Itinerarios de lectura: para atrapar al lector
El suspenso no es un género, es un recurso para enganchar al lector y que continúe la lectura, cuenta Nomi Pendzik. Y nos presenta a Edu Benca quien explota ese recurso en este relato de ciencia ficción.
Edu Benca, con la autora de esta nota, en La Anita.
Por Nomi Pendzik
Edu Benca (Paraguay, 2000) es un talentoso narrador, creador audiovisual y director de cine, de gran personalidad y temple. Actualmente, reside en La Anita, en la sede presencial del Taller de Corte y Corrección, en el corazón de Parque Luro, enfocado en terminar, bajo mi supervisión, su primera novela. Se trata de Raykatz, una trepidante aventura postapocalíptica en la que los protagonistas se ven implicados en un viaje iniciático, tanto temporal como geográfico.
Una de las características de esta excelente novela es el uso del recurso del suspenso –suspense, dirían los españoles–. La palabra viene desde el latín: ‘sub-’ (debajo), y ‘pensum’ (colgado). La RAE define este término como “Expectación impaciente o ansiosa por el desarrollo de una acción o suceso, especialmente en una película, una obra teatral o un relato”. Y da como sinónimos intriga, emoción, tensión, angustia, incertidumbre. Es un modo de lograr que los lectores quedemos atrapados en la lectura.
Y decimos que es un recurso y no un género, porque hay suspenso en muchos tipos de obras, incluso en las comedias románticas –¿se casarán o no aquellos amantes clandestinos, a despecho del exesposo que los viene amenazando?–.
¿Y en qué consiste este recurso? En dosificarle la información al lector, de manera tal que conozca ciertas circunstancias o datos –acaso mejor que los personajes–, y pueda dudar acerca de una posible resolución de las situaciones narrativas. Se crea entonces en la mente del lector una tensión que lo mantiene en vilo hasta que la trama se resuelve. Alfred Hitchcock se lo explicaba así a François Truffaut en su imprescindible libro El cine según Hitchcock (Madrid: Alianza, 1993): “Supongamos que hay una bomba debajo de esta mesa entre nosotros. No sucede nada, y luego de repente, «¡Booom!». Hay una explosión. El público se sorprende, pero antes ha visto una escena absolutamente ordinaria, sin ninguna consecuencia especial. Ahora, tomemos una situación de suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe (…), es consciente de que la bomba va a explotar a la una, y hay un reloj en el decorado. (…) Nuestra inocente conversación se vuelve fascinante, porque el público participa en la escena, ansía advertir a los personajes de la pantalla: «No deberías hablar de asuntos tan triviales. Hay una bomba a tus pies ¡y está a punto de explotar!». En el primer caso hemos dado al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo, les hemos proporcionado quince minutos de suspense”. Y la sensación, agregaría yo, de intervenir en la escena, aunque su intervención resulte vana.
De ese modo trabaja Edu Benca en el texto que les presento hoy. En el primer capítulo de su novela –antecedido de un prólogo–, ya nos sitúa en un entorno de ciencia ficción gracias a la mención de cierta tecnología, y también en el universo del horror, por una especie de monstruo que acecha y ataca al personaje. Y el suspenso se sostiene a futuro: al terminar el capítulo, el lector se interesa por conocer las consecuencias de ese hecho, incluso necesita comprender las causas. ¿Responderá el próximo capítulo a esas expectativas? Sólo hay un modo de averiguarlo: avanzar en la lectura de esta aventura cuando se publique.
Donde acechan mis demonios
Por Edu Benca
El lector rojo parpadeaba sobre el picaporte, hasta que Robert embocó su arrugado pulgar sobre él: al instante se volvió una luz verde, y la puerta se cerró con doble llave.
Robert inclinó la cabeza contra la puerta, cansado después de su lucha contra la tecnología. Irguiéndose, accionó el interruptor de la luz, pero todo chisporroteó. Y una baliza roja se activó en el cielorraso.
—Maldito seas, Oskar —dijo en un gruñido—. Tenías que tocar mis viejas luces también. Y ahora dónde carajos estará mi caja de herramientas.
Cruzó el living hasta la cocina, chocándose con los muebles: la luz de emergencia había convertido su casa en un rojizo laberinto estroboscópico.
—Así es, hijito —dijo Robert hurgando entre sus cosas, como si lo tuviera con él al muchacho con quien había estado conversando hace un rato—. El mundo antes de los robots era mejor, era otro mundo.
—Sí que era otro mundo —dijo una voz desconocida, y el viejo sintió que se le desgarraba el pecho—. Tranquilo, tranquilo. No me sirve que infartes ahora. No después de tantos años de búsqueda.
Robert se giró, desesperado, pero la baliza intermitente hacía que todas las cosas se movieran en la penumbra, llenaba el living de siluetas que en la cabeza del viejo se traducían en bestias salvajes y demonios sin nombre. Aterrorizado, buscó inútilmente entre las sombras algo con que defenderse de quien fuese el dueño de aquella voz.
—Perdón si te asusté —dijo la voz—: creí que era el momento indicado para entrar en escena. Me llamo Därjel.
—Aquí no hay nada que pueda servirte, Därjel —respondió el viejo, y palpando la caja de herramientas logró armarse con un destornillador.
—Por supuesto que hay algo que puede servirme, Robert. Pero necesito tu ayuda.
—¿Cómo sabes mi nombre? —Robert seguía tratando de distinguirlo en la penumbra.
—Lo leí en el registro público —dijo la voz—. Pero el rastro acababa contigo, porque, al parecer, todo se modernizó después de eso. Y no soy muy bueno con las computadoras.
—Somos dos.
—¿Para qué es ese destornillador? —Ahora la voz del tal Därjel reverberaba, sonaba desde distintas partes de la casa—. No creo que sea momento de arreglar las luces. ¿Vas a desarmar la cerradura? En todo caso, te convendría uno de punta plana. Y ya que estamos, un destornillador más chico te serviría más.
—¿Qué es lo que quieres? —pegado contra la pared de la cocina, Robert se deslizó hacia el living.
—No olvides la linterna —siguió Därjel—. Con esta pobre baliza no verás un carajo. Pero necesitarás las dos manos para trabajar.
—No hay nada de valor aquí que pueda servirte —dijo Robert, arrastrando las piernas, ahora convertidas en dos trozos de gelatina—. Llévate lo que quieras, de todos modos. Tengo… —El viejo sentía el pecho oprimido, como si un camión estuviera pasándole por encima—. Tengo un reloj de… de oro. En fin, de oro no es. Es bañado en oro. Bueno, es sólo un reloj de cuarta, enchapado en oro. Pero es muy viejo, podría tratarse de una costosa antigüedad.
—Ya sé: puedo sostenerte la linterna como un hijo que ayuda a su papá a solucionar los problemas de la casa. Dime, Robert: ¿tienes hijos?
—Sí, sí, sí.
—¿Y a qué hora regresa tu hijito?
—¿Tommy? Maldita sea, por qué no lo dejan en paz. El muchacho lleva años tratando de vivir una vida decente, y ustedes siguen buscándolo.
—No se puede huir del destino —La voz de Därjel se unificó justo frente a Robert—. Después de todo, es un Fergusson al igual que usted ¿no?: a tu sangre le persigue el destino de un linaje muy importante.
—Qué dices.
—Tal cual: provienes de una antigua prosapia. Eres un auténtico hidalgo.
¿Yo, se dijo Robert, descendiente de un importante linaje?
Y la vida pasó frente a sus ojos. La vida —su propia vida— repleta de fracasos, de tropezones tras tropezones, todo el tiempo insatisfecho.
—¿Sorprendido, Robert? ¿Crees que tu hijo también se quedará mudo cuando se lo diga?
Comprendió que estaba condenado. Y también comprendió que su visitante había confundido a su vecino Tommy con su verdadero hijo Marcus. Por un segundo deseó que aquello fuese cierto: Tom era el hijo que siempre había deseado tener.
Därjel se abalanzó sobre Robert, pero él le encajó un destornillador en la yugular. Därjel cayó borboteando sangre, y Robert usó las pocas fuerzas que le quedaban para moverlo de encima, y huyó hacia la puerta. Pero, cuando trató de abrirla… ‘Coloque su huella sobre la luz roja’.
Entonces Därjel se levantó. La tos le impedía a Robert gritar, y sus golpes de auxilio apenas sonaban en la puerta.
—Diablos —dijo Därjel, que acababa de desenterrarse el destornillador—. Conque era para eso. —Lo alzó a la altura de la mirada, interesado en esa punta letal—. Si yo fuera un humano común y corriente, esto me habría liquidado.
Agarró de los hombros al viejo, y le estrelló la cabeza contra la puerta. Enseguida lo giró y lo levantó por el cuello, con un solo brazo. Robert vio entonces los ojos de aquella criatura, que brillaban con la luz intermitente: sus pupilas amarillas ondulaban como si las estuviera viendo a través del agua. Y Därjel lo habrá notado:
—Observa bien, viejo decrépito. —Abrió más los ojos, se los señaló—. En estas pupilas, ¿los ves? En estas pupilas es donde acechan mis demonios más horrendos, y pronto les harás compañía. —De la otra mano le crecieron garras—. Esta es la peor parte de mi trabajo: odio mancharme.
Y de un zarpazo le desgarró las tripas, y se revolcó en aquel charco rojo.
Poco a poco la enorme figura de Därjel se iba tornando más y más pequeña, hasta convertirse en la de un viejo. Finalmente, de esas entrañas, se levantó otro Robert.
(*) Profesora de Literatura, Máster en Escritura Creativa, capacitadora docente y autora de Troquel, Colihue y Sudamericana, Nomi Pendzik trabajó en todos los niveles de enseñanza y publicó una veintena de libros de texto, ensayo y narrativa. Dirige el periódico cultural Fin e integra el equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección. Es la esposa de Marcelo di Marco, con quien se radicó en Mar del Plata en 2023. Instagram: @nomi_tcyc
Lo más visto hoy
- 1Golpe al narcomenudeo en Playa Grande: detienen a un hombre y secuestran droga « Diario La Capital de Mar del Plata
- 2Atraparon en el centro a un ladrón “serial” de kioscos « Diario La Capital de Mar del Plata
- 3De “Zorros Grises” a asesinos: el caso Ferrero, 40 años después « Diario La Capital de Mar del Plata
- 4Murieron un joven y su bebé tras chocar contra un árbol en la Ruta 74 « Diario La Capital de Mar del Plata
- 5Choque fatal en la Ruta 20: murieron una pareja y su hija de dos años « Diario La Capital de Mar del Plata
