17 de abril de 2017
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J.P. Zooey: “Toda forma de saber no puede ser sino delirante”

por Gabriela Urrutibehety

Poco afecto a las entrevistas, J.P.Zooey, uno de los autores de culto de la literatura argentina actual, aceptó dialogar por correo electrónico con LA CAPITAL sobre sus obras, en un intercambio que pasa por la cuestión de la seudonimia, internet y el discurso de las ciencias como género literario. “La del ‘yo’ es la más inestable y ficticia de las ideas que conozco”, dijo el autor de Sol Artificial, Los electrocutados, Tom y Giraldo y Te quiero.

-Leyendo de corrido Sol Artificial, Los electrocutados y Te quiero, lo primero que salta a la vista es la continuidad -y cuestiones tales como el estilo fragmentario, el personaje de J.P. Zooey, las temáticas- entre las dos primeras y el corte con la tercera. ¿A qué se deben tanto una como el otro?

-En “Sol artificial” y en “Los electrocutados” tomé los registros de las ciencias sociales y las humanidades para producir una torsión en su lenguaje que dejara ver su fundamento delirante. También las ciencias llamadas “exactas”, y las tecnologías informáticas, contienen buenas dosis de locura (locura que funciona) en sus fundamentos y objetivos. Por ejemplo, según la teoría de Darwin el hombre desciende de los monos.

Y esto es explicado mediante pruebas fehacientes, hipótesis verosímiles, argumentos sólidos, y una teoría. Sin embargo, yo creo que las pruebas aparecen o desaparecen según el instrumento con que se las mire, y según las hipótesis que las orienten, que a su vez se articulan con la gran teoría. Así, aquella teoría darwinista podría derivarse de un error del instrumento de observación, o de las hipótesis, o de una predilección subjetiva hacia los monos por sobre otras especies.

En otras palabras, estoy convencido de que el delirio de la descendencia de los monos podría ser reemplazado por una teoría, también delirante, que afirmara que el hombre desciende, por ejemplo, de los pájaros. Por esta razón en “Los electrocutados” hay un científico naturalista que así lo demuestra. No se trata de un mero ejercicio de imaginación, sino de la convicción de que toda forma de saber, en un planeta perdido en algún brazo de una galaxia, en un cosmos inconmensurable, no puede ser sino delirante.

Por este carácter creativo, por esa potencia fantástica de las ciencias, creo que los hombres podrían optar por teorías más coherentes con estados de asombro y placer: nada impide a los científicos que demuestren que el hombre desciende, en realidad, de los hipocampos. O, como en otras épocas, de dioses sumamente apasionados, sensuales y vitales.

Así en mis primeros dos libros se exponen los disparates científicos. En cambio en “Te quiero” acompañé la perplejidad, la vulnerabilidad, y el extravío de esos dos jóvenes veinteañeros llamados Bonnie y Clyde. Ahí las ciencias, los saberes, ya construyeron una sociedad de consumo sin sentido pero en la que estas criaturas encuentran amparo. Ante el carácter sin fundamento, indiferente, y sin sentido de la realidad, Bonnie y Clyde encuentran refugio y protección en los deshechos de esa realidad: las marcas, el shopping, los negocios que quieren asaltar.

-Más allá de la cuestión de la seudonimia, el problema de (la construcción de, la pérdida de) la identidad está presente en todas tus novelas. “Espejo es todo signo que identifica y permite decir ‘soy yo’” se lee en “Sol artificial”. ¿Cómo actúan la literatura y el lenguaje en esta temática?

-La del “yo” es la más inestable y ficticia de las ideas que conozco. Cuesta un desmesurado esfuerzo, y quizás vano también, reunir la multiplicidad de perfiles digitales, sociales, sexuales, ideológicos, de gustos estéticos en una única identidad coherente y duradera de cabo a rabo. La astrología conoce bien la contradictoria, compleja y tironeante multiplicidad de fuerzas que asisten a la fiesta planetaria que nos constituye desde el nacimiento.

Cuando un escritor, un cineasta o un pintor integra su identidad en el ámbito señalado como ficción, y hace de sí mismo un personaje más de su obra, creo que expone la rotura del espejo interior que se da al momento de nacer, la que intentamos soldar a diario cuando decimos “yo soy” tal o cual.

-Acerca del lenguaje, noto un trabajo sobre la ambivalencia de términos tales como “navegar” o “liquidar/liquidez” o hacer clic (Sol artificial), una especie de poner a la vista el revés de la trama del lenguaje en el marco de una novela con una mirada pesimista de la sociedad. En “Te quiero”, por otra parte, los protagonistas desarrollan un lenguaje banal en el que las marcas, por ejemplo, adquieren carácter de mantra. Primero, preguntarte si es así; segundo, por qué.

-En “Sol artificial”, y también en “Los electrocutados”, el trabajo sobre el lenguaje aparece de modo más evidente. Ahí las palabras han sido sopesadas, en algunos casos evalué su procedencia, su etimología, o sentí y armonicé su musicalidad con la palabra vecina. Varias veces me entregué al ritmo haciendo a un lado la lógica del argumento. O integré un término tecnológico como el “clic” (del puntero del mouse) en un aparato conceptual estilo paper.

También, como decís, me entregué a la metáfora de la navegación en internet para extenderla a los piratas, al océano informático, o al hombre líquido. Aquella metáfora de la navegación fue bien explotada por la primera época de internet. Recuerdo que el “explorador” (otra metáfora para pensar) llamado Netscape tenía un faro como icono, y también un timón. Tener una sesión de internet, en 1998 o 1999, significaba explorar las aguas abiertas del océano de información más allá del cual podía encontrarse a otra persona en un blog, y alegrarse por eso.

Pienso que esa etapa terminó. Hoy, si es que hay más allá del horizonte, el usuario sabe que sólo se encontrará a sí mismo, a sus fotos, sus historias, sus “me gusta”, sus corazones, y los álbumes que Facebook le prepara para él. Por esto mismo al explorador del antiguo océano abierto, hoy totalmente colonizado por las marcas, le han dado un espejo con el que entretenerse, un espejo que (como revela la serie Black Mirror) cuando la retroluz de la pantalla se apaga, se ennegrece.

En “Te quiero” aquel trabajo evidente sobre el lenguaje se oculta para hacer la lectura más ligera y que el lector levante la vista del libro, sorprendido por la vibración de una palabra que yo no le señalé, cuando quiera. Es decir, también hay cuidado por las resonancias de las palabras, y la velocidad está fabricada, pero el trabajo es más sutil. El lector puede confundir ese lenguaje con la banalidad, o incluso la frivolidad, pero si leyó alguno de los otros dos libros, o tiene confianza, comprenderá que esa es sólo una apariencia.

-En una entrevista decías que escribiste Te Quiero “emulando la posición del científico positivista”, algo que es muy claro en los papers de las otras dos novelas. ¿Cuál es el valor de esta torsión del discurso científico para la literatura (o también, a la inversa)?

-Creo que el discurso científico es literatura que funciona de un modo diferente al de una novela o un cuento. La literatura científica es capaz de poner en órbita una Estación Espacial Internacional, y enviar astronautas, incluso antes convencerlos de lo bueno del asunto. O editar genes. Pero no tiene más fundamento real ni conocimiento verdadero que, por ejemplo, una novela de Kurt Vonnegut que también funciona: crea refugios, islotes de humanidad ante el sinsentido de la vida; aligera pesos existenciales; reviste de ternura a la profunda ignorancia humana.

Sin embargo en “Te quiero” emulé la posición de científico positivista por otra razón. Como autor me sustraje, salí completamente de la escena, no dejé moraleja ni juicio ante los disparates, torpezas, y tonteras de los personajes. “Te quiero” podría ser leída como un documental sobre el alma de Bonnie y Clyde, pero ese documental fue cuidadosamente despojado de mis huellas. Después tuvo las más variadas y disparatas lecturas. Posiblemente la lectura de “Te quiero” podría ser bien acompañada por la literatura periodística y de redes que generó.

(*): gabrielaurruti.blogspot.com.ar

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