Federico Morales Pfaffen: “Uno trata de ponerse en la piel, lo más humana o psicológicamente posible, de un otro”
El autor de "Atardece en Kiev", su primera novela publicada por la editorial Nido de Vacas, eligió como escenario al conflicto ruso-ucraniano y como protagonista a un corresponsal de guerra con una oscura particularidad.
Federico Morales Pfaffen trabajó en prensa y comunicación, participó del taller literario de Luis Mey y cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA.
Por Félix Lencinas
Un fotoperiodista, corresponsal de guerra, se dirige a Ucrania y en particular a su capital, Kiev. La guerra está a punto de estallar y ha sido enviado a fotografiar la situación por una agencia de noticias con sede en Londres. Va a quedarse en un hotel alejado de sus colegas, porque prefiere estar alejado de la gente. También porque tiene otro objetivo que cumplir.
Así arranca Atardece sobre Kiev, la primera novela de Federico Morales Pfaffen. El autor trabajó desempeñando distintas funciones en el mundo de la prensa y la comunicación, además de participar del taller literario dirigido por Luis Mey y cursar la Licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA. Editada por el sello rojense Nido de Vacas a fines del año pasado, esta novela breve pero intensa nos pone en la subjetiva de su protagonista y su particular visión del mundo, la guerra y la violencia.
En una entrevista con LA CAPITAL, el autor nos cuenta el proceso de escritura de esta novela, su relación con la geopolítica y la psicología del personaje principal.

Portada de la novela Atardece sobre Kiev, publicado el año pasado por Nido de Vacas.
—¿Cómo surgió la idea de la novela?
—La protoidea, el germen del relato, había surgido allá por el 2018. Me lo había apuntado en una libreta y básicamente era una oración donde se sintetizaba todo. “Un corresponsal de guerra que usa para provecho propio el entorno del caos”. Eso era un eje de donde deviene el resto. Uno siempre anda con la libretita ahí a mano, a tiro para apuntarse desde ideas hasta comentarios o frases que después uno se lamenta por no haberlas dejado guardadas. Siempre estoy con la libreta y me vino muy bien en este caso. Me acuerdo que, cuando me volví a topar con esa idea, quise encarar la escritura pero no me pude sustraer, al día de hoy me lo sigo reprochando todavía, del marco geopolítico de ese entonces.
—¿Por eso elegiste el escenario de la guerra de Rusia y Ucrania?
—Yo asociaba el conflicto bélico con Yemen, con Siria, con Medio Oriente, para sintetizarlo. Y entonces me ocurrió que a mí me encanta la literatura de ficción, aquella que apela a la imaginación, entonces me ocurrió que tranquilamente podría haber obviado ese dato histórico y situarlo porque sí, en un entorno que a mí me resultara más familiar, pero no a mí como pensando en la voz narrativa, sino para preparar todo lo que es el proceso previo a la escritura de una novela, donde si uno va a tratar un tema tan sensible como la guerra, al menos tomar el recato de hacerlo seriamente. Y en lo que escribo, en la literatura que escribo, le doy un valor muy especial a lo que es el entorno, la arquitectura, el paisaje, me gusta jugar, me gusta que se entrometa casi como un protagonista más de la historia, desde su lugar, con sus características, pero casi como a veces más secundario, a veces casi protagónico como puede ser esta novela, que de hecho terminó colándose en el título, que no es el título original.
—¿El elemento geopolítico influyó?
—A mí, en lo personal, más allá de la literatura, y también como insumo al cual uno se acerca como lector, como espectador, siempre la geopolítica fue un tema que me interesó, y cuando se corona el conflicto, que ya venía de hacía muchos años atrás, con la invasión rusa a Ucrania, este conflicto que databa por lo menos ya desde el 2014, a todos nos chocó ver destruida una ciudad como Kiev, muy occidental, por más que esté en el rezago de Europa del Este, es una de las más occidentalizadas de la región, no solo por ser la capital. A la opinión pública, había gente que ni sabía que existía el conflicto ruso-ucraniano, le chocó, más allá de las particularidades del conflicto, ver la mano de la guerra entrometiéndose en una ciudad como Kiev. Recuerdo que allá por 2015, en lo peor de la crisis en Siria, a partir de la ola migratoria que provocó el conflicto civil, una de las víctimas había causado mucho impacto en la prensa internacional y en la opinión pública: la foto del cadáver de una criatura (N. de R.: Alan Kurdi) en una playa. Distintas voces habían opinado sobre el tema, por qué se había tomado casi como un símbolo y el impacto que había generado, y cómo a partir de esa foto y de la pérdida de esa vida, cómo el conflicto sirio se había instalado en ciertas mesas a las que no había llegado hasta entonces. Las características particulares que reunía esa foto interpelaban a Occidente. En la cuestión del conflicto ruso-ucraniano hago énfasis en Kiev, porque toda la cuestión del Donbás, o las provincias que están todavía más al este de Ucrania, quedó casi reservada para la geopolítica, pero en lo que respecta al impacto mediático, al titular, a la tapa, se hizo mucho hincapié en Kiev, y yo creo que una de las causas que explica esto es lo fácil que resultaba extrapolar características de esta ciudad a cualquier polis occidental. Casi cuatro años y medio después, eso yo también lo vivencié, a mí también me interpeló. A partir de la aparición de Kiev como un escenario bélico, todo se cerró y aquella idea que había estado reposando en el interior de una libreta que ya no usaba había vuelto a colarse como una posibilidad. Habré estado un mes, un mes y pico, preparando ciertos detalles, lo que quizás en el mundo de los guionistas se llama el esqueleto, para usarlo como plataforma para salir a caminar.
“Yo me divierto mucho en la instancia de corrección, porque ahí descubrís que, por supuesto, hay una escritura condicionada cuando viene el ojo del padre y señala con el dedo: ‘no, eso está de más’”.
—La novela es austera y el narrador es bastante frío y calculador, ¿esa forma de narrar tiene que ver con la familiaridad de la guerra?
—Según la Psicología, habiendo apelado a conocidos versados en el tema, la estructura de las personas se define en la infancia, en los primeros años, y la estructura es inmodificable. Ahí ya hay algo del orden, de lo primigenio, uno no se le puede escapar. Por supuesto que en el protagonista, que es al mismo tiempo el narrador, hay un efecto de la guerra en esa psiquis, se trata encima de un corresponsal de guerra experimentado, que ya lleva más de un par de décadas. Es un mundo al que está habituado, se nos presenta así. Por supuesto que la guerra hizo un trabajo, pero antes de considerar eso, yo tuve que hacer hincapié precisamente en lo preexistente a la guerra, porque hay infinidad de corresponsales de guerra, que esperamos no confundir con este protagonista, que hacen un trabajo intachable, heroico. Pienso en (Ryszard) Kapuscinski y es una eminencia, el polaco transformó la crónica como género, y encima ni hablar en lo que respecta a conflictos armados. Pero acá hay un complemento entre una estructura psicológica particular, que se encuentra depositada en un entorno específico. Después podemos pensar, no es casualidad que una persona así llegue a un entorno así, por supuesto, pero bueno, eso quedará para otro momento, en todo caso se trata de una tarea de otra naturaleza. Pero el protagonista, teniendo en cuenta esa cualidad preexistente suya, de su psiquis, más el entorno, y más también te agregaría el oficio, te diría que esas tres patas terminan moldeando ese estilo de contar las cosas, que él tiene para ir desarrollando lo que nosotros como lectores, como espectadores, vamos presenciando.
—El oficio del fotoperiodismo es importante entonces…
—El oficio, la fotografía, es un corresponsal gráfico. Como autor que encarna a un narrador protagonista, uno trata de ponerse en la piel lo más humanamente posible, o psicológicamente posible, de un otro. Hay algo del orden de lo actoral, hay una performance ahí. Y yo me acuerdo, la novela la laburé también con Luis Mey, que es un maestro de oficio, tenía muy presente eso, que no se cuele el autor en el narrador, una cosa es el autor y otra el narrador. Este narrador no hace juicio axiológico de las cosas, el juicio de valor no existe en este protagonista. Y no le damos nombre porque no lo tiene, él mismo se lo guarda. Hay algo de su psiquis, hay algo de su oficio, hay algo del entorno general, es un mix donde uno termina descubriendo que no somos más que un collage de interior y exterior, que deviene en una fórmula extrañísima, en todos los casos, en este en particular. También existe algo de la respiración en esa sintaxis seca, lacónica, concisa, que hace un poco honor también a la foto. En la foto vos congelás un momento, no hay juicio de valor. En todo caso, el juicio de valor se lo da uno como espectador, o la reflexión, o la consideración a la cual uno puede llegar. Pero la foto es un momento capturado, queda ahí congelado, y en todo caso la interpretación será de cada uno que se acerque a contemplarla. Este narrador tiene incorporada esa manera, que al mismo tiempo responde a una estructura psicológica, que no voy a dar detalles para no espoilear a futuros lectores y lectoras, pero hay guiños que nos van develando un poco la particularidad de este personaje.
“En la foto vos congelás un momento, no hay juicio de valor. En todo caso, el juicio de valor se lo da uno como espectador, o la reflexión, o la consideración a la cual uno puede llegar”.
—¿Hay una intención de sorprender con la revelación del personaje?
—Totalmente. La intriga y el suspenso debe ser lo más difícil de manejar y manipular en el espíritu de un texto. Pensando al texto como una cosa, como si fuera un artefacto al cual le quitás un chip, desarmás un aparato y lo desentrañás y ves cómo ese artefacto hace posible todo lo que nosotros después podemos hacer gracias a él. Bueno, el suspense, la intriga, es una dinámica complicada, que a veces puede salir muy mal, hay infinidad de proyectos que quedan en el camino. En este caso escribía, me veía a mí mismo sentado en el sillón escribiendo en la libreta, como con alguien respirándome en la nuca, con la sensación de que hay una fuerza ajena recordándome: “che, ojo con esto, ojo que acá estoy”, bueno, yo creo que ahí te vinculo la cuestión de la intriga, de que opera en favor o al contrario, opera en contra, y no solamente con la intriga o el suspenso y cómo se va generando ese in crescendo, esa sensación de que de a poco la cosa fue adoptando una forma. A mí me pasó de encontrarme con lectoras, lectores, y una felicidad notable de uno corroborar hasta en los rostros la expresión de sorpresa por acciones que son totalmente naturales para el protagonista, pero para nosotros no, y de repente lo estamos acompañando en una deriva completamente ajena a la que habíamos creído. Me pasó de lectoras que justo encima algunos tenían el recuerdo muy vívido del caso de Nelson Castro viajando en los trenes de Polonia a Ucrania, brillante labor la de Nelson, no es por él en sí, pero, claro, uno se acerca desde otro lugar. Este es un corresponsal de guerra muy poco ortodoxo, y bueno, también con el estilo estaba esa sensación de escribir condicionado. Al fin y al cabo, como practicante de este oficio, después lo terminás corroborando en otra instancia del proceso, que es hermosa, que es una para mí de las más divertidas, si no es la que más disfruto, que es el momento de la reescritura, de la corrección. Ya con el primer borrador concretado, uno respira más tranquilo, más calmadamente. Sé que hay colegas a los que les sofoca, les provoca tedio, otros que se embarran, terminan en un pantano del que no pueden salir. Yo me divierto mucho en esa instancia porque ahí descubrís que por supuesto hay una escritura condicionada, cuando viene el ojo del padre y señala con el dedo: “no, eso está de más, ese adjetivo está de más”, o “esa frase que cierra un párrafo, no, ya ganaste”. Bueno, Luis tiene una frase que siempre cita no recuerdo de quién y me hace reír, dice, “si vas a hacer una de más, que sean solo milanesas” (N. de R.: el autor es Pablo Vico, ex DT de Brown de Adrogué). Bueno, uno tiene que sacar la regla, o el centímetro para medir paso a paso, lo que es esa complejidad que terminamos llamando texto, porque tiene infinidad de aristas que nos presentan muchos desafíos.
—¿Estás preparando otra novela? Dijiste que Atardece sobre Kiev no es el tipo de literatura a la que estás más acostumbrado a escribir.
—Exacto, soy todo lo contrario al narrador protagonista de Atardece sobre Kiev, si él es conciso, bueno, uno de mis vicios es la digresión. Ya terminé una novela, que la estoy trabajando, la pienso como futura posibilidad de publicación, pero eso todavía está lejos en el horizonte. Pero sí ya terminé la escritura, y ahora estoy en la instancia de pasarla a máquina, son tres libretas que me ocupo esta, va a ser un poco más larga, y si vuelvo un poco más a mis orígenes naturales. Cuando empecé a escribir, me había inclinado por un tipo de estilo más barroco, de tramas más corales, más juguetonas, por decirlo de algún modo, gramatical y formalmente. Siempre detrás del límite, mis grandes tótems están, para la crítica, nucleados en ese archipiélago medio difuso y borroso que se denomina posmodernidad. Y bueno, quería volver a esa zona de la literatura en la que yo creía haberme sentido cómodo. Pero bueno, viéndolo después con el tiempo, con la distancia, habiendo ganado un poco más de experiencia al escribir. Sentía que me merecía la posibilidad, además de haber contado con una trama que me impulsó a eso, me quería acercar desde otro lugar, viste, a ese dominio de un estilo que se desentienda totalmente de Atardece sobre Kiev. A mí me gustan esas propuestas artísticas que te sorprenden con su siguiente novedad, que no es una repetición o una continuación de lo anterior, sino que te abren una ventana nueva. Esta novela con la que estoy trabajando va a demandar, seguramente, un año por lo menos de trabajo, anónimo, silencioso, pero al mismo tiempo muy satisfactorio. Esta novela está orientada a un estilo que discrepa notablemente con Atardece. Hablé con un montón de amigos, y llegué a la conclusión de que al fin y al cabo el que se sienta a escribir un martes cualquiera a las 3 de la tarde o a las 10 de la mañana es uno. De mínima tiene que haber algo ahí que a vos te atraiga, tiene que haber un goce, un placer detrás de esa propuesta que pretendés llevar a cabo. Y sabiendo toda la exigencia y el fitness, diría Sloterdijk, que esto te demanda, quería por lo menos salir un poco de ese metro cuadrado en el que había estado durante mi primera novela. Porque también uno escribe y no es que terminás la novela y te desentendés. El trabajo de edición, desde ya aprovecho para agradecer muchísimo el laburo de la editorial de Nido de Vacas y a toda su gente, empezando por mi tocayo Federico Ribeiro, un editor que hizo un laburo de 10, una editorial que apuesta por nuevas voces, con un catálogo interesantísimo. Estuve inmerso mucho tiempo en esta novela y estoy muy contento con ella y las reacciones que siguen llegando, pero bueno, también al mismo tiempo uno siempre está pensando en lo próximo. Y bueno, en eso estamos trabajando.
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