Cultura

“23 de marzo, 1976”, un relato de Oscar Muñoz

A través de la mirada ingenua de un niño, este relato reconstruye las horas previas al inicio del último golpe militar: gestos extraños, silencios y una violencia incomprensible que anticipa el terror de la dictadura y queda grabada, fragmentaria, en la memoria familiar.

Por Oscar Muñoz (*)

Los grandes siempre están haciendo cosas que los chicos no entendemos.

Esa noche, papá llegó con cara de preocupado, raro en él, que siempre se toma las cosas en broma y por eso, tiene tantos amigos, amigos en todos lados, y cuando salimos en familia, siempre encuentra alguien conocido en la calle que lo saluda.

Sería un poco más más tarde de lo habitual, porque yo ya estaba mirando por televisión Starsky y Hutch, la serie preferida del momento, mientras esperaba que todos nos sentáramos a la mesa a comer lo que se preparaba en la cocina, y que olía bastante prometedor.

Papá apenas prestó atención al episodio, que comenzaba con una persecución en automóvil, y se encerró en el dormitorio a revolver unos cajones, hasta que encontró lo que buscaba, y recién después, vino a despeinarme, como hace al regreso del trabajo, aunque hasta ese gesto habitual en él, que a mí, me hace un poco enojar, pero en broma, resultaba un poco extraño, como forzado y sin ganas.

Fue entonces que me pidió una lapicera, y yo me le quedé mirando.

Tenía entre las manos, sujeta, la agenda de tapas negras que le regalamos para la última Navidad, y pasaba las hojas, buscando algo, un nombre, una dirección, de los tantos que lleva anotados en todo este tiempo.

El problema era que la lapicera de tinta, con todos los lápices, en la cartuchera con la foto de Meteoro, como el resto de los útiles escolares, estaban bien guardados en la valija con correas, y yo no quería perderme ni un minuto de la serie que estaban dando por televisión.

Finalmente, mamá, siempre atenta a todo, acudió al pedido, e hizo aparecer una birome cualunque de algún lado y la entregó en mano, para que papá, tachara de manera apurada y desprolija, una serie de anotaciones en ese mismo cuaderno, donde lleva escritas con letra clara y prolija, tantos nombres y direcciones.

Así que yo seguí mirando la televisión como si nada, esperando la cena que olía tan bien, mientras ellos dos se retiraban fuera del living, a hablar de esas cosas que los chicos no tenemos que escuchar, y por una vez, les di la razón.

El episodio de Starsky y Hutch de la semana estaba demasiado bueno para prestar atención a asuntos de grandes.

Pero el resto de la noche siguieron pasando cosas raras, de películas de misterio.

Ya estábamos en la cama, porque era tarde, hora de gatos, dice papá, y es que ellos son los únicos que se animan a andar por los techos, trepar medianeras y deslizarse sin hacer ruido, como sombras.

Por eso, cuando escuché aquel batifondo de gritos, puertas abriéndose a patadas y voces destempladas en tono de órdenes, me costó entender que no estaba durmiendo, y soñando con el episodio de la serie.

Me acurruqué en un costado y me aferré a la almohada como si fuera un salvavidas, antes de pegar el oído a la pared que me transmitía aquella pesadilla de la realidad, como un parlante.

Gente buena, los vecinos de al lado. De los que devuelven siempre la pelota cuando se va por encima de medianera, y todavía más, cuando prestan la escalera para bajarla de la pared alta del fondo de casa, que tiene esos recovecos en donde queda varada, y parece imposible rescatarla.

No me entraba en la cabeza semejante desbarajuste.

Justo en un barrio tranquilo, como el nuestro, donde nunca pasa nada malo.

Tan raro todo, como para que ni papá ni mamá, recién levantados y con los pelos parados, no se asomaran ni a ver qué pasaba ahí afuera, en la calle, de donde venían los ruidos de varios autos arrancando a toda velocidad, y después, el silencio.

Un silencio difícil de explicar, que dejó flotando en el aire, una sensación incómoda, de sueño interrumpido que no se consigue recuperar.

A la mañana siguiente, no hubo escuela, como si fuera feriado, pero no había alegría en las caras de nadie, apenas alivio. De los vecinos de al lado, ni noticias.

La casa permanecía cerrada, y un auto, sin chapa, en la esquina, quedó estacionado con dos personas adentro, como esperando algo, pero no pasó más nada.

(Transcurrió tanto tiempo desde entonces, que es muy probable no haya ocurrido de aquella manera y que la memoria haya construido un recuerdo a medida. Después del fallecimiento de mamá, que habitó aquella casona medio venida abajo, hasta el último día, comenzó un engorroso proceso de sucesión y venta, que en algún momento obligó a vaciarla de las pertenencias acumuladas, durante décadas de vida familiar.

El incidente formaba parte de esas historias repetidas y difusas, que acumulamos igual que los objetos inservibles. Hasta que las sorpresas y las lágrimas por el descubrimiento de fotos y documentos conservados como reliquias, me enfrentó una tarde con la agenda de tapas negras, y no demoré en buscar y encontrar entre sus páginas amarillentas la tachadura de aquellos nombres que jamás conoceré).


(*) Oscar Muñoz es periodista y escribe en la histórica revista Caras y Caretas. Con décadas de experiencia en medios gráficos nacionales, se desempeñó en todos los rubros posibles, desde la confección del horóscopo hasta la entrevista política en profundidad. Pergeñó guiones de historieta y los textos para sendos documentales: Abril/ Norte (Mundial de Cortos de Fútbol 2014) y Calesitas porteñas, una vuelta más (Selección Oficial Festival Internacional de Cortos Tandil 2017) y el corto de ficción Después de función (Primera Semana del Cine Marplatense, 2019). Publicó Los ex –Historias con separaciones, separados & separadores–. Viajado y viajero por los cinco continentes, sus crónicas de color o actualidad, aparecieron en los diarios BAE Negocios, La Nación, La PrensaLA CAPITAL de Mar del Plata; las revistas GABO, Maxim, R.S.V. P. y Foto Imagen.

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