4 de julio de 2017
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Oteriño y su obsesión: convencernos de la necesidad de un mundo con poesía

Definiciones claras, preguntas oportunas y textos pensados para la divulgación componen "Una conversación infinita", libro que nació a partir de su condición natural de maestro.

por Paola Galano
@paolagalano

Conocido es su amor por la poesía. Un amor que lo construye como lector del género, como poeta y también -y acaso se trate de su faceta menos difundida- como teórico. Sus notas y reflexiones sobre la poesía construyen su marca como ser sensible, abierto a entender los procesos que nutren un verso o hacen nacer una poesía, en un contexto que tiende a invisibilizarla mediante los nuevos lenguajes tecnológicos y a cortar sus lazos con las tradiciones anteriores.

Rafael Felipe Oteriño, actual integrante de la Academia Argentina de Letras, miembro correspondiente de la Real Academia Española, autor de once poemarios, compiló todas esas observaciones en “Una conversación infinita”, un libro Ediciones del Dock en el que escribe pensando en una faceta docente: ayudar, enriquecer, arrojar luz a todos aquellos que sienten el verso y se animan a dejarlo escrito. En ese sentido, es un texto imprescindible para los novatos, para los nuevos poetas, los que hacen y piensa sobre lo que hacen y, aún más, lo que no la entienden, para los que jamás comprarían un texto de poesía.

“Descubrir la lengua”, “Dificultades de la poesía”, “Hacia una nueva conciencia poética”, “Del hablar en figuras”, “La tarea del aprender y desaprender”, “Sobre el verso libre” y otros temas figuran en la primera parte del libro, al tiempo que en la segunda aparecen referencias a diferentes poetas de la historia. Entre los que menciona, están Mallarmé, Valéry, Molinari, Raúl Gustavo Aguirre y Horacio Castillo, entre otros.

“Primero fue el descubrimiento del sonido, luego del sentido de las palabras. En los comienzos entendimos la poesía como un tejido de ritmos, rimas, estrofas y cadencias, que, además, contaba una historia. Una manera hipnótica de ponernos en contacto con ciertos contenidos que recién más tarde se revelarían como mensajes, leyendas o historias. Había mucho de ejercicio mnemotécnico. A esas etapas de mayor musicalidad, le siguieron períodos de valorización de la sequedad expresiva. Y esa reserva fue, en el contexto de una época, una conquista: la muestra de un espíritu de sobriedad”, escribe Oteriño en la página 22.

Y sigue: “Cada época tuvo sus sonidos propios y sonó de manera distinta, con esa forma de romper el silencio, ese modo de ocupar la página en blanco, el torbellino de voces con las que nos fue rodeando”. Así, el autor se muestra culto al momento de historiar la llegada de los diferentes movimientos poéticos y de los diversos poetas, porque a su modo, “Una conversación infinita” es también una historia de la poesía y una historia sobre cómo entendemos, en cada etapa, lo que ella representa.

“Comprendimos que lo que funda el poema no es la realidad, sino su contrario: la sensación de irrealidad que acosa al poeta”, vuelve a definir.

En otro de los textos -vale resaltar que son textos cortos, escritos para la comprensión generalizada, no para entendidos-, Oteriño se pregunta para qué hacer poesía. “Nadie se pregunta ¿para qué las heladeras? o ¿para qué los aviones? La noción “heladera” o “avión” están unidas a su función y satisfacen de manera instánea la comprensión de la figura. En cambio, la pregunta por la poesía abre un abanico de respuestas. Habrá quienes la verán como un pasatiempo para ociosos, cable a tierra, tarea de iniciados, secta secreta o club privado; otros, mejor intencionados, hablarán de comunicación, modo de conocimiento, arte, escuela espiritual. Ello pone en claro que la función de la poesía es, por lo menos, difusa. Formular la pregunta no es, pues, un asunto menor. Sobre todo, porque, contra todas las apariencias, estamos los que creemos que la poesía todavía tiene algo que decir”.

Y acto seguido, invita a sus lectores a hacer el ejercicio de pensar cómo sería el mundo si no hubiera poesía. Aclara que sin ella, lo que vendría sería un mundo plano, pobre, huérfano, porque la poesía “tiene esa condición de mediadora entre la vida diaria y ese algo más que la convierte en sublime”.

Oteriño sabe que, para los que pueden verla, la poesía es un reservóreo de una humanidad contundente. “Cumple la finalidad ética de restablecer la noción de persona, tan descuidada por la cultura de masas como por la ciencia.

¿Cómo lo hace? Oponiendo la temperatura del sentido a la negación y al absurdo, mediando entre los hechos y los hombres, entre la persona privada y la pública, entre la vehemencia de las cosas por ser y la impotencia del lenguaje al nombrarlas, entre las ideas generales y el simple dolor humano”. Claro y oportuno, nuestro Oteriño, quien nació en La Plata pero desarrolló su carrera en el Poder Judicial en Mar del Plata.

“Hay lugar para la poesía -sigue en otro de los apartados y a sabiendas de que este estado de las cosas la desconoce-, pero a condición de que no rechace el contacto con este mundo nuevo y que, a su turno, el lector afine el oído para escucharla”.

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