A 40 años del hundimiento del Quarracino, un naufragio que angustió a Pepita La Pistolera
Hace solo unos días se cumplieron cuatro décadas de la colisión entre dos buques de Mar del Plata en aguas patagónicas. El Topacio embistió al Quarracino, que terminó hundido en pocos minutos. Aquel verano de 1986 tuvo como protagonista directa a Margarita Di Tullio, conocida como Pepita La Pistolera, y su pareja, Guillermo Schelling.
Recreación generada con Inteligencia Artificial.
Por Fernando del Rio
Era la noche del 13 de enero de 1986 y, en aguas abiertas, a unas 95 millas náuticas al sur de Puerto Madryn, la luna entregaba una claridad inusitada. La mansedad del mar, por la falta de viento, lo hacía parecer aceite, el sueño de todo navegante: un oleaje mínimo, cómplice y placentero. Los buques Quarracino y Topacio habían concertado el cruce y, como en todo acercamiento, debían extremarse los cuidados para no caer en cualquier desatención que pudiera terminar en una tragedia. Las comunicaciones por radio eran fundamentales porque la tecnología apenas si proporcionaba un radar con un punto blanco en una pantalla y la necesidad de trazar algunas rectas para consolidar las trayectorias. Los códigos de la hermandad pesquera debían prevalecer sobre las disputas, mucho más si los dos barcos provenían de Mar del Plata.
Cerca de las 23, el control del Topacio, que estaba en su zona de pesca, había quedado bajo responsabilidad de Rubén Nadeo, el segundo patrón, mientras que en el Quarracino -una embarcación dos veces más chica y de paso hacia otras coordenadas- el marinero Julio Souto había tomado el timón por designación del capitán Guillermo Schelling, quien se había retirado a descansar a su camarote. La visibilidad era óptima, algo que se agradecía, de manera que no había nada extraordinario en ello. Las segundas líneas podían encargarse sin mayores complicaciones de la navegación.

El periodista Marcelo Pasetti junto a integrantes de Prefectura Naval el día del siniestro.
Sin embargo, a las 0.30 algo sucedió por fuera de cualquier lógica. Hubo una alteración en el rumbo del Quarracino que nadie detectó desde el Topacio y, recién cuando los dos mandos lo advirtieron, ya era tarde. La inmensa proa del Topacio colisionó por babor, entre el guinche y la timonera del Quarracino, cuya tripulación se estremeció. Además del capitán Schelling y de Souto, estaban en el buque el jefe de máquinas Ramón Máximo, el segundo conductor Carlos Villanueva, los marineros José Domínguez, Alberto Medina, Alberto Lucero, Javier Molina y Carlos Corio, y el camarero Norberto León.
Hoy, cuatro décadas después, León es capitán, orilla los setenta años y atesora los recuerdos de un incidente que quedó naturalmente fijado en su memoria. “Podría decirse que yo no tenía que estar arriba del Quarracino. Llevaba dos meses embarcado y me quería volver a Mar del Plata porque estaban mis dos hijos chiquitos con mi esposa. Pero justo en la terminal de Madryn me encuentro a Lucero y al Vikingo, como le decíamos a Souto. Me dijeron que les faltaba un marinero para poder salir, me insistieron tanto que decidí quedarme. Al día siguiente salimos al mediodía del puerto de Madryn para hacer abadejo”, señala.
Tras cuatro horas de navegación, el Quarracino salió del golfo Nuevo y rumbeó al sur. Cuando llegó el momento de dar descanso a Schelling, quien lo reemplazó fue Souto. “El Vikingo era marinero, pero le consiguieron una habilitación de segundo patrón y por eso se encargó el de ocupar el lugar del capitán. Eso terminó siendo el gran problema”, asegura León y arroja un dato sobre la mesa que es fácil de corroborar: la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo confirmaría más adelante que “quien en realidad conducía el buque era un marinero carente de habilitación para la función que desempeñaba”.

Norberto León repasa datos del naufragio, cuarenta años después.
Cuando se produjo el impacto, los barcos estaban a unas 75 millas náuticas en línea recta a Playa Isla Escondida. El Topacio quedó montado sobre la cubierta del Quarracino y en lo único que pensaron los tripulantes fue en ponerse a resguardo. León se recuerda saltando de la cama en la parte inferior del barco y que “la gran presión de agua que entraba impedía salir”. “Cuando a vos te colisionan -explica-, el barco se escora de una cierta manera y toda la inercia es toda el agua que va entrando. En la desesperación de querer salir, nos empujábamos uno con otro y no podíamos. Hasta que el barco paró en su inercia, y ahí nosotros alcanzamos a dejar el rancho con agua al pecho ya. Cuando subimos, voy arriba al puente a ver, y vimos la impresionante proa del otro barco. Solo atinamos a buscar la balsa”.
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En una casa de Puerto Madryn, desconocedora de todo lo que ocurría, dormía la compañera de Schelling con sus tres hijos y una adolescente a la que ellos consideraban adoptada y le decían La Polaca. Era una familia que unas semanas antes había decidido mudarse desde Mar del Plata para acompañar a Schelling en las “mareas” y también para alejarse del ruido. La mujer se llamaba Margarita Graziana Di Tullio y la habían empezado a llamar, Pepita La Pistolera, desde que el 20 de agosto anterior había protagonizado nada menos que un triple crimen. Ese día, los hermanos Mariano y Alejandro “Tarta” Losada y su amigo Américo Córdoba, fueron acribillados en la habitación de Di Tullio por ir a reclamar una deuda. Di Tullio había matado a Córdoba y al “Tarta”, un matón rentado para su pool “444”, mientras que Schelling había liquidado a Mariano. Ambos habían estado presos, pero la Cámara de Apelaciones les había concedido la excarcelación ante una probable legítima defensa.
Margarita Di Tullio había ideado un plan para recuperar dinero perdido por los flamantes problemas judiciales. Mientras su mano derecha, Patricia Hormazábal, se hacía cargo en Mar del Plata de los cabarets Neisis y Rumba, ella esperaba que Schelling ganara un buen dinero con el Quarracino. El objetivo era pagar deudas y comprarse una nueva casa, porque a Marcelo T. de Alvear 251, escenario del triple crimen, nadie quería regresar.

Schelling junto a Di Tullio y Hormazabal en uno de sus bares del Puerto.
Ella había sido vital para que Schelling se convirtiera en capitán. La relación entre ambos había empezado en el año 1977 y, como no podía ser de otro modo, el lugar en que se conocieron fue el punto en común de ambos. Margarita trabajaba de copera y Guillermo, como marinero y hombre soltero, salía de noche por la calle 12 de Octubre. En una de esas faenas nocturnas, Schelling terminó por ingresar a un bar donde llamaba la atención una mujer más por su verborragia que por su belleza. Se enamoraron y él le prometió dejar sus ideas subversivas si ella dejaba la noche. De ahí a formar familiar fue un solo paso. Margarita criaba a su hijo de una relación anterior y en 1979 tuvo el primer hijo con Schelling. Tres años más tarde abrieron su propio cabaret al que llamaron Neisis, apodo de Schelling por ser “negro y fulero como el monstruo del Lago Ness”. Luego agregaron a la familia un nuevo hijo, un nuevo cabaret, Rumba, y el pool 444.
Schelling había estudiado para pasar a ser capitán y a muchas de esas clases lo llevaba Margarita con su Renault Alpine. Fue superando exámenes hasta que finalmente obtuvo el grado de capitán. Entre las obligaciones y responsabilidades que decían los manuales estaban las de conducir el barco a su mando, pero también tenía derecho al descanso.
Pasada la medianoche ambos dormían. Schelling en su camarote y Margarita en la casa de Madryn. Para ella la madrugada habría de pasar sin más novedades que cualquier otra. Recién por la mañana, desde la Prefectura Naval, le llegaría la noticia de la suerte que había corrido Schelling.
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“Schelling dormía arriba, atrás del puente, así que cuando llegamos él ya estaba ahí. El barco salió en ese momento de la colisión y se escoró a babor. Lo que pasó fue que eso nos imposibilitó tirar la balsa, que se desprendió y quedó trabada entre la pala del timón que está en popa y la puerta de la entrada del comedor”, dice León.
La secuencia de un naufragio puede transferirse en forma de relato, pero lo sensorial o lo que un tripulante experimenta, no. Apenas si cualquiera que no estuvo allí puede imaginárselo. El tiempo y las leyes de la física parecen distorsionarse, hasta el momento en que todo recupera su estado natural. Y entonces las cosas suceden. “Cuando se vio que no podíamos tirar la balsa, lo primero que atiné fue ir a buscar salvavidas. Entonces bajé al rancho, agarré cuatro o cinco salvavidas, los tiré para arriba y me puse uno. Nos teníamos que tirar al agua. Nos sentamos todos en la popa y nos tiramos al agua. El jefe de máquina, Ramón Máximo, era una persona que no se sabía nada. Pero tenía el salvavidas puesto. Cuando nos tiramos yo giro la cabeza, veo el barco y como en una película, veo la hélice dando vuelta, la luz prendida, y al jefe de máquina abrazado del pescante. Nosotros desde el agua le decíamos que se tirara, pero él no quería. Estaba tan asustado. El barco empezó a quebrarse y las tablas de cubierta empezaron a saltar para arriba. Entonces se hundió, con el jefe de máquina abrazado al pescante”, reconstruye con el esfuerzo colocado en no olvidar detalle alguno en su memoria.
León recuerda que nadaron hasta un lado del Topacio, que desde cubierta le tiraban de todo para aferrarse y que pudieron subir. “Yo estaba arriba del barco -prosigue- y bueno, lo único que faltaba era saber qué había pasado con el jefe de máquina. No sé el tiempo que pasó, si 10 segundos, 15, 20, 1 minuto, 2 minutos. De pronto sentimos un grito del agua. Dos tripulantes del Topacio se tiraron y lo rescataron. Estaba sin salvavidas y se había salvado gracias a una hoja de Telgopor de la entretapa de la cubierta”.
El Topacio no sufrió daños, cargó a toda la tripulación y regresó a Puerto Madryn. Cerca de las 9.45 fue recibido en puerto por las autoridades de Prefectura Naval, quienes constataron con sus cuerpos médicos que los diez miembros del Quarracino estaban en perfecto estado de salud.
Cuando nos tiramos yo giro la cabeza, veo el barco y como en una película, veo la hélice dando vuelta, la luz prendida, y al jefe de máquina abrazado del pescante
Antes de que la empresa Estrella del Mar llevara a los tripulantes a comprar ropa y calzado, entró en acción la agencia marítima al tomar declaraciones en el que fue el inicio de un expediente que llegó a la Justicia, instancia en la que se determinó negligencia compartida. Aplicó una pena a Nadeo de 3 meses de suspensión por desatender la vigilancia por 5 minutos, pero reconoció que eso pudo “haber obedecido al desconocimiento que éste tenía de que quien en realidad conducía el otro buque era un marinero carente de habilitación para la función que desempeñaba, que el cruce entre los buques había quedado coordinado y que -en consecuencia- era irrazonable que el “Quarracino” cambiara de rumbo y mucho menos que dicha alteración pudiera ser en acercamiento, y que el lapso de 5 minutos en que Nadeo abandonó la proa podría considerarse un simple descuido, no lo es menos que el ámbito profesional náutico marca obligaciones y deberes insoslayables, cuya omisión acarrea las correlativas responsabilidades”.
El único que no necesitaba ropa era Schelling. Esperó que Margarita lo pasara a buscar, le diera una muda nueva y lo llevara para la casa alquilada. “Yo no la vi a Margarita en el puerto, pero tal vez haya ido a recoger a Schelling”, dice León.
Los Di Tullio-Schelling, que habían viajado a Madryn para poder salir a flote, se encontraron con un hundimiento, esta vez real no metafórico, que los puso a recalcular su vida. De todos modos, con el dinero que el Quarracino ya les había dejado en las semanas anteriores pudieron regresar a Mar del Plata y sacar un crédito para comprar una casa sobre la avenida Cervantes Saavedra.
En los años que siguieron, Di Tullio y Schelling fueron condenados a 20 y 16 años de prisión por el Triple Crimen, pero luego la Justicia corrigió a solo 3 años de cumplimiento condicional por entender que se había dado un exceso en la legítima defensa. El matrimonio no siguió mucho tiempo más y en 1995 ocurrió el fallecimiento de Schelling al caer desde el quinto piso del edificio situado en Córdoba 1837.
Ese mismo año Margarita fue detenida en Comodoro Rivadavia con su nuevo novio, Pedro Villegas, por tener droga en su poder y un arma, pero el procedimiento fue declarado nulo y fue absuelta. Su vida se movió entre la Justicia y los cabarets del puerto. Apareció involucrada injustamente en el caso Cabezas y recibió una nueva condena por coimear al juez Jorge García Collins.
En 2009, mientras estaba en San Juan, Margarita o Pepita La Pistolera, sufrió un infarto cerebral y murió unos meses después en Mar del Plata.
Lectura sugerida
“Pepita la Pistolera”: el personaje que se devoró a Margarita Di Tullio
Una reconstrucción profunda sobre la mujer detrás del mito que marcó la crónica policial argentina.
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