“Dolores”, la historia real de una mujer que desafió los mandatos de su época
A partir de la memoria oral de su abuela, Matías Gagliardone reconstruye la vida de una inmigrante en la Buenos Aires de principios del siglo XX. Una novela sobre resiliencia, deseo y autonomía femenina que dialoga con los debates actuales sobre género y derechos.
Matías Gagliardone, autor de la novela "Dolores".
Por Andrea Albertano
La historia comenzó en una sobremesa familiar y terminó convertida en una novela de más de 300 páginas. En Dolores, Matías Gagliardone rescata la vida de una mujer atravesada por los mandatos patriarcales, la inmigración y la supervivencia en una Buenos Aires en plena transformación. A partir de una grabación casera de su abuela –la última depositaria de esa memoria– el autor reconstruye una historia inspirada en hechos reales que, a las puertas del Día de la Mujer, invita a revisar cuánto hemos avanzado y cuánto aún queda por conquistar. En esta entrevista, habla sobre el delicado equilibrio entre memoria y ficción, la investigación histórica y la construcción de una protagonista compleja que resiste, se transforma y deja huella.
-¿Cómo surgió la idea de contar la historia de Dolores?
-La historia nació mucho antes de que yo supiera que algún día iba a escribir una novela. Surgió en sobremesas familiares, en esos almuerzos largos en la casa de mi abuela, donde de vez en cuando aparecía la figura de Dolores. Mi abuela hablaba de su increíble historia, de episodios que algunas de sus hermanas incluso preferían no mencionar, como si les molestara el recuerdo de lo sucedido. Yo iba muy seguido a almorzar a su casa, y en una de esas visitas decidió contarme la historia con mayor profundidad. Recuerdo que en su momento, mi reacción fue inmediata: «Esta historia es como para escribir una novela». Pero en ese momento fue más que nada una sensación, casi una expresión de deseo un tanto absurda, muy lejana. Eso fue en 2015, así que por supuesto pasó mucha agua debajo del puente hasta que se hizo realidad.
-En la introducción mencionás la grabación de tu abuela Rafaela: ¿cómo influyó esa memoria oral en la construcción del relato?
-Fue sin dudas el disparador emocional. En aquel almuerzo de 2015, cuando mi abuela me dijo que iba a contarme la historia de Dolores de punta a punta, tuve la lucidez de pedirle permiso para grabarla con el celular. Menos mal. Porque sin esa grabación, tal vez esta novela no existiría hoy. Escuchar la historia de su propia voz fue decisivo. Su cadencia al hablar, sus palabras cargadas de emoción y de significado, por ser parte de su propia experiencia. Y sus silencios también. Como menciono en la sección de Agradecimientos de la novela, esa grabación fue la semilla fundamental para que el proyecto germinara.
Mi abuela no llegó a ver el libro publicado –falleció en 2018–, pero me gusta pensar que, de algún modo, sabe que aquella historia que me confió en una sobremesa hoy está plasmada en papel, atravesando generaciones, convertida en algo que ojalá pueda trascender en el tiempo.
-¿Qué te motivó a abordar esta historia durante la pandemia?
-La pandemia fue un paréntesis forzado. El mundo pareció detenerse. Cerraron los restaurantes, los gimnasios, el home office se volvió algo cotidiano, y eso hizo que en general hubiera mucho más tiempo libre. Frente a tanta incertidumbre, muchos buscamos algo en que refugiarnos. Yoga, pan con masa madre, aprender un instrumento musical, lo que fuera. En mi caso, el refugio fue la escritura.
Era algo que siempre había estado latente en mí, pero nunca encontraba el momento, o no lograba hacerme el tiempo para dedicarle. En ese contexto volví a pensar en aquella grabación de mi abuela, hecha cinco años antes. La busqué por todos lados hasta que finalmente la encontré en un email que me había enviado a mí mismo con el asunto «Abuela». Recuerdo haberme sentido orgulloso de mi yo del pasado tan previsor. Escuché la grabación de principio a fin, la transcribí, y en ese proceso empezó a tomar forma este proyecto.
-¿Qué desafíos encontraste al reconstruir hechos de una historia familiar que pasó por varias generaciones?
-La principal fuente que tenía era la grabación de mi abuela. Pero ella ya no estaba para hacerle nuevas preguntas o volver sobre algún detalle. Esa ausencia fue, al mismo tiempo, un límite y un impulso. Las únicas personas que habían conocido a Dolores y a quienes podía consultar eran mi mamá y sus hermanas. Pero claro, ellas tampoco habían vivido directamente los hechos más importantes; habían heredado la historia a través de la oralidad familiar, con todo lo que eso implica. Aun así, generosamente me compartieron anécdotas, recuerdos sueltos, escenas que habían quedado grabadas en su memoria. Algunas de esas historias encontraron su lugar en la novela; otras ayudaron a construir el clima y el carácter de los personajes. Pero, como suele pasar, muchas veces las versiones no coinciden o incluso se contradicen. Mi desafío fue intentar ser fiel al espíritu de los hechos, más que a la precisión absoluta de cada detalle. Siempre tuve claro que estaba escribiendo una novela inspirada en una historia real, no un documento biográfico.
-¿Hubo partes de la historia que tuviste que imaginar o complementar con ficción? ¿Cómo manejaste ese balance entre memoria y ficción?
-Sí, necesariamente. Hay diálogos, escenas íntimas y decisiones internas que por supuesto no estaban documentadas. Ahí es donde entra la ficción. Pero siempre intenté que todo lo que imaginara fuera coherente con el espíritu de los personajes y con el contexto histórico en el que vivieron. Al tratarse de una novela, también busqué dramatizar ciertas situaciones, potenciar tensiones, construir algunos arcos narrativos que le dieran mayor profundidad y ritmo al relato. Sin embargo, nunca quise alejarme de la verdad esencial de lo que ocurrió. Los grandes hitos en la vida de Dolores que se cuentan en la novela sucedieron realmente. De hecho, muchas veces los lectores me preguntan si determinadas situaciones son inventadas porque les resultan difíciles de creer… y suelen ser justamente las que pasaron de verdad. Es uno de esos casos en los que la realidad supera a la ficción. Pero la fidelidad que me importaba era emocional: que los personajes fueran verdaderos en lo humano y coherentes con su propio carácter, aunque algunas escenas tuvieran que ser reconstruidas o imaginadas. La ficción no debía traicionar esa esencia, sino completarla.

-Tuviste que investigar sobre la Buenos Aires de principios del siglo XX para ambientar la novela. ¿Cómo fue esa tarea?
-Fue una de las partes más fascinantes del proceso. Antes de escribir una sola línea, pasé un año entero investigando cómo era la sociedad de principios del siglo XX. Sabía que no iba a centrarme en grandes acontecimientos históricos, sino en la vida íntima de Dolores y su entorno, así que necesitaba comprender, sobre todo, lo cotidiano. Quería saber cómo se vivía en aquel entonces: cómo se vestía la gente, qué barrios estaban creciendo, cómo funcionaba el transporte, cuál era el lugar de la mujer en esa estructura social y qué implicaba ser inmigrante en una Buenos Aires en plena expansión. Encontré muchísimas fotos, planos y mapas de la época, y eso me ayudó a que cada detalle –edificios, monumentos, calles, vestimenta– fuera creíble. De hecho, armé un archivo con más de 300 imágenes que me acompañaron durante la escritura. Aprendí muchísimo en ese proceso.
Hubo un momento muy especial en esa búsqueda. En un registro de inmigración encontré el buque exacto en el que viajó Dolores con su familia. Cuando escribí su nombre y apellido en el sitio Web y apareció el barco, con la fecha precisa de llegada, sentí un escalofrío. No lo podía creer. Le dio una tangibilidad enorme a todo el proyecto. Mucha gente me dijo después que la novela les resultó muy visual, que por momentos sentían que estaban ahí, en Buenos Aires, tomando el subte o caminando por la peatonal Florida. Me encanta recibir ese tipo de comentarios, porque era exactamente lo que buscaba: que el lector pudiera oler las calles y, al mismo tiempo, sentir el peso social de la época. La documentación fue rigurosa, pero siempre al servicio de la narración.
-Dolores es una protagonista compleja, marcada por los mandatos patriarcales y las responsabilidades familiares. ¿Qué te interesó explorar sobre su psicología y sus decisiones?
-Me interesaba explorar ese conflicto permanente entre el deber y el deseo: entre lo que se espera de una mujer y lo que esa mujer realmente anhela. También quise intentar entender por qué hizo lo que hizo. Desde afuera puede resultar fácil juzgar, pero cuando uno se mete en el contexto, en las presiones sociales y familiares, la mirada cambia. Además, quise recorrer ese arco en el que Dolores se sostiene durante años a través de una resistencia silenciosa y una actitud aparentemente sumisa. Muchas veces se siente un poco sapo de otro pozo, fuera de lugar, pero al mismo tiempo esa postura convive con una resiliencia enorme y con un carácter muy firme para seguir adelante como sea posible. Esa tensión interna es la que, poco a poco, la va empujando hacia un proceso de transformación, como resultado de decisiones, pérdidas y circunstancias que la van moldeando con el tiempo.
“Los derechos y libertades que hoy debatimos no aparecieron de la nada. Fueron construidos sobre luchas de mujeres como Dolores”.
-¿Cómo fue trabajar con los vínculos entre las hermanas y la familia en general? ¿Hubo algún personaje que te haya resultado especialmente difícil o gratificante de construir?
-Los vínculos familiares son el corazón de la novela. Son espacios de amor, pero también de tensiones acumuladas. Algunos personajes secundarios fueron especialmente desafiantes porque podían caer fácilmente en estereotipos. Trabajé mucho para que incluso quienes toman decisiones cuestionables tuvieran motivaciones humanas y comprensibles dentro de su contexto. Me gustó especialmente poder retratar a mi abuela como personaje. Es, obviamente, a quien más conocí de todos los que aparecen en la historia, y eso me dio una base emocional distinta. Intenté mostrarla tal cual era: atrevida, hiperactiva, un poco metida también, pero al mismo tiempo arraigada a ciertos valores tradicionales de su generación. Y, sobre todo, profundamente generosa. Poder llevarla a la ficción fue, de alguna manera, otra forma de homenajearla.
-¿Cómo tomó tu familia la idea de mostrar los conflictos familiares? ¿Conoció la novela antes de publicarla? ¿Cómo reaccionaron?
-Mi mamá leyó la novela antes de publicarla y fue una lectora clave en el proceso. Con su mirada atenta, sus correcciones y sus sugerencias para algunas escenas, me ayudó a darle más énfasis a ciertos momentos y a ajustar la cadencia en otros. Desde el principio estuvo muy entusiasmada con el proyecto y con la idea de que la historia de su tía, a quien quería muchísimo, quedara plasmada en papel. El resto de mi familia, cuando se enteró de que estaba escribiendo la novela, se llenó de curiosidad y expectativa. Había ansiedad por verla publicada y descubrir cómo iba a contar esa historia tan conocida por muchos de ellos. En general, la reacción fue de emoción y orgullo. Creo que entendieron que la intención no era exponer, sino honrar una historia familiar. Y que, más allá de los hechos, lo que estaba escribiendo era una novela inspirada en una historia real, no una biografía exhaustiva.
-La novela aborda inmigración, rol de la mujer, supervivencia y familia. ¿Qué creés que estas historias pueden enseñarnos sobre la sociedad de hoy?
-Me parece que siempre está bueno mirar hacia atrás para poder avanzar con más conciencia. Muchas de las discusiones que hoy tenemos no nacieron ayer: la inmigración, la desigualdad de género, la presión social son temas que vienen desde hace muchísimo tiempo y que, sin embargo, siguen muy vigentes en el mundo complejo en el que vivimos. Revisar esas historias nos permite entender que los derechos y libertades que hoy debatimos no aparecieron de la nada. Fueron construidos sobre luchas de mujeres como Dolores, que hicieron lo que pudieron dentro de los márgenes que tenían. Y creo que reconocer ese recorrido nos ayuda también a valorar lo conquistado y a dimensionar lo que todavía falta.
-¿Qué mensaje esperás que los lectores se lleven al terminar el libro?
-Principalmente está el mensaje de la resiliencia, de la posibilidad de reinventarse. De que, incluso cuando parece que el camino ya está marcado, todavía puede haber margen para cambiar. Puede sonar a cliché, pero no deja de ser cierto. Las historias inspiradas en hechos reales nos dejan de alguna manera esa enseñanza. Pero además, uno de los puntos que más me interesan es que mucha gente se siente identificada con la novela porque en su propia familia hubo historias de inmigración. Todos, en mayor o menor medida, venimos de alguien que dejó su tierra natal por algún motivo. Y para mí es fundamental que esas historias no se pierdan. Por eso siempre aconsejo a los lectores que pregunten, que conversen con sus padres o sus abuelos, porque casi siempre hay relatos increíbles esperando ser escuchados.
“Dolores vivió en una época en la que la autonomía femenina era casi inexistente. Leer su historia hoy invita a valorar cuánto se avanzó”.
-¿Cómo dialoga tu novela con la actualidad en cuanto a derechos, igualdad y autonomía de las mujeres?
-Dialoga desde el contraste. Dolores vivió en una época en la que la autonomía femenina era casi inexistente. Leer su historia hoy invita a valorar cuánto se avanzó, pero también a reconocer que todavía quedan desafíos pendientes. Porque, aunque en muchos lugares de Occidente la realidad haya cambiado, en otras partes del mundo siguen ocurriendo situaciones similares a las que ella vivió. Y resulta increíble que sigan pasando esas cosas en pleno siglo XXI.
Una colega autora me dijo que la novela tiene una impronta feminista, y la verdad es que me dio orgullo. Más allá de que la historia esté inspirada en hechos reales, era algo que me interesaba mostrar: esa tensión entre la opresión y la búsqueda de autonomía de la mujer en ese entonces. Además, tengo la suerte de haber crecido rodeado de mujeres muy fuertes en mi familia. Eso inevitablemente influyó en mi mirada. Me interesaba explorar esa evolución, entender de dónde venimos y cómo, incluso en contextos mucho más restrictivos, hubo mujeres que se animaron a empujar los límites.
-La historia de Dolores está narrada con atención al detalle cotidiano, ¿qué escritores o referentes literarios te influyeron para este libro?
–Siempre me interesaron los autores que construyen mundos desde lo íntimo, esa literatura que realza lo cotidiano. Eduardo Sacheri es una referencia importante para mí por su manera de trabajar los vínculos y las emociones sin caer en la exageración, y también por ese tono coloquial que hace que las historias se sientan cercanas. Lo mucho que te amé fue una novela que me marcó especialmente, sobre todo por el retrato de una mujer atravesada por su tiempo y su entorno familiar. En otro registro, también valoro mucho a Arturo Pérez-Reverte, especialmente por su trabajo en la reconstrucción de época y el cuidado del contexto histórico. Esa atención al escenario y al detalle fue algo que intenté tener muy presente al escribir “Dolores: una novela”.
-Contás con una carrera en comunicación y publicidad: ¿cómo influye tu experiencia profesional en tu manera de contar historias?
-La comunicación me enseñó la importancia del ritmo y de la claridad. Y gracias a la publicidad aprendí que cada palabra tiene que cumplir una función, que nada puede estar puesto porque sí. Intenté trasladar esa lógica a la narrativa: que cada escena empuje la historia hacia adelante y que el lector no se pierda en desvíos innecesarios. Al final, se trata de mantener al lector atrapado. Claro que en publicidad —y más en el mundo actual— el attention span puede durar apenas cuatro o cinco segundos. Acá el desafío es sostener esa atención durante más de 300 páginas. Es otro tipo de compromiso, mucho más profundo. Pero confío en que, cuando la historia vale la pena, el lector se queda.
-¿Hubo algún momento en la escritura que te sorprendió o te emocionó particularmente? ¿Qué escena de la novela te resulta más significativa o favorita?
-Una cosa que realmente me sorprendió durante el proceso fue comprobar algo que había leído muchas veces en libros sobre el oficio de escribir. Autores como Stephen King en On Writing o Anne Lamott en Bird by Bird hablan de cómo, a medida que avanzás en la historia, los personajes empiezan a «hablarte» y a marcarte el camino. Siempre pensé que era una metáfora simpática, pero no del todo literal. Y sin embargo, me pasó. Yo tenía la estructura general de la novela bastante clara desde el principio. Sabía hacia dónde iba la historia. Pero a mitad de camino tuve que frenar y ajustar algunas situaciones –no el arco integral, pero sí decisiones puntuales– porque simplemente no eran coherentes con el personaje tal como había ido creciendo en las páginas. En algún punto, los personajes empezaron a marcar sus propios límites. Y fue una experiencia muy fuerte, sentí que me «hablaban» de verdad, y no podía forzarlos solo para que encajaran en un esquema previo.
En cuanto a escenas específicas, me resultaron especialmente significativas aquellas en las que Dolores finalmente enfrenta su realidad, apoyada en todo lo que aprendió a lo largo de su vida. Reflejar esa resiliencia, ese coraje y esa posibilidad de redención fue algo que disfruté mucho escribir. Y cuando muchos lectores me dicen que se emocionaron en el clímax de la historia, lo vivo como un orgullo enorme. Ahí siento que el vínculo entre la historia y quien la lee realmente se completa.
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