede ser aceptada. Y si eso implica modificar nuestras formas de pensar y nuestras costumbres, debemos hacerlo. En este punto, la educación, desde la edad más temprana, resulta de suma importancia. Es necesario romper con los estereotipos que nos condicionan, incluso aún hoy representados en cuentos infantiles, en juguetes y en prácticas deportivas, con roles que son asignados exclusivamente para el hombre y aquéllos que sólo parecen ser de la mujer. El único mandato aceptable debe ser el de ser libres.

Este día nos exige una férrea toma de posición. Porque en esta lucha por la igualdad, sólo una postura es posible. Sin temor, y con plena convicción política, tanto hombres como mujeres, debemos asumir un rol feminista. Porque no podemos luchar por la defensa y promoción de los derechos humanos, sin un ideal de igualdad, justicia y dignidad que alcance a toda la población humana. Por todas las mujeres que han sufrido y sufren discriminación, todos los hombres y todas las mujeres, incluso aquéllas que consideran no haber sido víctimas de la desigualdad, debemos acompañar el reclamo. Por nuestros propios intereses y los del conjunto. Es nuestra responsabilidad lograrlo, es prioritaria y hoy es impostergable.

(*) Defensor del Pueblo Adjunto en Derechos Humanos y Salud de la provincia de Buenos Aires. 



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