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La Ciudad 12 de febrero de 2026

Dos cartas y un té entre Victoria y Don Roberto

La escritora Victoria Ocampo y el arquitecto e historiador Roberto Cova mantuvieron en los años '60 un breve cruce epistolar. Luego compartieron un té en la emblemática Villa Victoria. La historia quedó escrita en un artículo publicado hace más de cuatro décadas y merece ser recordada.

Victoria Ocampo no estaba convencida de la belleza del jardín de su villa marplatense, y lo dejó escrito en una carta.

 

El 5 de julio de 1981, LA CAPITAL publicó un artículo firmado por el arquitecto e historiador Roberto Cova con el título “Una carta de Victoria Ocampo”. Cinco meses antes, “Villa Victoria”, residencia marplatense de la escritora, se había salvado de un destino incierto. Su dueña, fallecida en 1979, la había donado a la Unesco, que la puso en subasta pública en 1981. La Municipalidad, gobernada entonces por Mario Roberto Russak, ganó esa compulsa y fundó el actual centro cultural.

La historia que narró Cova ocurrió “unos dieciocho años antes” de la publicación de su artículo, de modo que debemos remontarnos a 1963, cuando el arquitecto, que estaba por cumplir 33 años, conoció de manera casual y bastante insólita a Antonio Rubio, casero de “Villa Victoria”.

“Le pedí permiso para ver el parque del famoso ‘Chalet de Madera’. Así entré por primera vez al jardín de ‘Villa Victoria’. Dimos (con el casero) la vuelta por el sendero de grava, nos sentamos en un banco de piedra, Rubio me contó algunas cosas del -entonces- presente y muchas del pasado, yo le referí las mías, tomé algunas fotos y nos despedimos hasta más ver”.

Cova no se conformó con esa visita y le escribió una carta a Victoria Ocampo. Con visos de ensoñación, el arquitecto ponderó los árboles que poblaban el parque; y le dijo, también “…que el conjunto me había provocado una visión de una joven vestida de blanco, a la moda de principios de siglo, que bajaba por la escalinata de la galería y se deslizaba, con pasos ingrávidos, sobre el césped del jardín. Y le manifestaba que sería para mí un placer conversar con ella sobre estos temas. La respuesta, que no se hizo esperar, traída por la mismísima causante a mi propia casa es la siguiente:

‘Villa Victoria. Mar del Plata. Señor R.O.C. Lo único que puede ofrecer Villa Victoria a un visitante son algunos de sus árboles. Algún tilo, alguna lambertiana, que por obra y gracia del Espíritu Santo han crecido como tenían que crecer en buena tierra. Este año, especialmente, las flores están poco menos que para arrancarlas y dárselas al basurero. El césped ídem. Lleno de eso que llaman “pata de gallo” y que es peor en un parque bien cuidado que en una cara de mujer. Para desgracia de este país nosotros ni siquiera tenemos en esta tierra tan fecunda lo que podríamos tener: lindos jardines (públicos y privados). No hay jardines, créame. La tierra sola hace lo que puede. Los viveros no existen (y los que juegan a ser viveros son de una pobreza franciscana). En Inglaterra, en Francia, en Estados Unidos he visto, el verano pasado, plantas y flores maravillosas. ¡No me hable de que hay jardines aquí! No tenemos ni eso. Pero si usted quiere venir a ver este potrero lo recibiré con mucho gusto’.

‘Tengo que advertirle que aquí no vive ninguna niña vestida de blanco sino una mujer de pantalones y alpargatas que rezonga porque las hormigas se comen todo lo verde del jardín (sin contar lo que comen las gatas peludas y los caracoles). Una mujer que vive manejando una tijera de podar y que hoy se cortó con ella la palma de la mano (pero muy poco). Cosas todas muy poco románticas, como verá. La hora que me viene mejor a mí es la de la tarde, a eso de las cuatro y media. Si quiere venir el domingo estaré aquí. Muy cordialmente. Victoria Ocampo’”
El domingo, a las cuatro y media en punto, Cova abrió el portón de la calle Matheu y un mucamo lo llevó al salón octogonal.

El arquitecto e historiador Roberto Cova, protagonista de un singular encuentro con Victoria Ocampo.

El arquitecto e historiador Roberto Cova, protagonista de un singular encuentro con Victoria Ocampo.

“Pronto apareció la dueña de casa y dimos la esperada vuelta por el jardín que, es bueno recordarlo, abarcaba entonces dos manzanas. Luego pasamos al comedor, donde fue servido uno de los clásicos tés de Victoria Ocampo. Éramos tres los de la partida: la anfitriona, su hermana Angélica y yo. La conversación giró sobre los temas inimaginables: el veraneo elegante, la Rambla Bristol, las grandes residencias, las plantas y las flores. Llegada una hora prudente, me despedí. Y así fue mi segunda entrada a ‘Villa Victoria’”.

“Hablar de Victoria Ocampo es polémico, como indudablemente lo son algunos de los juicios de la carta transcripta”, afirmó Cova, quizás en referencia a sus quejas por la falta de jardines nacionales.

“Era una mujer muy especial. Nació en el seno de una familia cuyos miembros, como los de muchas otras -ella misma lo dice en su autobiografía- pertenecían a una época que ha cumplido su periplo, con las fallas y los aciertos, las cualidades y los defectos de su tiempo…”.

“Y, tuerza es reconocerlo, Victoria Ocampo fue, dentro de su ambiente, un caso excepcional. ‘O la tomas o la dejas’ diría quizá algún español coterráneo de sus antepasados peninsulares, aunque esto poco tenga que ver con la belleza intrínseca del famoso ‘Chalet de Madera’ de su hoy lamentablemente fragmentado parque”.