8 de agosto de 2017
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Crónica 77

por Luciana Balanesil

Sale Verónica de la clase de yoga. Está llegando la semana a su fin. Hay una ilusión primaveral dando vueltas en al aire. El viento se siente tibio. Tiene Verónica esa hermosa sensación de mariposas en el vientre. Marcos termina de entrenar. Respira profundo. Se bañan. Se peinan. Se perfuman. Se van a encontrar y están contentos por eso.

Verónica está arreglada. Marcos usa el sweater escote en V que ella le regaló para su cumpleaños.

Algunos viernes Verónica usa sus prendas más seductoras y el perfume importado que, sabe, a Marcos enloquece. Las pestañas arqueadas le iluminan la mirada.

El la invitó a cenar. Ya ni recuerda ella cuando fue la última vez que salieron. Tuvieron avisos de corte, hubo fechas de vencimiento pero no caducó el amor. Todavía necesitan estar juntos. Verónica pasó largas y oscuras noches imaginando amaneceres al lado de Marcos. El, por su parte, se despertó más de una vez buscando el fresco perfume de ella en su cama. Se desvelan.

Se destapan. Van al baño. Vuelven. La cama es grande. Se entregan a los sueños. Marcos hoy la invitó a cenar. Eligió el restaurant que a ella le gusta tanto, cuántas veces al pasar por la puerta la escuchó decir que ese lugar la encanta. Marcos está radiante, excitado, ilusionado.

No quiere perderla. Ella, desde que asumió que llena un vacío en la vida de él, y pese a los cambios notables de los últimos encuentros, perdió la ilusión. Por eso, con un velo de tristeza que la luz tenue no llega a descubrir, choca su copa y brindan por ellos.

Brindan porque saben que este amor no va a terminar. El disfruta del vino, saborea cada trago como si lo estuviera bebiendo del cuerpo de Verónica.

Cenan. Se van al hotel.

Se embriagan de besos y caricias. Se aman. Se respiran. Se detiene el tiempo hasta que suena el interlocutor de la habitación. Marcos deja a Verónica en su casa y se va. Se duermen. Se despiertan. Desayunan. Tachan los días.

(*): [email protected]

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