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Una Selección que emociona y enamora

Por Marcelo Solari

@SolariMarcelo

Por supuesto que es mejor concluir entre los cuatro mejores de un Mundial que no hacerlo. Por supuesto que es preferible estar en unos Juegos Olímpicos que no estar. Y por supuesto que -siempre- es mejor ganar que perder.

Pero el análisis no hubiera cambiado (o al menos, no debería) si el resultado ante Serbia hubiese sido adverso.

Porque la Generación Dorada o El Alma, es decir, el seleccionado argentino masculino de básquetbol, tiene el privilegio de haber ofrendado un legado imborrable. Ese mismo que le ha significado ganarse un respeto unámine en el concierto internacional por su forma de jugar, de conducirse afuera de la cancha y por la amistad que cultivan cada uno de los integrantes que pasan por el equipo.

Desde aquel germen de Indianápolis 2002 hasta este presente en 2019 han pasado diferentes intérpretes. Jugadores y entrenadores. Se han modificado formas y estilos. Pero nunca se perdió la esencia.

Todavía con el inoxidable Luis Scola como abanderado, cada pieza nueva que se incorpora encaja perfectamente en el engranaje. Los precursores mostraron el camino y los que fueron llegando lo interpretaron a la perfección.

Una de las máximas del actual entrenador, Sergio Hernández (“lo importante no es qué hacemos, sino cómo lo hacemos”) se ha convertido en una marca distintiva en todos los órdenes.

Especialmente, a la hora de entrar a la cancha. Porque al margen de cualquier otra consideración, este equipo juega muy bien al básquetbol. Realmente muy bien.

La mayor bendición que puede tener el seleccionado es que Facundo Campazzo no pierda la desfachatez originada en su inconmensurable talento. Puesta la servicio del funcionamiento colectivo, su magia ha sido un elemento diferencial como no parece tener ningún otro seleccionado.

“Nos merecemos estar donde estamos”, aseguró el capitán Scola. Y cuánta razón tiene. Porque al ver al equipo en acción, es imposible no quedar rendido ante la evidencia. Es un lujo admirarlo hasta emocionarse y enamorarse.

Empezando por la solidaridad y la intensidad defensiva, hasta llegar a la fluidez de una circulación del balón que hace parecer que todo es sencillo, pasando por las situaciones de pick and roll que se juegan de memoria y con una eficacia plena, hasta los pases inverosímiles de Campazzo y también Nicolás Laprovíttola, quienes parecen agitar una varita mágica.

Claro, es tan bueno el conjunto, que suena injusto no nombrar a todos. Incluidos los dos marplatenses, Patricio Garino y Luca Vildoza, ambos de brillante aporte durante el certamen.

Es así, nomás. Emociona y enamora. Y sin dudar, a este seleccionado se le puede perdonar que alguna vez -tarde o temprano pasará- falle. Porque la herencia marca un camino ineludible, donde el “cómo” siempre será más importante que el “qué”.

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