Willy Wullich y un amor correspondido
Por Nino Ramella
Willy Wullich cumpliría este viernes 82 años. Aquel porteño productor de teatro que visitaba Mar del Plata durante los veranos aceptó quedarse para siempre entre nosotros con la misión de dirigir el Teatro Colón.
-Elio…tengo un candidato para el Teatro Colón pero puede resultar “plata o m…”
-¿Quién es?
-Willy Wullich
-Vamos con él
Elio Aprile compartía así la apuesta y mis incertidumbres rodaban los aspectos de la burocracia que rodean a todo funcionario. Qué sabía Willy de la Ley Orgánica de las Municipalidades, del Tribunal de Cuentas o de decretos y expedientes. No hubiera podido siquiera presentarse a un concurso.
La gestión me enseñó que siempre son buenos los concursos con la única excepción de tener la convicción muy arraigada de que algún candidato “es” la persona indicada. Este fue el caso.
Nadie se molestó porque elegimos un forastero y eso se debió a que inmediatamente Willy se puso la camiseta del teatro y fue un promotor y defensor de las producciones y artistas locales como no ha habido otro.
Su lealtad para con los marplatenses lo hacía desembarcar en hipérboles memorables. En sus habituales introducciones al pie del proscenio escuchábamos cosas como por ejemplo que tal cantante local era la envidia de Luciano Pavarotti o que tal bailarín estaba a la altura de Rudolf Nuréyev.
Pero no terminaba allí el compromiso de Willy. Vivía en el teatro. Si hasta para encontrarnos había que hacer malabares porque a tal hora llega una escenografía, porque en un ratito comienza un ensayo o porque debía ir a imprimir programas… que generalmente pagaba de su bolsillo.
En poco tiempo Willy se convirtió en un personaje popular en nuestra ciudad. Los taxistas le tocaban bocina y caminar con él era una sucesión de abrazos y saludos.
Mi primer encuentro con Willy fue en el año 1978 cuando él fatigaba redacciones promoviendo El Bululú de José María Vilches. Desde ese momento se convirtió en el hermano varón que no tuve.
Siete hermanos Wullich y su madre en Buenos Aires, a los que sólo iba a visitar el día de Nochebuena. Llegaba el 24 de diciembre a las 6 de la tarde y ya al día siguiente tomaba el colectivo de las 9 de la mañana rumbo a Mar del Plata. El teatro lo llamaba.
Por suerte el vínculo de Willy con Mar del Plata fue un amor correspondido. Los marplatenses, artistas y no artistas, reconocieron y valoraron su entrega. Un semana antes de su muerte el 30 de agosto de 2010 en el recinto del Honorable Concejo Deliberante se o homenajeó como personalidad destacada de la cultura.
La esquina de Hipólito Yrigoyen y San Martín leva su nombre.
Willy disfrutó del afecto que le prodigó la ciudad. Y en estos tiempos de tanto desapego es un ejemplo de funcionario que bien valdría la pena que muchos siguieran.
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