La Ciudad

Una noche en La Rambla, el teatro a cielo abierto donde los shows son a la “gorra”

Diferentes expresiones culturales se viven y se sienten en una de las zonas más emblemáticas de la ciudad. Cuando el sol cae y las playas quedan desiertas, los personajes nocturnos afloran y comienza el espectáculo.

“Para escapar del mundo tengo que disfrutar ese simple baile”, cantaba el Rey del Pop, Michael Jackson, allá por 1997. La frase formaba parte del primer single del disco Blood on the dance floor -Sangre en la pista de baile-, el álbum de remezclas con mayores ventas en la historia. En el videoclip, el artista estadounidense deslumbraba, como era habitual, con su destreza en la danza. Junto a él, una decena de bailarines también “escapaban del mundo”, haciendo mover sus cuerpos al ritmo de una melodía pegadiza y a destiempo de cualquier cosa que ocurriese alrededor.

En La Rambla de Mar del Plata desde hace años, y especialmente durante la temporada de verano, tienen lugar una gran cantidad de espectáculos a cielo abierto que convocan a miles de personas todas las noches. Desde temprano en el día, una de las zonas más emblemática de la ciudad se transforma en el escenario de una amplia diversidad de intervenciones artísticas que van desde el canto y la comedia, hasta las famosas ‘estatuas vivientes’ y, por supuesto, el baile. Siempre hay baile.

Acompañados por un puñado de fieles seguidores y otros tantos curiosos, varios de los que ahí se presentan lograron hacerse de un nombre y reconocimiento en el ámbito musical y cultural del verano marplatense. Muchos de ellos, incluso, solo vienen a la ciudad durante los meses de enero y marzo; otros, viven en Mar del Plata y el calor de La Rambla todo el año.

Si bien están presentes desde el mediodía, en los diferentes sectores habilitados por la secretaría de Cultura (desde el Paseo Hermitage hasta la pista de skate Bristol), cuando cae el sol y las playas quedan desiertas, la Rambla se tiñe de noche y afloran sus personajes típicos: los protagonistas de un show que arranca cerca de las 9 y nunca finaliza antes de las 2.

Lo cierto es que lo más importante de estas propuestas está en que el talento y el entretenimiento van acompañados de un factor esencial: no hay que pagar para disfrutarlos. Cada uno de los espectadores que buscan un rincón cómodo en el suelo o la escalera más cercana no cuentan con la obligación de desembolsar una tarifa determinada a cambio de unas horas de música, risa o diversión. Eso sí, cuando pasa la gorra todos agradecen una colaboración.

Muchos valoran el hecho de que el artista, que actúa a la vez de sonidista, iluminador y relacionista público, está presente todas las noches, salvo que el clima no acompañe, desde el 1 de enero hasta el 29 de febrero.

Los personajes de la costa

En la movida de “la noche entre los lobos” son muchos los actores con los que uno puede toparse, los cuales no precisamente son artistas que despliegan sus dotes ante los ojos curiosos que pasan. Tampoco son los famosos de renombre que veranean por estos pagos durante la temporada, porque a pesar de ser la imagen elegida por muchos a la hora de referirse a la ciudad, pocos son los que efectivamente la viven.

Entre los clásicos entra el grupo de amigos que, entre playa y boliche, prefiere hacer tiempo cerca del mar. Con heladerita a cuestas y reposeras, suelen establecer una competencia sana entre la música de sus parlantes y la de los shows aledaños. Pero con el correr de las horas y el arribo de más turistas, el riesgo de verse contagiados por el entusiasmo y sucumbir ante la música elegida por las masas suele ser inminente.

También están los espectadores habitués, en su mayoría marplatenses que viven por la zona, que encuentran en la salida a La Rambla una costumbre veraniega. Llegan a la hora programada para el inicio de su espectáculo preferido, se acomodan con paciencia y esperan a que comience. La determinación en el caminar, la decisión con la que eligen lugar y el cálido saludo con algunos de los presentes evidencian el caracter rutinario que tiene una noche en La Rambla para muchos de los presentes.

 

Los vendedores ambulantes -de sahumerios, pareos, cd’s, posters, entre otros artículos de fácil transporte- son moneda corriente, por lo que los precios suelen ser bajos, favorable para ganar la competencia. Lo mismo con los carritos de pochoclos y garrapiñadas, que pese a haber 3 en 200 metros lineales siempre trabajan “bien y a la par”, según reconocieron. Si a todo lo dicho se le suman los diferentes puestos de comidas con menúes accesibles abiertos en la zona, se podría decir que las alternativas estarían orientadas a cumplir con las expectativas de quienes deciden ajustar el presupuesto, pero no así el disfrute a la hora de veranear.

Lo que se ve en el primetime

Lo cierto es que este tipo de espectáculos, protagonizados en su mayoría por gente mayor de cincuenta años, son en ocasiones mirados de reojo por quienes se sienten molestos por la ocupación del espacio o no logran compartir o entender el entusiasmo que se vive en la expresión cultural que allí se manifiesta. Tampoco comprenderán a esos otros que los aplauden, los filman y piden, una y otra vez, “otra” y “otra”.

Existen también quienes ven en varias de las presentaciones un estilo kitsch, que roza incluso lo bizarro y la parodia. Probablemente, la mujer devenida en viral y denominada en los medios como la “cheta de Nordelta” incluiría a estos espectáculos en sus audios de desprecio a los veraneantes de la Bristol, porque ahí siempre hay mate, siempre hay perros y por supuesto que nunca faltan ni las reposeras y ni la música popular.

A la vera del skate park, la familia Díaz hace bailar a las cientos de personas que se convocan para escucharlos cantar folklore. Los hermanos, Walter y Daniel Diaz; su padre, Alfredo Diaz, y un amigo, Lucas Giovenetti conforman el grupo musical que termina convirtiendo a la costa en una pista de baile para todo aquél que simplemente se anime a hacerlo.

“Nosotros vinimos en 2005, desde Bragado, cuando los chicos ganaron el premio Arte Joven. Desde ese momento no nos quisimos ir más. Venimos todas las noches en verano, hay gente que ya nos conoce y se acercan a bailar y pasar un lindo momento”, cuenta Alicia, la madre de los jóvenes hermanos.

En sus manos, Alicia muestra el cd del grupo, que está a la venta por la suma de $50. “Mucha gente se lo lleva, por suerte”, cuenta, feliz. La mujer también destaca la importancia de que los espectáculos sean gratuitos. “Es muy importante que aquellos que quizás no tengan para ir a ver algún espectáculo en el teatro tengan la posibilidad de entretenerse igual”, señaló.

A unos 200 metros, está Christian, un joven que viajó desde Berazategui para lucirse todos los días a las 21 en el espacio ubicado entre los lobos, el primetime de la costa y el escenario principal del teatro a cielo abierto. Con una destreza sin igual, cautiva a todas y cada una de las personas que se agolpan en las escalinatas para verlo bailar al ritmo que solo el Rey del Pop, y algunos como él, pueden hacerlo.

Billie Jean, Beat It y Man in the Mirror son solo algunas de las canciones que interpreta el artista bonaerense que, entre coreografías, toma el micrófono y mantiene divertidos idas y vueltas con el público presente. Los domingos ese horario a veces es tomado por un grupo de cumbia. Diversidad ante todo.

A mitad de camino entre ambos espectáculos un hombre con sombrero blanco canta “La mejor actriz”, una canción de la agrupación de cumbia melódica llamada Los caribeños de Guadalupe. La letra cuenta la profunda tristeza y el enojo de un hombre que se siente traicionado por la mujer que ama. “Por ser ser la mejor actriz fingiendo que me has amado el premio a la falsedad a ti te han otorgado”, canta el artista mientras una pareja, ambos con sombreros al igual que el cantante, ganan el protagonismo en la pista. Ellos, sin embargo, bailan con amor, no escuchan ni sienten el disgusto de quien escribió la canción. Pareciera, de hecho, que para esa pareja la Rambla estuviera vacía, solo ellos y el mar. Siempre el mar.

Quien observe por largo tiempo a personas bailando terminará por envidiar el nivel de abstracción que se alcanza. Parecería no importar nadie más que uno y su ritmo; o ese otro, conocido o no, con quien se comparte dos o tres minutos de acercamiento. Realmente parecen “escapar del mundo”, como dijo alguna vez ese mismo Rey que enseñó que la música no solo se escucha, también se siente. Quizás quienes miran de reojo no es que no compartan el entusiasmo, quizás no lo sientan, no lo vivan o no necesiten irse del mundo por al menos un rato.

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